Enamorados de la humildad

Alicia  Dellepiane
Alicia Dellepiane PARA LA NACION
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21 de mayo de 2013  

¿La Franciscomanía llegó para quedarse? ¿Qué hace que el papa Francisco conmueva? ¿Qué en él promueve el 90% de aprobación que formulan las encuestas? Las actitudes de Francisco aparecieron como un mágico e impensado oasis en un desierto de arenas sordas y médanos de soberbia.

Las imágenes del oasis de humildad y de las vastas dunas de arrogancia ilustran lo que David Hawkins, psiquiatra y filósofo, formula como la enorme diferencia entre el poder y la fuerza.

En nuestra cultura la palabra poder tiene mala prensa porque se suele confundir el poder personal con el poder sobre otros, lo que Hawkins llama fuerza.

La fuerza polariza e incrementa el conflicto al armar una estructura de ganador y perdedor que fabrica enemigos. En el uso de la fuerza se avanza sobre el territorio de otro y quien anhela esta apropiación suele creer que si es admirado, si logra imponerse a cualquier costo o si conquista una capacidad adquisitiva superlativa, su profunda autodesvalorización va a ser cicatrizada. Pero nada alcanza.

Los más eximios practicantes de la soberbia viven una catástrofe psicológica. El diseño del ideal de ellos mismos que lograron con esmero les costó la pérdida del criterio de realidad. Y cuanto más de utilería es la identidad, más necesaria la fuerza, la utilización del poder sobre otros y la arrogancia como refugio último en el cual protegerse. El único lugar seguro es el búnker, y dado que el otro es siempre una amenaza, no hay lugar para él. En síntesis: la soberbia es lo opuesto al verdadero poder personal.

El poder, en cambio, no manipula y no demanda sino que, al emanar de una identidad no fisurada y sólida, eleva, dignifica. Está asociado con la compasión y con cierta integridad personal. Tiene poder el alcohólico que se recupera, la mamá que termina el día agotada pero feliz de haber acompañado el crecimiento de sus chicos, cada persona que da lo mejor de sí aun en situaciones difíciles, y el papa Francisco, que reduce sus vestiduras y privilegios, propone que un cuerpo colegiado lo ayude en su tarea y pide que recen por él, incluso "para que no se la crea". La soberbia no parece alcanzarlo. La arrogancia no encuentra un lugar en él. Su poder –dado por la humildad– crece. Y con él su zona de influencia.

Chesterton, en su libro sobre Francisco de Asís, relata que el santo no amó a la humanidad sino a los hombres, y que lo que le otorgaba su extraordinario poder personal era que ninguna persona con la que se cruzara se alejaba sin tener la sensación de que Francisco se interesaba realmente por él y por su vida desde la cuna hasta el sepulcro, de que era estimado y tomado en serio y no meramente añadido a los restos de algún programa social o a los nombres de algún documento burocrático.

El escritor propone que Francisco, en el abandono de todos los lujos de la corte, invirtió el orden, y mientras en ella había un rey y cien cortesanos, el hermano de la luna y del sol se instaló como un cortesano entre cien reyes, seguro de que era la única forma en la que podía conmover a esa parte del ser humano que quería conmover.

En cada uno de nosotros hay humildad y hay soberbia. Creer que sólo está en otros y no reconocer la propia (a veces, rozagante) requiere de una dosis interesante de ella misma. Pero unas pocas preguntas pueden ayudar: ¿veo cuáles son mis actitudes defensivas y soberbias? ¿Me vinculo con los demás disminuyendo en algún sentido su valor para sentirme más seguro? ¿Me doy cuenta cuando prefiero ser rey a cortesano? ¿Acepto el desafío de utilizar mi poder para transformar mis debilidades en fortalezas? ¿Está el amor en la fuente de los cambios que propongo y me propongo?

Longfellow sugería que si pudiéramos leer la historia secreta de nuestros enemigos encontraríamos en la vida de cada uno suficiente pesar y sufrimiento como para desarmar toda hostilidad. Pero semejante opción por la paz requiere de almas muy grandes.

Tal vez el papa Francisco nos conmueve porque sus actitudes resuenan con nuestra sed de grandeza, que pide que abandonemos el desierto de la soberbia que aísla y construyamos un inmenso oasis compartido de verdadero poder.

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