El tiempo de las palabras ardientes

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Inspiración. Más que una simple estación, el verano es el motor de novelas intensas y proclives a la sorpresa
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24 de enero de 2016  

Muchas veces el verano aparece representado en la literatura nacional como un tiempo en el que se entremezclan la violencia y el deseo, la iniciación sexual y la lenta agonía de lo que muere: una forma de vida, un hábito, una creencia o una esperanza inútil. Desde la literatura del siglo XIX, donde el tiempo se asociaba al horizonte interminable de la pampa o al desarrollo perezoso de las ciudades, hasta la del presente, el verano figura en novelas, cuentos, poemas, obras de teatro y crónicas como un misterioso escenario de plenitud o de catástrofe. Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla, El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares, Sierra Padre, de María Martoccia y Embalse, de César Aira (que transcurren en unas psicodélicas serranías cordobesas), Nuestro fin de semana, de Roberto Cossa, o Frágil, de Paula Pérez Alonso, que retrata una ciudad de Buenos Aires sofocante y hostil, narran distintas expresiones, variaciones inesperadas del verano en la ficción: el desconcierto, la posibilidad de sorpresa o la brutal interrupción del letargo.

Elegimos diez libros escritos por autores argentinos en los que el verano no sólo opera como trasfondo temporal de las historias sino que, además, desempeña una acción e influencia decisivas en el desarrollo. A algunos autores les pedimos un breve texto sobre ese aspecto en su obra.

Un verano, de Damián Huergo (Notanpüan)

"Por algún motivo, en la mayoría de los casos ambiento lo que escribo en el verano. Me doy cuenta a la mitad del texto, no es algo que pienso antes de empezar. Supongo que es así porque el calor y sus secuelas es el clima que me gusta habitar, aunque el calendario me lo niegue. El verano es incómodo, sucio, público, proclive al desborde, al estallido, a lo extraordinario. En verano los hombros están desnudos; las cervezas, frías; las noches, pobladas; los tilos, abiertos y las calles, calientes. Los diciembres, ese mes acontecimiento que año a año sacude nuestro país, suceden en verano. El verano es potencia, posibilidad, territorio para las singularidades. En mi nouvelle Un verano jugué con la analogía verano-adolescencia. Ambos estados contienen mutaciones, fabrican recuerdos, punzan dolores, abren alegrías desconocidas; todo en poco tiempo. Como la adolescencia, el verano es un período corto, una rajadura en nuestras vidas, un agujero que atravesamos para salir siendo otros."

Turistas, de Hebe Uhart (Adriana Hidalgo)

Consagrada como cronista ejemplar de las minucias de los sucesos cotidianos, de la experiencia invisible de los seres anónimos y de las peripecias cómicas de los viajes, Hebe Uhart reúne en Turistas diversos cuentos, algunos minimalistas, como el que relata una reunión de consorcio comandada por dos señoras o el que narra la historia de un departamento en la costa. Muchos de los relatos, como "Turistas y viajeros" o "Bernardina" (que transcurre en las localidades de Asunción e Ibicuy), están ambientados durante el verano: "Asunción en su parte del río parece que está en el aire, el sol les pega fuerte a esas casas blancas, todas llenas del sol y de la niebla". Así comienza "La excursión larga": "Me fui a Mendoza para huir del calor de Buenos Aires y para salir de una rutina y entrar en otra distinta. Me pasaba algo en relación con el tiempo libre: no encontraba qué hacer y todo lo que hiciera era más bien para evitar otra cosa: lavaba ropa para no fumar, escuchaba radio para no prender el televisor y tiraba los libros que me regalaban sus autores (eran libros que no hubiera llevado ni a una isla desierta ni a un pantano peludo)". Gracia, perspicacia y un oído malicioso para captar las modulaciones de los registros populares.

