¿El tiempo corre a favor o en contra de Duhalde?

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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23 de junio de 2002  

La palabra "tiempo" viene de la raíz indoeuropea da, "dividir". El tiempo divide el movimiento de los astros y los hombres en milenios y en siglos, en años y en días, en horas y en minutos.

El tiempo ha sido, además, uno de los grandes temas de la filosofía occidental. Todavía en los años veinte Heidegger tituló su obra cumbre El ser y el tiempo, concebido como algo divisible y limitado: "nuestro" tiempo, la breve existencia de los mortales en contraste con el tiempo ilimitado de la inmortalidad y el más allá del tiempo de la eternidad de las grandes religiones. Como en tantos otros temas, cuenta todavía la definición de Aristóteles del tiempo como "la medida del movimiento según un antes y un después".

Esta definición nos introduce en la relación entre tiempo y política. Las condiciones en las cuales se libra la lucha por el poder varían de continuo, están en movimiento según un antes y un después. La virtud del político es percibir la dirección y el ritmo de ese movimiento y saber zambullirse en la corriente del tiempo como un nadador avezado, esperando cuando el tiempo corre a favor y actuando con premura cuando corre en contra, cuando se le acaba el tiempo. Los ingleses llaman timing a la adecuada intuición del tiempo que Aristóteles llamó kairós : saber abrir en el momento justo la ventana de la oportunidad que brinda el paso veloz o cansino del tiempo.

El tiempo nunca es neutral: corre a favor o en contra. El político necesita percibir su dirección y su velocidad. Pierde si su percepción es errónea, si se apura cuando hay que esperar o espera cuando hay que apurar. Como un torpe navegante, izará o arriará en tal caso las velas a destiempo. ¿Qué clase de navegante es, en todo caso, el presidente Duhalde? ¿Lo habita o lo abandona el kairós ?

Las elecciones primarias

Duhalde enfrenta dos peligros opuestos en su percepción del tiempo. Si le queda más tiempo del que supone, corre el riesgo de precipitar atropelladamente las próximas elecciones presidenciales, que ocurrirían en tal caso en medio de un vértigo innecesario. Pero si le queda menos tiempo del que supone, permitirá que el desgaste de su gestión lo alcance todavía en el poder como una tempestad, palabra ésta también ligada al tiempo: cuando éste se vuelve tormentoso, generando el remolino de la ingobernabilidad.

La visión del tiempo de Duhalde parece definirse en estos días con el proyecto de ley que obliga a los partidos a celebrar elecciones primarias simultáneas y abiertas para designar sus candidatos presidenciales, que ya tiene media sanción en el Congreso.

Cuando esta norma se promulgue, empero, el país no se encontrará con una sino con dos visiones contrapuestas del tiempo que le queda a Duhalde. La primera, todavía vigente, anuncia que sólo habrá elecciones presidenciales el 14 de septiembre de 2003 y que Duhalde entregará el poder al presidente electo el 10 de diciembre de ese año, completando de este modo el período trunco de De la Rúa.

Si esta norma sigue vigente, ¿cómo se explica al apuro del Gobierno en promover la ley de las elecciones primarias? Si lo que nos espera es un tiempo largo hasta la elección presidencial del 14 de septiembre de 2003, ¿a qué tener aprobada más de un año antes la ley de las primarias? El apuro tendría sentido, en cambio, si el Gobierno pensara en un tiempo corto de aquí a las elecciones presidenciales, por ejemplo a fines de este año, que requeriría entonces elecciones primarias abiertas, digamos, en esta primavera.

Si el "tiempo corto" se concretara, ¿tendríamos en tal caso un presidente electo al lado de Duhalde por un año? No: en esta hipótesis ocurriría lo que algún observador llamó "la gran Alfonsín": la renuncia de Duhalde y una toma de poder anticipada del nuevo presidente, lo mismo que sucedió en 1989 en la transición de Alfonsín a Menem. Si se da esta alternativa, un nuevo presidente juraría su cargo hacia marzo de 2003.

¿Cuál de los dos tiempos, el corto o el largo, tiene en vista el Presidente? ¿Un tiempo en contra, que abrevia su plazo original, o un tiempo a favor, que permite mantenerlo? Si quiere apurar su reemplazo, tiene sentido que también apure la sanción de la ley que contempla primarias abiertas y simultáneas. Si se propone demorarlo, no se explica en cambio por qué reglamenta las primarias presidenciales con tanta anticipación.

Choque de argumentos

El argumento principal que juega a favor del "tiempo corto" es que le abriría al país la expectativa que Duhalde ya no puede brindarle. Mientras las próximas elecciones nos queden lejos, los argentinos seguiremos sin mañana. En un artículo publicado en LA NACION hace tres días, el ministro Lavagna sostuvo que la reactivación económica vendrá a partir de julio, en primer lugar, gracias al mayor consumo originado por los ciento cincuenta pesos por mes del plan de ayuda a más de un millón de jefes de hogar desocupados. Este argumento es tan inconducente que equivale a confesar que la recesión seguirá sin fin a la vista. Lo que Lavagna vino a decir en un lenguaje educado es que no hay horizonte económico para los argentinos.

La elección presidencial anticipada podría darnos, a falta de un horizonte económico, un horizonte político de renovación, la esperanza de un nuevo comienzo.

Contra esto, el principal argumento en favor del "tiempo largo" es que, cuanto menos se demore la elección presidencial, menores serán también las posibilidades de que, junto a la convocatoria de las elecciones primarias y finales para presidente, el Gobierno avance en la reforma política que los argentinos esperan concretar: el fin de las listas sábana, la renovación total del Congreso, las gobernaciones y las legislaturas provinciales, la apertura de las candidaturas a ciudadanos independientes y la drástica reducción de la cantidad de bancas nacionales, provinciales y municipales.

Cuanto más se apuren las elecciones, sostiene este argumento, mayores serán las posibilidades de que ellas sean sólo para presidente.

Pero la reforma política profunda que todos esperamos, ¿depende del tiempo o de la voluntad del Gobierno? Si hay voluntad, buena parte de la reforma se podría alcanzar en unos pocos meses. Si no la hay, ¿qué importa cuánto tiempo dure el Gobierno? La administración duhaldista cumple ya seis meses sin haber avanzado un paso por este camino. ¿Por qué habría de avanzar si le damos un año más, hasta septiembre de 2003? Si a este gobierno le falta voluntad de cambio en el campo político, ¿no sería mejor adelantar decisivamente las elecciones para permitir que, ganando con la bandera del cambio, el nuevo presidente pudiera concretarlo en sus primeros meses de gestión con el apoyo de un categórico mandato popular?

Si no atina a darnos una perspectiva de cambio económico y no tiene la voluntad de ofrecernos el cambio político, ¿qué sentido tiene la larga permanencia de Duhalde en el poder? Si fue designado para presidir la transición, ¿qué legitimidad le quedará una vez que se compruebe que entre sus objetivos no está transitar hacia otra Argentina? Un presidente de transición que no transita corre el peligro de que el tiempo, en lugar de transcurrir mansamente, se transforme en tempestad.

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