En las crisis, dirigencia

Alberto Rubio Para LA NACION
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30 de mayo de 2009  

Las sociedades se descomponen y se recomponen desde sus cabezas. Los dirigentes, en sus distintos niveles y rangos, son las cabezas de la sociedad. Una sociedad sin buena dirigencia es una comunidad mal orientada y, en el mejor de los casos, desorientada. Carente de rumbo por carencia de horizonte. Siempre es necesario el liderazgo, la existencia de esos que asumen la responsabilidad de la cosa pública, para que cada generación pueda tener un mejor estar que la anterior. Son los que organizan el "nosotros", los artífices del consenso.

El buen dirigente está comprometido con el futuro. El destino de la generación que no verá y por la que no será visto. El buen dirigente racionaliza, entiende, explica y actúa sobre el presente, que no siempre maneja, pero que debe encauzar. Sobrelleva las tensiones del pasado, aun de aquel con el que no estuvo involucrado. Sólo le queda la posibilidad del futuro por hacer. Un espacio siempre en blanco, dispuesto para la creación.

Es inevitable que el buen dirigente esté dominado por la idea de progreso y comprometido con los modos de asegurar el adelanto cultural y tecnológico de la sociedad, promoviendo esfuerzos superadores, individuales y colectivos, pero compartidos y participativos.

El buen dirigente une; genera interdependencia social, que es el perfil de las comunidades maduras, en las que el yo es una consecuencia natural del nosotros. Todo grupo humano es una sociedad destinada a la madurez, en una escala ascendente de entendimiento colectivo. En lo familiar, laboral, deportivo, académico o gubernamental aparecen estas pulsiones, necesarias en quienes sienten inclinación y vocación por orientar las intenciones individuales al mejor de los resultados colectivos.

Las actitudes y el accionar del dirigente educan más que su discurso. Es visto actuar; no necesita demasiadas palabras. Su mejor decir es su actitud frente a los asuntos que debe afrontar. Sabe que se lo conocerá por sus frutos, pero, fundamentalmente, por cómo los encare.

La estampida es el comportamiento propio de una manada sin referente. Cuando el faro no funciona o lo hace de modo incorrecto, los barcos encallan o se hunden.

En las complejas condiciones del mundo de hoy, esas funciones no se pueden ejercer sólo por inclinación natural. La dirigencia de este tiempo requiere alta idoneidad. Se forma en principios sólidos, pero plurales, adecuados para sociedades abiertas, heterogéneas y participativas. Se capacita para entender y atender las demandas, del mismo modo que un director de orquesta domina por su oído todos los instrumentos, aunque no necesariamente sea capaz de tocarlos.

El dirigente de este tiempo debe estar en condiciones de diseñar como un arquitecto, construir como un ingeniero, decorar como artista, soñar como poeta, proteger como un guerrero. El dirigente maduro sabe retirarse cuando la acción requiere nuevos bríos y la reflexión clama por mentes serenas, capaces de filosofar por los desafíos vividos e iluminar con la sabiduría que dejan los errores cometidos, reconocidos y aceptados como tales. La sociedad necesita de esos mensajes sobrios y austeros. Los que pueden lograrlo se agigantan entre los suyos.

Por saber llevar y no ser llevado, el buen dirigente logra que los suyos puedan elegir en libertad qué camino recorrer para sí mismos.

El autor es decano coordinador de posgrados, Universidad de Belgrano Bella Vista

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