
En la encrucijada del siglo: 1900 y 2000
Por María Sáenz Quesada Para LA NACION
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HACE un siglo, la Argentina seguía con atención las alternativas de la guerra en Sudáfrica, entre el Imperio Británico y los colonos boers por la posesión de tierras ricas en yacimientos de oro y de diamantes. Esa guerra, que permitió al país exportar caballos en pie y otros bienes primarios, abrió el período más brillante de las relaciones con Gran Bretaña. En aquella verdadera edad dorada, concluida en 1914, los saldos comerciales favorables a la Argentina permitieron alimentar el mito de que éramos los europeos de América del Sur, grato a los oídos de la clase gobernante.
Acababa de fundarse la fábrica de cerveza Quilmes y la gente podía consumir galletitas Bagley y usar alpargatas de fabricación nacional. Pero lo que verdaderamente importaba eran los datos del crecimiento de la producción agropecuaria exportable, a base de mejoras en la ganadería y en los cultivos.
El gobierno presidido por el general Roca encaraba un ambicioso proyecto de obras públicas. Importantes recursos estatales se destinaban a la educación pública. El ministro Osvaldo Magnasco había enviado al Congreso un proyecto de reforma educativa que vinculara los contenidos de la enseñanza con la producción y dejara de lado el enciclopedismo de que adolecía, a su juicio, la enseñanza.
Los recientes viajes presidenciales a Chile y a Río de Janeiro tuvieron como objetivo superar los conflictos de límites que amenazaban derivar en una guerra. Pero Brasil aumentó los derechos de aduana a las importaciones argentinas, un indicio de que había poca voluntad de ratificar los gestos amistosos con políticas concretas, y la tensión con Chile no se desvaneció.
En las provincias seguían los "gobiernos de familia": a raíz de una sublevación popular que tuvo lugar en Catamarca, se decretó la intervención. En Entre Ríos, donde se debían meses de sueldo a los maestros primarios, un grave conflicto estallaría a comienzos de 1900.
La deuda nacional insumía el 46 por ciento del presupuesto, afirma Julio Irazusta (El tránsito del siglo XIX al siglo XX). Roca, aconsejado por Pellegrini, que era el jefe del oficialismo en el Senado, había fijado el valor de la moneda y estabilizado el peso, evitando su valorización excesiva. Esta decisión, que beneficiaba a los exportadores pero afectaba a los asalariados, generó un intenso debate.
Legislación del trabajo
Juan B. Justo, partidario de los asalariados, recomendaba a los inmigrantes extranjeros tomar la ciudadanía argentina, a fin de impedir que continuara la mañosa "política criolla", y descalificaba a la "inoperante y corrompida" administración de Roca. El debate comprendía la necesidad de dictar una nueva legislación del trabajo. En algo coincidían desde el gobierno los higienistas con los periódicos socialistas y anarquistas: el sistema dejaba en el desamparo a los débiles y los pobres.
La gente se entretenía sencillamente. Días gloriosos del género chico español (zarzuelas), pero también de las pantomimas criollas de los Podestá. Rubén Darío acababa de dejar su sello en la vida cultural de Buenos Aires y los literatos veinteañeros, seducidos por las utopías sociales, procuraban emanciparse de esa influencia poderosa. Entretanto, la patota conocida como "la indiada de niños bien" prefería bailar el tango con corte en los sitios pecaminosos y rivalizar con guapos y compadres en asuntos de coraje.
El fraude y la violencia electoral eran moneda corriente, por lo que el radicalismo de Yrigoyen había resuelto abstenerse de participar en los comicios.
El siglo transcurrido desde entonces parece más largo que cien años. Los argentinos se han modernizado al ritmo de los tiempos. Tienen casi tanta televisión por cable y teléfonos celulares como en Nueva York, usan tarjetas de crédito, se abastecen en los supermercados, se entretienen en los shoppings, unos pocos se conectan por Internet y todos aceptan que la política sea un hecho mediático.
Pero quizá las circunstancias externas se han transformado más que las realidades de fondo. Por cierto que la marginalidad no es hoy muy diferente de la que se vivía antes del 900 en los conventillos y en las orillas. ¿Quién se hace cargo hoy de los problemas sociales? La ilusión del Estado benefactor es uno de los avances del siglo que se evaporaron en los últimos años.
Muchas provincias gastan más de lo que recaudan, no sólo porque sobreviven, con apellidos renovados, los "gobiernos de familia", sino también porque sus economías no logran adaptarse a los requerimientos contemporáneos. Hoy como ayer, el debate educativo se posterga en aras de consignas envejecidas. Sin embargo, la educación se encuentra en una situación mucho más grave que en 1899 : entonces, críticas aparte, cada año se registraban más alumnos, más aulas, más escuelas normales. Ahora los resultados son comparativamente menores.
Confianza en el porvenir
Ya no somos el granero del mundo y por eso resulta más difícil tener una moneda estable y al mismo tiempo favorecer las exportaciones. La relación comercial con la potencia hegemónica arroja saldos desfavorables. La Argentina reconoce la necesidad de integrarse en el Mercosur, pero mantiene (al menos así ocurrió durante la presidencia de Menem) el anhelo de diferenciarse de América Latina y de ser, si no los más europeos, los sudamericanos más norteamericanos. Unos pocos lo han logrado quizás.
Existe, sí, una gran diferencia entre 1900 y 2000. Una de ellas, positiva, tiene que ver con el sistema político democrático, consolidado en los últimos quince años de este largo siglo, y que hoy incluye a las mujeres, ausentes en los esquemas mentales de cien años atrás. El otro es la cuestión de la confianza en el futuro. Un franco optimismo se percibe en los debates del 900. Se pensaba en un gran país, y, según lo recomendaba Juan B. Justo, nadie debía quedarse fuera del proyecto. Del optimismo colectivo participaban los criollos y los recién venidos, que se argentinizaban con rapidez.
Hoy, cuando obtener el pasaporte de la Comunidad, es lo que verdaderamente garantiza a un argentino su condición de europeo, se han desvanecido la confianza y el orgullo. En 1899, gobernantes y aspirantes a gobernar sabían qué lugar debía ocupar la Argentina en el mundo y estaban dispuestos a conquistarlo. Esa seguridad, que nutre la voluntad de vivir juntos en sociedad, se ha debilitado junto con el sueño del Estado benefactor, el granero del mundo y las buenas cosechas salvadoras. Sin embargo, aunque el futuro se presente borroso, incierto e impredecible, contar con nosotros mismos, con nuestra realidad a secas, sin utopías de gran potencia, puede ser un nuevo punto de partida. Quizá la tarea por realizar sea humilde, nada ostentosa y poco visible, pero es también una tarea digna si apunta a mejorar la convivencia, buscar la equidad y sentar las bases perdurable del futuro. © La Nación






