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En busca de la Madre Rusia

Los rusos enfrentan dentro de sólo una semana las elecciones presidenciales que seguramente llevarán al poder a Vladimir Putin. El mensaje del ex KGB, de quien aún nadie sabe si es un reformista o un nacionalista, un autócrata o un demócrata, muestra claras intenciones de poner fin al caos político y económico que ha caracterizado la vida rusa durante todo el decenio de los noventa. Pero se acumulan las dudas sobre si quiere y puede luchar contra el flagelo mayor de la nación: la corrupción generalizada de la oligarquía empresarial y las mafias
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19 de marzo de 2000  

MOSCU Al igual que muchos electores rusos que se están preparando para ir a las urnas, Vladislav Kazakov era un optimista a toda prueba.

Oficial retirado del ejército, de 48 años, pensaba que Vladimir Putin, quien casi seguramente ganará las elecciones presidenciales del próximo domingo, era un hombre fiel a su palabra. Si era elegido, el presidente en funciones había prometido que pondría fin a la corrupción y despojaría de su poderío a los fabulosamente ricos oligarcas del país.

Entonces, Kazakov escuchó que Putin había fijado sus oficinas centrales de campaña, así como su centro de análisis y resolución de problemas, en la elegante Casa Alexander. El dorado edificio prerrevolucionario, localizado a tiro de piedra del Kremlin, pertenece al titán de las finanzas Alexander Smolensky, cuyo quebrado banco tragó millones de dólares provenientes de pequeños ahorristas como Kazakov.

"¿A quién está engañando? (Putin). A mí me parece que está en la cama con ellos (los oligarcas) del mismo modo que lo estaba (el ex presidente Boris) Yeltsin", expresó Kazakov.

Toda la dureza glacial que Putin demostró al emprender una brutal guerra en Chechenia, no ha sido volcada en los asuntos concernientes con los así llamados oligarcas, un grupo de aproximadamente diez hombres rusos que tomó el control de los activos y las empresas más lucrativas del país mediante relaciones políticas y presuntos tratos financieros dudosos durante el régimen de Yeltsin.

Putin, que actualmente está contendiendo por su propio mandato de cuatro años, ha emitido decretos con la idea general de afectar los intereses de la oligarquía, pero también ha hecho la vista gorda respecto de sus tratos. Estas acciones dejan divididos a los analistas políticos respecto de si un gobierno de Putin significará que los negocios seguirán como siempre para empresarios y burócratas corruptos, o si el ex agente de la KGB de 47 años realmente librará una guerra contra la corrupción.

"La balanza está absolutamente equilibrada en este caso. Hay señales de que Putin realmente habla en serio y la misma cantidad de señales relativas a que las palabras son tan sólo eso: palabras", expresó Tom Adshead, analista político en Troika Dialog, una de las mayores casas de inversión de Moscú. "En estos momentos, la respuesta puede encontrarse en las hojas de té".

Tras dos meses sin una plataforma electoral, Putin publicó en diarios rusos (artículo publicado también en La Nacion), el 25 de febrero último, una carta abierta al electorado, bosquejando sus posturas generales sobre temas sociales y económicos. Su mensaje está lleno de duras palabras con respecto a ponerle orden al caos político y económico que ha caracterizado a la vida rusa durante todo el decenio de los noventa, que disparó el colapso económico de agosto de 1998.

"Es de suma importancia crear condiciones de igualdad para todos los participantes en la vida política y económica de Rusia. Debemos impedir que cualquiera se anexe al gobierno y sea capaz de utilizar su puesto con fines propios’’, declaró Putin.

Ningún clan, como tampoco ningún oligarca, debe estar cerca del gobierno federal o de los gobiernos regionales. Deberían estar equidistantes del gobierno y gozar de las mismas oportunidades’’.

El mensaje hace sonar una fibra entre los votantes, pero la misiva carece de detalles. Las oficinas generales de campaña de Putin e incluso el presidente en funciones rechazaron peticiones por parte de Diarios Cox para una entrevista con respecto a este tema, y también se negaron a responder a preguntas enviadas vía fax sobre sus planes contra la corrupción.

Los observadores de Rusia dicen que no se trata de cómo proyecta Putin manejar la corrupción, sino de saber si realmente puede hacerlo.

Considérese, por ejemplo, la relación del presidente en funciones con Boris Berezovsky, un hombre al que con frecuencia la gente se refiere como el Rasputín de la Rusia moderna, alguien que manipuló al gobierno durante los últimos dos años de la presidencia de Yeltsin. Los medios de comunicación rusos le dan el crédito por todo, desde lisonjear a Yeltsin para que designara a candidatos a primer ministro que simpatizaban con el empresario -incluyendo a Putin- hasta financiar a rebeldes chechenos y comenzar la guerra más reciente.

