El triunfo electoral y la economía

En Dinero y Poder (Taurus), Niall Ferguson intenta determinar la incidencia de la voluntad política en el desarrollo económico
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9 de diciembre de 2001  

Para la política moderna, la relación causal entre economía y popularidad del gobierno se ha vuelto axiomática: más precisamente, se entiende que el funcionamiento de la economía tiene una relación directa con el éxito electoral del gobierno que ocupa el poder. Una buena ejemplificación de este nuevo determinismo económico es la difundida explicación del fracaso del impeachment de Clinton por perjurio y obstrucción a la justicia en relación con sus delitos sexuales. En febrero de 1999, la mayoría de los estadounidenses creían que Clinton era culpable de las acusaciones; sin embargo, sólo una escasa minoría deseaba que Clinton renunciara a la presidencia. Según el senador Robert Byrd –y muchos otros comentaristas políticos–, la razón era simple: "Nunca se destituirá a un presidente del cargo… si la economía está a su máxima altura. La gente responde a las encuestas con el bolsillo".

Esta había sido la diferencia, sugería un corresponsal de The Financial Times , entre Clinton y Richard Nixon, a quien habían obligado a abandonar la Casa Blanca en agosto de 1974. Durante el año y medio anterior a la caía de Nixon, el "grado de apoyo a la gestión de su gobierno había descendido de un 60 por ciento… a menos del 30 por ciento… Durante ese mismo periodo, la producción había sufrido el peor estancamiento desde la Segunda Guerra Mundial, el desempleo había aumentado prácticamente en un millón de personas y la tasa de inflación se había duplicado… En Wall Street, el mercado de valores había caído en un tercio". En cambio, la aprobación de la gestión del gobierno de Clinton había aumentado de un 40 por ciento (en 1994, cuando Kenneth Starr fue nombrado fiscal especial) a más del 70 por ciento a fines de 1999, año dominado por el escándalo Lewinsky. Según un periodista de The Financial Times , esto se debió a que "cuando el asunto Lewinsky se hizo público… Estados Unidos había creado más de tres millones de puestos de trabajo, su tasa de desempleo había caído a niveles que no se habían visto desde hacía cuarenta años y el crecimiento había logrado el mayor y más sostenido nivel de toda la década. En Wall Street, el promedio del índice Dow Jones de valores industriales había aumentado en más del 15 por ciento". Es decir, la propia experiencia del gobierno de Clinton parece haber justificado aquel lema de su campaña electoral de 1992: "Se trata de la economía, estúpido". (…) Ya en los años setenta, la idea de que la popularidad del gobierno dependía del funcionamiento de la economía –y de que la economía no sólo podía sino que también debía ser manipulada para conseguir el apoyo de la población– se había convertido en algo axiomático. En julio de 1975, por ejemplo, Barbara Castle llegaba con cierto pesar a la conclusión de que "con los niveles de desempleo en un 3 por ciento hasta 1978-1979" se daría "un escenario para otra victoria tory que recogerá los frutos de nuestro amargo sacrificio previo". En septiembre de 1978, el sucesor de Wilson, Jim Callaghan, concluía la reunión del gabinete diciendo lo siguiente: "No olvidéis que a los gobiernos les va bien cuando la gente cuenta con dinero en el bolsillo. Ahora bien, ¿cómo lo logramos?" Si bien los conservadores de la era de Thatcher tuvieron poco en común con sus predecesores en el gobierno, ellos igualmente creyeron que la economía era la llave que conducía al triunfo político. Con sus eslóganes de 1979 y 1992: "El laborismo no funciona" y "La bomba impositiva del Laborismo", las cuestiones económicas se convirtieron en temas centrales de las campañas electorales de los tories organizadas por los hermanos Saatchi. Por cierto, el énfasis de la campaña de 1979 sobre la cola para cobrar el subsidio del paro demostró ser una arma de doble filo, ya que el desempleo se disparó con los presupuestos deflacionarios de Geoffrey Howe alcanzando un máximo de 3,2 millones de personas, es decir, que llegó a ser dos veces y medio más alto que lo que los tories habían heredado. En sus memorias, Margaret Thatcher explica su propia impopularidad en términos económicos. No tenía dudas de que los resultados de la elección de 1983 "dependerían en última instancia de la economía". De la misma manera, cuando se aproximaba la fecha de la elección de 1987 entendió que "la recuperación económica" constituía "un bálsamo efectivo" para aliviar "heridas" políticas tales como la de caso Westland: "Nuestras políticas traían crecimiento con una baja inflación, niveles de vida más altos y... una continua caída del desempleo". cuando en 1986 la conferencia del Partido Conservador coincidió con "un claro incremento de la prosperidad, además de la caída del desempleo", esto nos "levantó la moral y también las encuestas las cuales... nos abrían el paso a la victoria en las próximas elecciones". Prácticamente todos los colegas del gabinete de Thatcher compartieron este análisis (...) Y, sin embargo, para los políticos citados anteriormente, que estaban a punto de presenciar las elecciones de mayo de 1997, los resultados de las elecciones no fueron fáciles de explicar. La victoria arrolladora del laborismo significó la ruptura completa de esta supuesta relación tradicional entre la economía y la popularidad de un gobierno.

