Entre el cambio y la continuidad

Por Oscar Camilión Para La Nación
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27 de octubre de 2000  

Hay una consideración previa al análisis del resultado del viaje del ex canciller Guido Di Tella a las Islas Malvinas. Ella es el desacuerdo producido entre el anterior ministro y su sucesor, Adalberto Rodríguez Giavarini, a propósito de la visita, desacuerdo que se ha hecho público de una manera que se podría calificar como demasiado ruidosa. El ingeniero Di Tella no es un turista cualquiera. No sólo se trata del funcionario que durante más tiempo ocupó el ministerio de relaciones exteriores durante toda la historia constitucional argentina. Di Tella fue, además, un ministro que prácticamente centró su gestión en el tema de las islas. Aunque sería injusto reducir a un solo asunto una tarea que se prolongó por más de ocho años, es evidente que los pasos dados por Di Tella en esa negociación fueron los que más discusiones suscitaron y, con seguridad, los que el propio interesado debe considerar como los más relevantes. Al menos, aquellos en los que más esfuerzos puso y más tiempo dedicó.

Uno de los objetivos que Di Tella se propuso y parcialmente consiguió fue organizar alrededor de las Malvinas una política de Estado. Es verdad que el éxito que obtuvo fue sólo parcial. Figuras muy importantes del anterior oficialismo discreparon pública y duramente con la llamada estrategia de la seducción, estrategia que no fue compartida por la oposición de entonces, hoy gobernante. Sin embargo, algunos elementos de la política adoptada no ya por su canciller sino por el gobierno del presidente Carlos Menem fueron aceptados por prácticamente la totalidad de las fuerzas políticas del país. Menem modificó de manera sustancial la línea diplomática anterior a partir de la reanudación de relaciones diplomáticas con el Reino Unido y del restablecimiento de la tradicional estrecha relación que la Argentina y aquel país mantuvieron siempre en el campo económico.

Nueva estrategia

Desde ya puede considerarse como un dato que la actual diplomacia jugará mucho más a la continuidad que al cambio en el tema de las relaciones con el Reino Unido en general y en el terreno específico de la reivindicación sobre las islas. Pero en materia táctica es evidente que existen discrepancias significativas y que la principal de tales discrepancias es el estilo que en el delicado punto de las relaciones con los isleños introdujo el anterior canciller.

Aparte de la cuestión de si lo que hizo la gestión anterior fue no sólo tener en cuenta la existencia de la población malvinense sino esfumar el carácter de negociación puramente bilateral entre Buenos Aires y Londres en la disputa sobre soberanía, es claro que Rodríguez Giavarini no está dispuesto a continuar con la política de "gestos" intentada por Di Tella. El actual ministro ha llegado al extremo de no estrechar la mano de los delegados isleños cuando los encontró en las Naciones Unidas. Ese gesto de signo tan opuesto (y no necesariamente elogiable) a las tampoco necesariamente elogiables iniciativas de su antecesor quiere decir que el nuevo gobierno se propone cambiar algunas cosas, aunque todavía quede por verse si se piensa en una política nueva.

Discrepancias públicas

Puede uno preguntarse entonces si el ingeniero Di Tella debió dar este paso, al que además acompañó de algunas manifestaciones, reiteradas, que no podían ser bien recibidas por su sucesor. Las respuestas de éste, que no se esforzó demasiado en ahorrar palabras, han puesto de manifiesto ante todos los que se interesan por el tema que no hay mayores perspectivas para una política consensuada en torno del tema de las islas. Y si bien es cierto que hoy la opinión pública presta poca atención a nuestros intereses en el Atlántico Sur en general y en las islas en especial, no cabe la menor duda de que las Malvinas constituyen un tema permanente y de la mayor importancia como para que no se lo trate cuidadosamente.

No es bueno que se ponga en evidencia una discrepancia pública en torno de un asunto en el que la posición negociadora del país es ya suficientemente débil. Los comentarios que han intercambiado recíprocamente Di Tella y Rodríguez Giavarini son, para decirlo cortésmente, inconvenientes. En cuanto al viaje, si Di Tella lo consideraba un hecho político y no simplemente una boutade , cabe observar que en estos momentos la responsabilidad en la conducción del tema Malvinas no es más suya sino de su sucesor. La visita fue, en efecto, un hecho político y hasta puede sospecharse que su saldo no es malo.

Pero en el futuro es de desear que se deje a los actuales responsables ejercer sus responsabilidades.

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