Sudeste, de Haroldo Conti (Emecé)

Publicada en 1962, la primera novela de Haroldo Conti (1925-?) narra la historia de un joven, el Boga, que acompaña al Viejo, su padre, con el que aprendió las tareas de la cosecha de juncos por los riachos del delta: los Bajos del Temor, el Paraná de las Palmas y el Miní. Pronto el Viejo enferma y, tras su muerte, el Boga se adentra río arriba en busca del verano, de la pesca y de una deriva solitaria que lo arrastra hacia un universo propio. El ensayista Eduardo Romano señaló la manera en que Sudeste inauguró un espacio poco transitado por la literatura local, saturada de escenarios urbanos o rurales, y que, años después, se convertiría en un mundo frecuentado en varias ficciones literarias. El universo espeso del verano en la segunda mitad de la novela enmarca el encuentro del Boga con los hombres de "tierra firme". En 2002, el libro fue llevado al cine por el director Sergio Bellotti con guión de Daniel Guebel.

Dos veranos, de Elvira Orphée (Eduvim)

La primera novela de Elvira Orpheé (1930) cuenta la historia de Sixto Riera, un chico indígena de trece años que trabaja como criado de una familia a cambio de alimento y un techo. Cuida a la señora de la casa, inmovilizada en su cama desde hace quince años. El mundo de los blancos, de los adinerados y de los que tienen poder subyuga a Sixto desde el lenguaje y los actos, no pocas veces crueles. El chico, que percibe las burlas y el desprecio, se enfrenta a ellos con una mitología propia. Las tradiciones del noroeste argentino –presente en la trama bajo la forma de duendes, diablos y fantasmas, y también mediante una naturaleza densa que parece determinar las conductas– se despoja del pintoresquismo y adopta un semblante siniestro. La novela, que fue publicada en 1956, se reeditó en 2014 en la colección Narradoras Argentinas del sello cordobés Eduvim. La escritora española Rosa Chacel ha escrito sobre Dos veranos: "Gentes y paisajes, con el mínimo de descripción, se presentan tan evidentes como la estepa rusa o el suburbio de Londres en la buena literatura de esas tierras. Y, claro está, como en la buena literatura de todas las latitudes, un hombre… un hombrecito, un muchacho desamparado y negruzco, padece tormentos y angustias de dimensión universal".

No es lo que pensás, de Ana Ojeda (Hekht Libros)

"No es lo que pensás comienza apenas días antes de un fin de año en Boedo. Tilde y Lota, hermanas viajeras, se preparan derretidas de calor para emprender una travesía por el corazón de lo desconocido: India. Aterrizan en Mumbai, el calor sigue ahí, pero más denso y apelmazado, más –en definitiva– porque la circulación no es libre e impone un código vestimentario fatal: cubiertas de la cabeza a los pies, las dos hermanas se deshidratan los ojos de tanto ingresar exotismo en un mutis que es, en realidad, profunda incomprensión y no saber qué significa lo que ven ni cómo actuar frente a lo que sucede. A caballo entre la crónica, la novela, el relato de viaje y la guía turística; entre el inglés y el castellano; entre el español castizo y el rioplatense, No es lo que pensás es una obra que dibuja múltiples derivas de lecturas posibles, cuyo recorrido queda, en definitiva, en manos de la curiosidad lectora de quien quiera enfrentarse con ella."

La pasión de los nómades, de María Rosa Lojo (Debolsillo)

"Mi novela, de 1994, es un fantasy histórico donde un fantasmal Lucio V. Mansilla vuelve sobre las huellas de su excursión a los indios ranqueles a principios de la década de 1990, y lo hace en verano. Ahí lo esperan revelaciones fundamentales: sobre él mismo, su papel histórico, la Argentina soñada y la que al fin resultó, y sus antiguos amigos los ranqueles, aparentemente olvidados o traicionados. En el extraño y luminoso paisaje del verano, en la pampa seca, hicimos con mi compañero Oscar Beuter, y los dos hijos que teníamos entonces, el mismo viaje de Mansilla para poder contarlo desde sus ojos. Acampamos en las estancias del camino, cruzamos lagunas chatas, y nos hicimos expertos en leer mapas de nubes sobre un cielo casi siempre radiante. Sin duda fue un verano fuera de cualquier cliché turístico que hubiéramos conocido."