El ciclo económico de la política

Hay dos modos de explicar por qué los resultados electorales pueden no estar determinados –al menos no siempre– por la economía. Uno de ellos es que los políticos carecen de la destreza necesaria para manejar con éxito la economía.

Anthomy Downs, en su Economic Theory of Democracy, publicado en 1957, sostiene que "los partidos formulan políticas con el fin de ganar las elecciones, en lugar de ganar las elecciones para formular sus políticas" y que, una vez elegidos, "la conducta racional de los gobiernos democráticos responde al deseo de maximizar el apoyo político". Esta tesis está en la base de la teoría "del ciclo económico de la política" de William Nordhaus, que sugiere que los gobiernos tienden a manipular la economía de modo tal que el ciclo de los negocios alcance su punto más alto poco antes de que el gobierno se presente como candidato para la reelección. Más allá de que lo admitan o no los políticos, hay cierta evidencia de carácter empírico que parece probar esta tesis. Al menos en algunos países –en Estados Unidos, Alemania y Nueva Zelanda, por ejemplo– el desempleo parece haberse regido por un ciclo económico, según el cual ascendía durante los dos primeros años del gobierno y caía en los dos últimos años. Como hemos visto, los datos de Gran Bretaña no reflejan este patrón. Sin embargo, se ha demostrado, mediante métodos algo diferentes, que en las dos terceras partes de los años de elecciones hasta los setenta el año previo a la convocatoria mostraba un aumento de la renta disponible que superaba la media.

"El problema de estas políticas expansionistas dirigidas a disminuir el desempleo ha sido que, sin duda, generan una inflación superior a la esperada. A medida que los políticos intentaban con mayor frecuencia una reactivación "cebando la bomba", la curva de Phillips –la supuesta estricta relación entre empleo e inflación– mostraba pendientes más escarpadas. La conclusión de muchos comentaristas fue que, después de todo, el ciclo económico de la política parecía ser insostenible porque –en palabras de Samuel Brittan– daba lugar a "políticas de expectativas excesivas". Según Peter Jay, manifestándose al respecto a mediados de los setenta, "la crisis de la política económica" parecía ser inminente. En Gran Bretaña y Estados Unidos, bajo los gobiernos de Thatcher y Reagan, la crisis se manifestó con una reacción antiinflacionaria.

La polarización de la política ocurrida a fines de los años setenta dio lugar a modificaciones "partidistas" de la teoría del ciclo económico de la política. Tal vez esto se debió a que los partidos tenían preferencias políticas diferentes: mientras que los políticos de izquierda se preocupaban más por el desempleo debido a la importante proporción de votantes con que contaban entre la clase trabajadora, los conservadores se preocupaban más por la inflación por el apoyo que tenían entre los rentistas. Una investigación realizada en 1977, que fue bastante influyente, calculaba que, en promedio, el nivel de desempleo de la posguerra había sido más elevado en Gran Bretaña con los gobiernos conservadores que con los gobiernos del Partido Laborista. En Estados Unidos, los demócratas también tendieron a reducir más que los republicanos los niveles de desempleo a costa de una mayor inflación. Por tanto, la elección de gobiernos conservadores en muchos países no significó el fin de una política de manipulación de la economía sino más bien la comprensión por parte de la gente de que los costes de la inflación superaban sus beneficios. De este modo, Brittan se lamentaba en los ochenta, porque los gobiernos conservadores continuaban regulando el ciclo de los negocios ajustando los tipos de interés en función de los posibles impactos políticos –las memorias de los políticos confirman que se trató de un error–. No cabe duda de que durante el periodo 1983-1987, los tories "manipularon la oferta de dinero... para ejercer una influencia sobre la opinión pública" y que reaccionaron a la pérdida de popularidad con un relajamiento de la política monetaria. Otra explicación teórica que se da a la oportuna prodigalidad de algunos de los administradores conservadores es que posiblemente aumentaron los déficit fiscales (mediante recortes impositivos) para obstaculizar la labor de sus rivales de izquierda en caso de que llegaran al poder forzándolos a limitar o incluso a efectuar recortes en el gasto público.

Sin embargo, todo este juego político con los indicadores nominales podría haber ocasionado efectos menos visibles si los votantes hubieran reconocido las verdaderas intenciones de los políticos. En dicho caso, el ciclo económico de la política habría aparecido más en el presupuesto y en la política monetaria que en los datos de crecimiento, empleo o inflación. Los estudios que comparan a todos los países de la OCDE parecen corroborar esto. Así, una de las posibles razones por las que el factor bienestar puede haber declinado después de los setenta es la desilusión del público ante el surgimiento sucesivo de nuevos motivos de agravio ocasionados por las políticas gubernamentales. En otras palabras, cuanto más se concentraba el gobierno en una variable, más probable era la falta de correlación con su popularidad, pues surgían nuevos problemas en algún otro sector de la economía; ésta es una versión de la famosa tesis de Goodhart, para quien basar la política en algún indicador en particular socavaba su poder de predicción.

Pero se le puede dar también una segunda explicación a la ausencia o declinación de este ciclo de negocios implementado por la política. Esta explicación se vincula a otra –y mucho más compleja– variable humana de la ecuación electoral: es decir, a los votantes.

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