Elogio de la resistencia

Por María Esther de Miguel Para LA NACION
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24 de enero de 2002  

Uno sabe que los ríos van a dar en la mar, que los seres humanos terminan en el cementerio, que la plata de la Colonia en época de las Invasiones Inglesas se la llevó el virrey Sobremonte, que Carlos Menem alguna trampita habrá hecho para poder tener fuera del corralito (metáfora increíble) los 4000 dólares diarios que se fumó y esfumó en México o donde estuviera ( lugar que no sé con seguridad dónde queda, pero sí que ha de ser bellísimo). Eso y muchas otras cosas sabemos los argentinos, pero lo que no conseguimos averiguar es dónde han ido a parar los pesos de nuestros ahorros.

Esta servidora, como tantos otros ciudadanos, sin duda por estos tiempos ha fatigado sus ojos leyendo diarios, diaruchos, libelos, editoriales, noticias, chismes, decretos, leyes. Ha cansado pupilas y posaderas perdiendo horas frente a una tevé desde la cual políticos y politicólogos, encuestadores y encuestados, rotundas vedettes y bellísimas modelos explican vericuetos insondables de la política y de la economía. Pero, qué quieren que les diga, si ustedes lo saben tanto como yo: nada de lo parlado y parloteado convence, y todo más que inverosímil resulta, a lo Boris Vian, patafísico. Lo único cierto es que "los morlacos del otario" (que somos nosotros) ya no están en nuestros bolsillos sino en los de otros. ¿En los de quién? ¿En los de esa burocracia recalcitrante donde el Gobierno (los gobiernos) los desparramó? ¿En el pago de los intereses de los intereses de los intereses de la deuda que supimos conseguir? ¿En esos trescientos ochenta transportadores de caudales que, según se dice, marcharon a Ezeiza en las postrimerías de diciembre y de allí Dios sabe hacia dónde? Vaya a saber.

Uno, a estas alturas de sus años (de los míos, quiero decir), es capaz de resignarse y decir simplemente: "Y bueno, perdí de nuevo". Pero a lo que es imposible resignarse es a abandonar aquella dulce costumbre, aquel hábito, tan caro a nuestra tradición de hijos de inmigrantes, de meros descendientes de los barcos, que, por memoria genética o por educación, desde siempre nos acompaña: el sentido del ahorro. Ahorró el abuelo español que vino a los quince años y sumó sacrificios y pesitos para traer a su madre, a su abuela, a sus hermanos. Ahorró el judío que sorteó un pasado de progroms y negruras para fundar en las cuchillas entrerrianas o en el Río de la Plata una nueva estirpe. Ahorró el italiano que desde el rubio Véneto o la oscura Cerdeña vino a estas pampas a trabajar y a soñar con la casita propia y "m´hijo el dotor". Ahorró el alemán o el galés o el árabe que desde lejanías nativas eligieron la insondable Patagonia o la dureza santiagueña para formar comunidades y familias.

Creo que todos venimos con alguna historia semejante tallada en el alma.

Nadando en la depresión o el insomnio de estos días, me ha gustado recordar ciertas cosas: por ejemplo, cuando mi padre me confesó que, al nacer yo, esperada y primogénita, una de las primeras ocurrencias que él tuvo fue poner al lado de mi cuna una de aquellas viejas alcancías del Banco de la Nación en la que me enseñaron a depositar, desde pequeña, las monedas que alcanzaba como premio a mis monerías o logros en el duro aprendizaje de vivir. Después, ya en edad escolar, cuando la felicidad podía encontrarse en las cosas más inesperadas, recuerdo que me topé con ella la mañana en que tuve en mis manos la libreta de la Caja de Ahorro, en cuyos boletines, semana tras semana, iba ubicando las estampillas correspondientes a mis ahorros, y que ahora se hace presente con la imprecisión de lo que está lejano pero ha sido entrañable.

Solicitud de Judas

Pues bien, entre tantas cadenas cortadas en estos tiempos con sabor a acíbar, esta pérdida, la del concepto del ahorro, me parece una de las más dolorosas, porque es la pérdida de la esperanza. ¿Cómo se podrá reconstruir la confianza perdida en esos bancos, majestuosos y sólidos, que competían por arrebatarnos, mediante hábiles promesas, las magras expoliaciones que podíamos hacer a nuestros sueldos para depositarlas confiadamente, pensando en la compra de la casa, o en el soñado viaje, o en el futuro hijo? ¿Cómo volver a creer en la gente de sucesivos gobiernos que nos aseguraron, con la solicitud de Judas, "un dólar, un peso"; nos pidieron que creyéramos en el país; nos reiteraron: "A los argentinos les decimos: confíen, argentinos, confíen"? Y era gente importante la que así hablaba: legisladores diligentes que se pusieron de acuerdo para aprobar una ley de intangibilidad de los depósitos ( ley que tranquilizó nuestras almitas ya inquietas). Y era algún presidente con cara de persona sensata y toda la legitimidad del mundo, aunque lentísima. Y era un ministro de Economía parlanchín y voluntarioso y creativo, que tenía contactos afuera, "donde están los que mandan". Y era su esposa, Sonia (la recuerdan, ¿no?), que apareció, sin que nadie se lo pidiera, a respaldar al marido, una vez y otra vez.

Dios mío, como diría Tato Bores, cuántos bulones nos tragamos, ¿no? Y aquí nos vemos, los otrora desenvueltos porteños y los provincianos ariscos, todos tan propensos a la vida hecha con las repeticiones y monotonías que da la seguridad, donde pocas veces ocurren cosas insólitas; aquí nos vemos, digo, con el aire desvalido de los que malviven y poco esperan. Viejos con sus facciones deshechas o alteradas por el paso del tiempo, sin un antes, porque lo han perdido en los vericuetos de años y penas, y sin un después, porque ya nada les llegará. Y están los jóvenes, aguardando la visa que los convertirá en inmigrantes porque la patria, tradicional lugar dado por Dios a los hombres, sólo les ofrece penurias. Y estamos los otros, los que en el mediodía de la vida, como dijo alguna vez Claudel, no tenemos mayores opciones. Integrantes de esta sociedad desasosegada, imposibilitados de marcharnos, aún dispuestos a resistir, braceando contra la incredulidad como en el bosque el caminante lucha contra las ramas y las espinas que laceran su cuerpo y ni le permiten avanzar ni vislumbrar el horizonte abierto, que es salida y es esperanza. Y que está.

Porque siempre hay una salida. Pero debe ser encontrada.

Mientras tanto, ¿qué? Se debe resistir. ¿ A qué? A los mensajes mentirosos, a los falsos profetas, al desánimo que solicita, a las pesadumbres del alma que atan las manos e impiden el esfuerzo necesario para avanzar. O para empezar. Pero, sobre todo, resistir a la tentación de la violencia. En estos días, voces desafortunadas han hablado de guerra civil. Por favor: no se debe mentar la soga en casa del ahorcado, me recordó un amigo. Demasiada sangre ya hemos tenido, ahora es el tiempo de la solidaridad y la construcción. En esos espacios ubicamos nuestra resistencia.

El último libro de María Esther de Miguel es la novela El Palacio de los Patos (Alfaguara).

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