El verdadero cambio de modelo

Por Ignacio González García Para LA NACION
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31 de enero de 2002  

Ante la enormidad de la crisis económica, el terremoto financiero y el tembladeral empresarial, aflora por doquier un profundo rechazo a la dirigencia, mezclado con críticas a nuestra argentina manera de ser. Los argentinos como individuos no somos ni mejores ni peores que los nacidos en otras tierras, pero hemos vivido durante décadas (¿siglos?) inmersos en sistemas perversos.

Esos sistemas, fabricados por algunos pocos, aprovechados y usufructuados por muchos y tolerados por millones, son la causa principal por la cual hoy estamos de rodillas ante el mundo.

Desde las culpas infinitas (gran corrupción) hasta las tolerancias menores (no involucramiento) existe un abanico de distintos grados de responsabilidades que causaron o permitieron el continuo deterioro de nuestra Nación. La crisis llegó al hueso cuando estalló en el bolsillo de casi todos, y allí devino en intolerable. La percepción de decadencia se transformó súbitamente en cruda realidad.

El antisistema

Nos movemos en un antisistema que nos carcome y nos devora. Esa parte de nuestra idiosincrasia que constituye la Argentina de los colados, de los vidrios polarizados, la de la prebenda, el clientelismo y la no transparencia. La que toma siempre por el atajo en lugar del sendero, donde hay que hacerse “amigo del juez”, la del “favorcito” que generalmente es una fractura de la norma, la que nunca respeta los horarios acordados, la de la palabra que no se cumple o el apretón de manos que no sella el acuerdo. La viveza criolla, una denominación simpatica para ocultar la cruel actitud del permanente gambetear para salvarnos individualmente y evitar la suerte del resto. Una democracia de políticos que no rotan, que demoran por siempre la reforma y jerarquización de la política, donde el cajoneo del expediente es táctica y los hechos poco se compadecen con la hiperretórica incesante. Los planes integrales de empleo, que deben ser transparentes, han sido reemplazados por el ultradiscrecional empleo de ñoquis o por la creación ficticia de empleo público. Una sociedad con bajísimos niveles de capital social, con una democracia virtual, representativa y no participativa, cerrada por la militancia y poco abierta a la convocatoria del talento. Ni dirigentes ni dirigidos creen en el orden, la disciplina, el método y el respeto venerable por la normativa. La ley esgrimida para los derechos se elude para las obligaciones, con una actitud casi visceral de rechazo al control, o el intermitente ejercicio del control se diluye en la inacción posterior. Una sociedad sin semáforos ni límites de velocidad, del vale todo, donde la valencia de la capacidad de asombro se sobresatura todos días.

Para peor, el antisistema genera un subproducto que corroe todas las relaciones: violencia.

Violencia verbal, física, moral o escrita. El imperio de la fuerza. El barrabravismo en el deporte y en la vida como método cuasi tolerado de obtención de objetivos. El antisistema no perdona y arrasa con las universalidades, y es así como los 900 gramos son el kilo argentino, de la misma manera que los 90 centímetros son el metro. Por supuesto, en estas circunstancias, “los de afuera no son de palo” en todos los casos. Muchos, hoy indignados, sacaron grandes ventajas de las fracturas del sistema, así como de la debilidad institucional

La única realidad

Miles de discusiones filosóficas, no poco intencionadas, alrededor del modelo. Oscilamos entre el liberalismo a ultranza, donde el mercado es endiosado como el que todo lo puede, hasta el intervencionismo feroz que intenta regular toda iniciativa del hombre, pasando por todas sus variantes o combinaciones posibles, con rótulos para etiquetar actitudes de izquierda o de derecha. Pocos perciben que los grandes países no adoptan los extremos ni exacerban los fundamentalismos. El “modelo” de los países centrales es el actuar, en cada momento, en función de lo que es más conveniente para sus habitantes y la propia nación, y luego buscar un nombre para identificar lo que hacen. La única realidad es que, cualquiera que sea el “modelo” que finalmente elijamos, para crecer sano requerirá el sustento de un verdadero sistema armónico, integrado y con reglas claras, y no de un antisistema como el antes descripto.

Fin de un estilo

El único y verdadero cambio es el entierro definitivo del sistema, y el reemplazo indispensable de conductas y actitudes en paz, sin violencias.

La gravedad de la hora exige comprender que después de las guerras o cataclismos (económicamente hemos sufrido algo similar) no son recomponibles de manera exacta los derechos y obligaciones individuales de los actores sociales existentes en el momento inmediato anterior al fenómeno. Sólo son viables esforzados, sensatos y tolerantes renunciamientos colectivos que contemplen reparar la mayor parte del daño sufrido por todos. Tolerancia y solidaridad y un profundo respeto por las reglas de juego serán imprescindibles para reconstruir la Nación. La protesta permanente (largamente justificada), la queja y la ira no recompondrán lo perdido. Canalizar nuestra energía para arrancar una vez más, sin volver a las viejas mañas; aprender de una vez por todas a elegir a los mejores y rechazar a los que nos han usado; discernir entre la sensatez y lo caricaturesco de las propuestas; apretar los dientes, conciliar posiciones, sumarnos a los comportamientos colectivos constructivos con una enorme dosis de paciencia (nos llevará tiempo reparar lo dañado) y volver a inventar la confianza, quizá nada más que porque sí. Por esa enorme mayoría, talentosa y creativa, que todos los días se levanta para encontrarle la vuelta a la vida. Porque volver a creer para volver a poder será lo único que hará posible que nuestros hijos y nietos sigan habitando esta, todavía, entrañable tierra nuestra. Esta tierra que no convertir en una gran Nación no será una lástima sino un crimen imperdonable.

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