Fuego a discreción, de Antonio Dal Masetto (Sudamericana)

"Aquel fue un verano como pocos. Me había separado de otra mujer, me había quedado sin lugar donde vivir y sin trabajo. Daba vueltas por las calles, soportaba el calor y la falta de objetivos, comía salteado, me encontraba con conocidos de otras épocas, me alentaba diciéndome que no todos tienen la suerte de poder recomenzar desde cero. Lo cierto es que la ciudad parecía derretirse a mi alrededor. Las cosas se desteñían en esa languidez, perdían sentido", se lee al inicio de la tercera novela del escritor nacido en Italia en 1938 y fallecido el año pasado en Buenos Aires. Ambientada durante la dictadura militar, la novela, con recursos del thriller y del relato expiatorio, traduce en clave atmosférica la turbia situación política nacional. El protagonista, un antihéroe huraño y con problemas financieros, sentimentales y existenciales, guarda algunas semejanzas con la vida del autor al momento de publicación de la novela (1983): "Yo demoraba en llevarle la copia al editor porque no tenía dinero para sacar fotocopias. Eso me da la medida de lo pobrecito que estaba en esa época", contó en una entrevista.

Pinamar, de Hernán Vanoli (Interzona)

"Pasé gran parte de los veranos de mi adolescencia en la costa atlántica. Fueron años de educación sentimental, de a momentos salvajes, y también cargados de cierta inocencia. Dicen que no es recomendable volver a lugares donde uno fue feliz. En mi caso retorné a través de la escritura con una novela que se llamó Pinamar, publicada en 2010. Una mañana, mientras hojeaba el diario, encontré una noticia que llamó mi atención. El índice de violaciones no denunciadas en Pinamar y en Villa Gesell era altísimo. Grupos de adolescentes que veraneaban solas eran atacadas por la madrugada, año tras año. Al mismo tiempo, venía percibiendo la organización discursiva de ciertos sectores sociales con una particular mirada sobre la política, heredera de los acontecimientos de 2001. En aquella época nadie le prestaba demasiada atención, pero su lenguaje estaba ya activado. Pinamar es una novela de amistad y aprendizaje, que cuenta las experiencias de un grupo de amigos en su último verano, en enero de 2002, mientras el país está en quiebra. Pero también es una novela sobre las mutaciones de las clases intersticiales, aquellas que iban o van a bailar a Ku y que, a veces, surfean la grieta social." La nueva novela de Hernán Vanoli, publicada en 2015, también lleva el nombre de un destino turístico: Cataratas.

La vida descalzo, de Alan Pauls (Sudamericana)

"¿Literatos en la playa? Alguna vez, un amigo escritor que adoro pero al que no veo mucho, cosa de que cada encuentro sea para ambos un breve pero intenso tratamiento de rejuvenecimiento, me confesó que no iba a la playa no porque odiara el sol o le diera escalofríos el mar o le molestara la arena (aunque también por eso), sino porque no podía imaginarse una biblioteca en ninguna parte." El caso del amigo de Alan Pauls no es el suyo: en La vida descalzo, él repasa distintos veranos, desde la infancia hasta la madurez, cerca del mar. En Villa Gesell, Punta Mogotes, Mar del Sur, Punta del Este o Cabo Polonio, el escritor enlaza las imágenes que la playa produce: recuerdos, ensueños, fantasías eróticas fugaces e imágenes propiamente dichas: las del cine. En su libro de crónicas conviven Peter Bogdanovich con Paul Valéry, Marcel Proust con Patricia Highsmith y Serge Gainsbourg con uno de los escritores sobre el verano más estremecedores y categóricos: Albert Camus.

Punta del Este, de Karina Noriega (Planeta)

"El verano de mi novela Punta del Este tiene los chapuzones contados, sobra bronceado en spray, y a nadie se le queman las plantas de los pies. El verano es ese horno en el que se va calcinando al spiedo el fulgor de la fama; y la península uruguaya se convierte en un escenario, una puesta en escena en la que, como decía Andy Warhol, nadie sabe dónde termina lo artificial y empieza lo real. Para mis personajes, la gran mayoría celebridades y satélites parasitarios del jet-set, la temporada, esa escena efímera que se desvanece en la orilla del fin de los eventos, es la plataforma ideal para meter panza, urdir estratagemas para brillar más, ser parte de la farsa sólo cuando relampaguean los flashes, fingir felicidad frente a los atardeceres ‘sponsoreados’ y sacar la selfie para luego contarlo."

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