El tiempo de los sindicalistas

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
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6 de mayo de 2018  

Dilma Rousseff pasó el martes por la CGT como parte de su campaña por la liberación de Lula da Silva, el primer obrero sudamericano en llegar a la presidencia. Alguna vez, en ese lugar, Hugo Moyano imaginó que podía seguir los pasos del brasileño, pero su estrella comenzó a declinar cuando por fin se atrevió a decirlo, en el acto del 17 de octubre de 2010, ante Néstor y Cristina Kirchner. Ahí mismo, la entonces presidenta le retrucó sin piedad.

Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat

Más por razones personales y de salud que por motivos políticos, Moyano ya se alejó de la CGT. Su pase a Independiente, con la ilusión de capturar la nada desdeñable porción de poder que regala el fútbol, es contemporáneo de las causas judiciales que tienden a cercarlo. Como muchos de sus compañeros de ruta, con los años, el jefe de los camioneros parece haber perdido la noción de la inestable relación entre lo legal y lo ético. Fue así como llegó a reconocer en televisión que su actual esposa es la propietaria de un grupo de empresas de rubros diversos que coinciden en dar servicios exclusivos a su sindicato. El escándalo de esas declaraciones no es tal por una razón sencilla: en los gremios está prohibido el disenso.

Moyano no es el único ni el primer sindicalista que replica un modelo monárquico. Anulada desde siempre la democracia, los gremios son fortalezas en las que los reyes que las ocupan tienen derecho a envejecer y entregar el mando a sus hijos. El presidente de Independiente llegó a inventar un gremio, el de los trabajadores de peajes, para dárselo como herencia a uno de sus hijos, mientras dejaba a otro como heredero de la casa matriz.

Otras sucesiones ya fueron puestas en marcha por la muerte de los titulares originales o por el encarcelamiento del jefe. Fueron los casos del bancario Juan José Zanola y del ferroviario José Pedraza. Al gremio de los porteros lo controla la familia Santa María. Víctor, el hijo de José, está bajo la lupa judicial por varios delitos, lo mismo que Marcelo Balcedo, el gremialista del sector docente detenido en Uruguay por narcolavado. En este caso, el hijo estalló la herencia de Antonio, su padre.

El club de los sindicalistas millonarios tiene un problema: el tiempo. Aquellos jóvenes que en los lejanos años 80 se alejaron de Lorenzo Miguel detrás del carisma opositor de Saúl Ubaldini hace una larga década que podrían haberse jubilado. Muchos de ellos son los afiliados más longevos de sus gremios. Mientras sumaban años, al mismo tiempo les crecían por izquierda sectores disidentes.

Negociaron con Alfonsín y llegaron a quedarse con el Ministerio de Trabajo, arreglaron con Menem y se beneficiaron con los negocios de las privatizaciones, fueron un paraguas para Duhalde a cambio de fondos para las obras sociales y acompañaron a los Kirchner en al menos las dos terceras partes de su ciclo como garantía de sustento a sus cajas históricas.

Nunca dejaron de ser impunes y siempre siguieron sumando millones. Divididos (en apariencia), unos negocian y otros presionan a Macri, como si el tiempo no hubiese pasado. Pero el tiempo pasa. Y parece el único que puede derrotarlos.

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