Entre Köhler, los piqueteros y el crimen

Joaquín Morales Solá
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30 de junio de 2002  

LA historia parece reclamar un rápido calendario electoral. Comprimido por la desconfianza de los centros de poder del mundo y por la resurrección de la protesta callejera aquí, Duhalde es, cada vez más, un presidente débil y exhausto.

Pasó el jueves infiel reclamándole comprensión al jefe del FMI, Horst Köhler, que se negaba siquiera a concederle una audiencia a su ministro de Economía, y pidiendo disculpas a los argentinos porque su vieja policía había asesinado a quemarropa, otra vez, a un joven rebelde. ¿Cuánto tiempo más podrá ejercer el poder haciendo tan incómoda gimnasia?

Roberto Lavagna estaba terminado el jueves. Washington y el FMI habían decidido enviarlo de vuelta a la Argentina con las manos vacías. Dos hechos se produjeron en la tarde de ese día que cambiaron el inhóspito mundo. El primero de ellos fue una conversación clara y explícita entre Duhalde y Köhler; éste bramaba por la indolencia argentina para resolver la parálisis del sistema financiero. Usted me está corriendo la raya de nuevo, le dijo Duhalde al jefe del FMI. A Köhler lo fastidió esa imagen, pero la conversación se hizo más franca.

Hablemos entre usted y yo, le suplicó Duhalde. