Empezar a leer a los cinco años

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Angélica Gorodischer cuenta que empezó a leer a los cinco años
Angélica Gorodischer cuenta que empezó a leer a los cinco años Fuente: Archivo - Crédito: Marcelo Manera
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31 de mayo de 2018  • 21:57

Casi todos tenemos recuerdos de nuestros inicios como lectores y, si no los teníamos, nuestros parientes más cercanos se habrán ocupado de refrescarnos la memoria durante un encuentro familiar. Si leíamos a la luz de un velador hasta la medianoche o en la escalera que llevaba al lavadero, o a la sombra de un árbol, o exclusivamente ante el pupitre escolar, que también servía como página para escribir con la punta del compás nombres propios, consignas y bromas.

Para muchos, haber empezado a leer antes de iniciar la vida escolar fue siempre motivo de orgullo. En su casa en Rosario y rodeada de libros, Angélica Gorodischer me contó que había empezado a leer a los cinco años. Al parecer su madre, que la escuchaba farfullar sentada ante pilas de revistas y libros día a día, la provocó una tarde: "Pero si vos no sabés leer". Creía que jugaba a leer. "Sí que sé", le respondió la niña Angélica, que por lo visto desde chica mostraba un carácter insumiso. "A ver, ¿qué dice acá?", cuenta la escritora que le preguntó la madre en tierna actitud de desafío. "Viene- con- lá-minas", leyó la futura autora de Cómo triunfar en la vida y Doquier en la portada de una revista destinada al público infantil. "Entoncés sí que sabés", concluyó la madre, derrotada con orgullo. Efectivamente, Billiken proveía cada semana láminas sobre asuntos escolares tan diversos como la botánica, el cruce de los Andes y el ciclo de la vida. Próxima a cumplir noventa años, Gorodischer sigue leyendo.

Marco Denevi fue un escritor muy popular en los años ochenta. Mientras estábamos en la escuela secundaria, mis compañeros y yo leímos con fascinación sus cuentos y Rosaura a las diez. Nos parecía diferente del resto de las novelas que nos había tocado leer, anacrónica y a la vez moderna. También estábamos asombrados de que una novela que nosotros habíamos conocido en las clases de literatura hubiera sido llevada al cine antes de que hubiéramos nacido. Cada lector quiere que el libro que lee nazca con él. Hace pocas semanas, Cristina Piña "rescató" esa obra en Denevi, 1955. Sobre Rosaura a la diez, un libro de la editorial Unipe. Leemos con otros ojos lo que leímos cuando empezamos a leer.

En una entrevista en la que responde sobre Gardel, la falta de fe como un don y el cine, Denevi comentó que había empezado a leer libros a los diez años. "Tremebundas novelas de piratas. Hasta que di con una obra maestra del género, La isla del tesoro. Luego vinieron Alejandro Dumas y, aunque cueste creerlo, Víctor Hugo. A mi hermana Clelia le pegaron un reto porque la sorprendieron leyendo Resurrección, de Tolstoi", agregaba el escritor en su conversación con Juan Carlos Pellanda (esa charla está incluida en un hermoso libro publicado por Corregidor en los años 90). Hubo un tiempo en que ciertas lecturas de infancia causaban alarma entre los adultos.

En Trance. Un glosario, el nuevo libro de Alan Pauls (publicado en la colección Lectores de la editorial Ampersand), el escritor confiesa que un día descubrió que nada le importaba más en la vida que leer. Los demás, al principio sorprendidos por esa elección, señalaban al joven Pauls como un ejemplo a seguir por los demás chicos de la familia. Pasado el tiempo, empezaron a advertir en esa pasión señales de soberbia. "Más que como un ejemplo, ahora lo veo como una anomalía, síntoma de una asocialidad peligrosa", aventura el escritor en las primeras páginas del libro. ¿Qué lector no escuchó en la infancia la pregunta que recuerda Pauls? "¿Por qué no hacés algo en vez de leer?" En cambio hoy, consternados por la caída en los porcentajes de lectura de libros en el país, diríamos (tanto para alentar la lectura como para remedar la fraseología política): "Leer es hacer".

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