Elogios y reproches en el gabinete

Joaquín Morales Solá
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19 de marzo de 2000  

En la noche del martes último sucedieron dos comidas paralelas. Los participantes de uno y otro lado integran el areópago mismo del poder que gobierna. De alguna manera, la forma de conducir los conflictos que ocurren en el país pasaron por el examen de esas mesas tendidas en el vértice.

Una de ellas se realizó en la residencia de los presidentes, en Olivos, y convocó al propio De la Rúa, a José Luis Machinea, a Fernando de Santibañes, a Darío Lopérfido y a Jorge de la Rúa, el influyente hermano del Presidente.

La otra comida la presidió Raúl Alfonsín en la casona del dirigente radical Ricardo Yofre, en el barrio de Belgrano, y participaron dos viceministros (Carlos Becerra, de Interior, y Mario Vincens, de Economía), el ex vicecanciller Raúl Alconada Sempé y el diputado aliancista Jesús Rodríguez.

Sólo el canciller Rodríguez Giavarini fue y vino entre Olivos y Belgrano. ¿Dos análisis distintos del país y del poder entre dos gobiernos diferentes? Esta deducción es tentadora, pero fue el propio Alfonsín el que se encargó de aclarar que todas las referencias a la administración de De la Rúa debían hacerse con el espíritu de la construcción y no de la crítica, adornó.

La conclusión del encuentro de Olivos pegó en la economía. Se convino, por ejemplo, que el Gobierno camina por la peor etapa, una transición que contiene muy poco entre el ajuste inicial y la aún pendiente reactivación de la economía. El tiempo lento de la espera está dando fundamentos, con razón, a los que se formulan una pregunta crucial: ¿cuál es el próximo paso? Pero retomaron los bríos cuando Machinea anticipó que la reactivación económica podría adelantarse para antes del segundo semestre, empujada por la intensa repercusión social que han registrado las inéditas líneas de créditos inmobiliarios.

La otra comida fue más sustanciosa en términos gastronómicos (cuatro cochinillos dieron su vida por esa causa), aunque complementó aquellas conclusiones. El encuentro liderado por Alfonsín coincidió en que el protagonismo y la solidez del equipo económico no tenían un correlato entre los funcionarios encargados de atender las urgencias sociales.

El vicepresidente, Carlos Alvarez, que no estuvo en ninguna comida, seguramente podría refrendar esta última advertencia, sobre todo si se refiere a la ausencia de grandes gestos políticos con miras al drama social.

En rigor, la aristocracia política se resiste al nuevo reinado de una conducción económica (al estilo de la de Sourrouille o la de Cavallo), todopoderosa y ajena a los conflictos sociales que deben atender los dirigentes políticos.

Si bien Machinea no pertenece a la clase de economistas soberbios y autosuficientes, debe agregarse, para compensar las cargas, que él fue el único aliancista que sabía de antemano que su destino era -si había un destino- el de ministro de Economía. Tuvo tiempo y espacio, por lo tanto, para preparar equipos y planes, que les fueron negados a los otros ministros.

Ni en una ni en otra comida se habló de personas, pero en círculos aliancistas menos recoletos se han deslizado las primeras objeciones a dos ministros sociales: Graciela Fernández Meijide, de Acción Social, y Héctor Lombardo, de Salud.

Las muy malas notas de Lombardo no son una novedad; ya fue un escaso funcionario en el Gobierno de la Ciudad y su especialidad no fue nunca la cuestión sanitaria, sino el punteo barrial de la interna del radicalismo.

La noticia está en otro lado. La expectable Fernández Meijide estrenó su despacho de ministra y así hizo su primera experiencia al frente del Estado; nunca antes había estado en una función ejecutiva o de conducción que no fuera la partidaria. La inexperiencia es una deuda que se paga, aunque también es cierto que su cartera actual -tal como es ahora- no existía.

La corrieron la necesidad de reestructurar un ministerio que tiene el tamaño de un elefante y la escasez total de recursos, hasta que le asignaron las partidas. Los recursos con que cuenta son apenas 300 millones de dólares, que, además, sólo puede reordenarlos porque ya están asignados; sólo la provincia de Mendoza cuenta con 140 millones de dólares para atender los problemas sociales.

Esas limitaciones no explican, sin embargo, que haya formado un equipo de excelentes teóricos sin relación alguna con las cuestiones prácticas del Estado. Todos ellos deben enfrentarse, además, con gobernadores peronistas que los combatirán sin cesar mientras les reclamen el necesario control de los recursos que les envían.

De la Rúa desconfía de las moras, pero no ha cambiado el trato afable con ella, como no lo ha hecho con nadie desde que es presidente. Sabe que la política tiene épocas de vacas flacas y otras de vacas gordas, y que estas últimas deben servir para acumular simpatías y reconocimientos para cuando llegue la carencia invernal. Esa virtud es un vacío de Fernández Meijide.

El jefe político del Frepaso, Alvarez, pudo hacer poco y nada para ayudar a su antigua aliada. La relación personal entre ellos no ha variado, pero Alvarez se enteró, hace ya tiempo, que Fernández Meijide decide sólo ella -y nadie más- cuando la política la comprende directamente.

De hecho, rechazó de plano la propuesta de Alvarez de no dirimir la interna con De la Rúa por la candidatura presidencial, cuando aquél percibió la magnitud de la derrota inminente.

Fernández Meijide trabaja ahora en un plan social (destinado sobre todo a asegurar un crecimiento sólido a los niños pobres) que incluye a Llach y a Lombardo. Pero si quieren que recorra el país con la bolsa al hombro repartiendo limosnas, también lo haré. Más aún: es lo que más sé hacer, ha dicho la ministra molesta ante tanta parlería.

Las falencias no se notan cuando rige el acuerdo con la fortuna. Pero hubo también hechos ásperos y desapacibles.

La división de la CGT está arrinconando al Gobierno con los dirigentes sindicales carentes de simpatía popular. Hugo Moyano, el combativo líder de la CGT díscola, no podría convocar a una huelga nacional exitosa (porque las prioridades son otras en el mundo del trabajo), pero su condición de hombre intransigente le ha reservado, seguramente, un lugar en el corazón de ciertos sectores obreros.

Aquellas cercanías y estas lejanías podrían complicar al Gobierno en el control del conflicto social. La administración teme, sobre todo, que detrás de la CGT rebelde se esté escondiendo una propuesta de contramarcha de la economía.

La regresión no es, en efecto, un riesgo excluido. La ciencia clásica, por ejemplo, está disparando contra el jefe del área, el ex canciller Dante Caputo, acusado de desviar fondos a la Internet y de privilegiar la red informática. Caputo enfatizó que no le sacó un solo peso a la ciencia clásica, pero gritó que no está dispuesto a descuidar el progreso informático. Sería lo mismo que si la Argentina hubiera descuidado el ferrocarril cuando descubrió la pampa húmeda, amonestó.

Tres gobernadores peronistas (Ruckauf, Reutemann y De la Sota) insisten a su vez en patear los acuerdos del Mercosur. Ruckauf es el que ha ido más lejos (proponiendo virtualmente la suspensión del acuerdo económico), aun cuando varias empresas brasileñas le han hecho saber que están a punto de levantar sus proyectos de inversión en la provincia.

El discurso xenófobo y proteccionista está destinado al fracaso en el mundo valioso, pero está condenado también al éxito en la encuesta precaria e incidental.

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