El vaso medio lleno

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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24 de mayo de 2019  

Días pasados, en una de las tantas actividades simultáneas que se realizaban ese sábado en la Feria del Libro , escuché al neurocientífico Facundo Manes decir algo que tocó una fibra sensible de la audiencia: los argentinos somos un país deprimido. Los resultados de un estudio del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina sugieren que tenía razón. Según este trabajo, y de acuerdo con su condición socioeconómica, entre el 6,7 y el 22,4% de los consultados en una encuesta dijeron sentirse sencillamente infelices.

En otras palabras, en los entornos más desfavorecidos, la amargura de la infelicidad ensombrece la vida de casi una de cada cuatro personas. Además, este relevamiento indica que un cuarto de los que contestaron sienten que no tienen control sobre su vida y que su propio bienestar no depende de nada de lo que puedan hacer.

En medio de la incertidumbre y de una lluvia de datos desalentadores, el cuadro es bastante consistente con lo que se sabe sobre cómo percibimos el riesgo: según el investigador de Harvard David Ropeik, esta sensación crece cuando sentimos que lo que nos amenaza es creado y regulado por instituciones en las que no confiamos. Por supuesto, la angustia de estar en peligro está casada con un compañero fiel: el miedo, que hace difícil disfrutar de la aventura de vivir.

Manes atribuye el estado de nuestro cerebro colectivo a que carecemos de un sueño que nos inspire y nos mueva a la acción. Y menciona algunos desafíos posibles, que deberían considerarse nuestras prioridades más urgentes, como terminar con el hambre o hacer realidad el derecho a la mejor educación posible y a recibir una adecuada atención de la salud para todos.

Parece una obviedad, pero por ahora no se escucha discutir sobre cómo resolver estos problemas, y el diálogo público está más bien ocupado en cartografiar y seguirles el rastro a cinematográficas disputas entre personalidades de la política al estilo de la serie Billions.

Sin embargo, a pesar de todo, hay luces en medio de las tinieblas. Y, como suele ocurrir, vienen de la comunidad científica.

Habrá quienes le asignen una trascendencia coyuntural, pero la reunión que hace unas semanas congregó en Córdoba a un centenar y medio de directoras y directores del Conicet, y que condujo al "Cabildo Abierto" que el miércoles se realizó en el Museo de Ciencias Naturales y se replicó en más de 20 ciudades de todo el país, es inédita: resulta difícil encontrar otra iniciativa que haya reunido a tantas figuras relevantes, con visiones diferentes, y que las haya unido en torno de una certeza común: que es indispensable preservar uno de los máximos tesoros con que cuenta el país, unos cuantos miles de personas entrenadas como atletas de alto rendimiento en la resolución de problemas. Que son capaces tanto de desentrañar los misterios del cosmos como de explorar los mecanismos moleculares del cáncer, manipular la estructura atómica de la materia, clonar especies en riesgo de extinción, analizar nuestros comportamientos sociales, estudiar nuestro pasado, agregar valor a nuestras riquezas naturales y competir en el mundo hipertecnológico en el que nos toca vivir.

Pero, sobre todo, que son expertos en ejercer y transmitir el pensamiento crítico, herramienta indispensable para analizar situaciones complejas que desafían nuestra intuición y nuestros naturales sesgos cognitivos. Un escalpelo inigualable para analizar y poner en tela de juicio dilemas difíciles de resolver, como los que ya están planteando la inteligencia artificial y la modificación embrionaria, entre otros avances que se encuentran en las fronteras del conocimiento. Lo que no se logra en otros ámbitos lo están haciendo los científicos. Que no aspiran a ser millonarios, sino a perseguir e intentar capturar un sueño.

Por: Nora Bär

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