Entre el recuerdo y la memoria

Por Abraham Skorka Para LA NACION
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18 de julio de 2003  

Amalec fue, según el relato bíblico, el pueblo que atacó a los hebreos mientras éstos forjaban su senda de libertad, después de haber sido liberados por Dios de la esclavitud egipcia.

Mediante una batalla, el pueblo guiado por Dios aventó circunstancialmente el peligro amalequita.

Cuarenta años después de aquel acontecimiento Dios le prescribe al pueblo ( Deuteronomio 25:17-19) que tenga por siempre memoria de aquel nefasto ataque y no olvide la misión de enfrentar a Amalek a fin de que no pueda volver a concretar sus ominosos designios. Dos prescripciones enfatiza la Biblia en el citado párrafo, concernientes a este tema: tener memoria y no olvidar.

La Biblia testimonia que el precepto de no olvidar se concretaría mediante una campaña militar en los tiempos del rey Saúl, mientras que el primer precepto -tener memoria- requiere un análisis ulterior para su comprensión, pues hace al ámbito que conforma la conciencia histórica de un pueblo.

Tener memoria es el mandato divino prescrito al pueblo para que éste pueda alcanzar su madurez. La repetición viciosa de los errores debido al desconocimiento o a la carencia de una lectura analítica de la experiencia vivida en el pasado, tanto en el ámbito individual como en el colectivo, es el reflejo de la mediocridad que obstaculiza el desarrollo espiritual y ético de la sociedad.

En la última gran lección que da Moisés a su pueblo, lo exhorta con vehemencia: "Recuerda los días de antaño, comprended los años de generación y generación" ( Deuteronomio 32:7). En la memoria, que conlleva comprensión, análisis y compromiso, se halla el numen de la redención.

Hace nueve años, mentes y manos ignominiosas planearon y ejecutaron la voladura del edificio que nucleaba a las instituciones centrales de la comunidad judía del país. Amalek había hecho una nueva y devastadora aparición sobre la faz de la tierra, esta vez en nuestro medio. Gente que en pos de la obtención de una fuente de trabajo se encontraba en la institución, obreros en medio de sus tareas, niños que concurrían a la escuela, meros transeúntes que pasaban por el lugar en camino a sus quehaceres fueron arrancados de la vida por decreto y ejecución de aquellos que aborrecen la vida junto a toda manifestación de respeto por el prójimo. Es un imperativo para el pueblo y la Nación Argentina forjar una memoria y un recuerdo ante este crimen que afectó lo más íntimo y preciado de su ser.

El recuerdo, que corresponde al "no olvidarás" bíblico mencionado, debe manifestarse mediante la dilucidación total del caso en todos sus aspectos y la aplicación plena de la justicia.

La memoria, por otra parte, se forjará mediante la sincera reflexión que descubre las miserias que se hallan en nuestro medio y que lo acondicionaron para que la infamia se instalase entre nosotros.

Chivos emisarios

Por no haberse ejercitado la memoria, aparecieron entre nosotros aquellos que abogaban por la violencia para resolver los conflictos sociales, la corrupción de aquellos que sustentaban el poder, la búsqueda de chivos emisarios que justificasen los males que afectaban al pueblo. ƒstas fueron algunas de las causas que engendraron a aquellos que les abrieron las puertas a los asesinos.

La sociedad que perdió sus valores morales, en la que el trabajo dejó de ser sinónimo de dignidad, la educación dejó su lugar al exitismo y la solidaridad y compromiso social al egoísmo, tiene por desafío plasmar una nueva realidad sustentada en la memoria de aquel acontecimiento paradigmático y de todo lo funesto acaecido en su medio en las últimas décadas.

La falta de memoria no es sólo un desafío para la sociedad argentina: lo es también para todos aquellos pueblos en los que el antisemitismo de su pasado, generador de crímenes y violaciones, vuelve a aflorar en forma de furibundo antisionismo -es decir, la negación al pueblo judío del derecho a vivir libremente en su solar histórico, en paz con todos sus vecinos-, callando o justificando cínicamente atentados y múltiples formas de violencia.

Muchos pueblos y naciones están sufriendo las más variadas formas de discriminación y denigración, mientras el pretendido "mundo culto" sigue callando en su indiferencia. Como si de la Shoá y demás aberraciones que plagan la historia del siglo XX en especial y anteriores en general no hubiesen aprendido nada.

La falta de memoria también es un desafío para aquellos que pretenden globalizar la humanidad en derredor de lo material, igual que se pretendió hacerlo antaño en torno a una torre en la tierra de Babel, anteponiendo el poder y la ambición al bienestar humano, sumiendo a pueblos y naciones en miseria y marginalidad.

La falta de memoria se manifiesta patéticamente en aquellos que sólo se opusieron a la guerra porque afectaba sus mezquinos intereses materiales, mientras múltiples conflictos con miles de víctimas continúan desarrollándose diariamente y no se emite clamor ni crítica alguna.

La memoria, invocada por el maestro hebreo por excelencia, Moisés, para forjar una sociedad mejor, está todavía demasiado lejos de ser patrimonio espiritual de toda la humanidad. El análisis sincero que sustenta la memoria de lo acaecido apenas si se ha iniciado.

Al develarse el drama de la Shoá en toda su magnitud, el poeta Abraham Shlonsky (1900-1973), que se había formado en la tradición de los profetas y místicos hebreos, escribió, expresando el sentir de todo un pueblo: "Con la anuencia de mis ojos que vieron la aniquilación / cargando con lamentos mi doliente corazón, / con la anuencia de mi misericordia que me enseñó a perdonar / hasta que llegaron días de horror imperdonable, / he prometido: recordarlo todo, / recordar y nada olvidar".

Y finaliza diciendo: "Prometo que no en vano ha de pasar la noche de la ira, / prometo que al amanecer no he de volver a mi error / tampoco habiendo aprendido esta vez".

Abraham Skorka es rector del Seminario Rabínico Latinoamericano Marshall T. Meyer y rabino de la Comunidad Benei Tikva.

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