De la misma forma que con los oligarcas, los detalles sobre el imperio financiero de Berezovsky son intencionalmente vagos. Entre las empresas bajo su control están la principal línea áerea de Rusia, Aeroflot, y la estación de televisión perteneciente al Estado, la ORT, la más poderosa del país debido a que llega a cada hogar ruso.

El influyente diario Izvestia citó el mes pasado "fuentes informadas’’ que decían que Putin intentará controlar a Berezovsky. Posteriormente, el director del equipo económico de Putin, German Gref, dijo que el gobierno estaba planeando la creación de una nueva aerolínea del Estado para competir con Aeroflot. Días más tarde, el gobierno anunció que la ORT tendría que someterse a una licitación abierta para que su licencia pueda ser renovada en mayo, en vez de renovarla automáticamente, haciendo surgir la probabilidad de una nueva administración.

Sin embargo, al mismo tiempo, el gobierno ha archivado varias investigaciones pendientes sobre corrupción contra compañías relacionadas con Berezovsky y Aeroflot, las cuales afirman que estas empresas con sede en Suiza desviaron decenas de millones de dólares de la aerolínea.

Adicionalmente, Putin y el gobierno han estado como espectadores pasivos mientras Berezovsky y otro personaje del Kremlin, Roman Abramovich, consolidaban acciones mayoritarias en las tres empresas más grandes de aluminio en Rusia, a través de diversas ventas de acciones entre miembros de un grupo. La industria del aluminio es la tercera más lucrativa del país.

Cuando se dio a conocer públicamente la noticia del trato, Putin no ofreció comentarios de inmediato. Posteriormente, afirmó que no se había enterado por adelantado de las transacciones (aunque las empresas de aluminio siguen perteneciendo parcialmente al gobierno), pero prometió que el Ministerio Antimonopolios llevaría a cabo investigaciones. Berezovsky y Abramovich no han confirmado, como tampoco negado, las transferencias de acciones.

La falta de transparencia de Rusia en las transacciones comerciales facilita la transferencia del control efectivo de un negocio a otro partido mediante empresas que funcionan con una fachada de entidades en paraísos fiscales. Esta técnica fue una de las herramientas favoritas entre los oligarcas durante el gobierno de Yeltsin, y les permitió no solamente tomar el control sobre empresas petroleras y de telecomunicaciones, además de despojar de activos y sacar capital del país, sino que lo pudieron hacer legalmente.

"El trato del aluminio subraya el grado de nebulosidad de las promesas de Putin con respecto a fortalecer el mandato de la ley’’, aseveró la analista política Lilia Schvetsova, del Centro Carnegie de Moscú, una filial del Instituto Carnegie para la Paz Internacional con sede en Washington.

Si la oligarquía puede asumir el control de toda una industria, entonces ¿qué puede hacerse en su contra?’’, agregó Berezovsky, intencionalmente o no, ha contribuido otro tanto con las dudas respecto de las duras palabras de Putin. Cuando se le preguntó durante una entrevista, diez días atrás, si Putin aplicará la ley igualmente a grandes empresarios, incluido él mismo, Berezovsky replicó: "No estoy seguro si me enviará a prisión’’.

Al expresar su confianza en que el candidato no hará tal cosa, el empresario se apresuró a añadir que -sin duda- estaba en pensando votar por Putin.

(La corresponsal Marilyn Geewax, de Cox Newspapers Washington, contribuyó con este artículo)

Las últimas claves electorales

  • Candidatos: al máximo cargo de la nación aspiran oficialmente 12 políticos que han pasado el "tamiz" de la Comisión Electoral Central.
  • Sondeos: las últimas encuestas muestran que entre el 53 y el 57 por ciento de los electores se inclina en favor de Putin. Ese índice se mantuvo siempre elevado, pero se terminó de definir en enero úiltimo, cuando el entonces primer ministro tomó la presidencia interina tras la renuncia del muy enfermo Boris Yeltsin. Antes de ello, su margen de popularidad también era alto: alcanzaba el 45 por ciento.
  • Apoyo: la base social de quienes apoyan a Putin es variopinta, Agrupa a gentes de derecha, satisfechas con las reformas introducidas hasta ahora, y a amplias franjas de personas centristas, con lo que ha logrado mitigar las fuerzas de todos sus otros contendien tes. Sobre todo por la campaña en Chechenia.
  • Comunistas: Gennadi Zyuganov, líder parlamentario y candidato del Partido Comunista, sólo consigue entre un 16 y un 20 por ciento de las adhesiones. Atrapa los mayores respaldos en la llamada "franja roja", en Lipetsk y otras ciudades de esa región. Podría recibir también los votos que habrían conseguido el ex primer ministro de Yeltsin, Yevgueni Primakov, y el actual alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, y que desistieron de presentarse en los comicios presidenciales.
  • El Tercero: Grigori Yavlinski, líder y candidato liberal del partido Yaboko, sólo alcanza el 5 por ciento de las intenciones de voto.
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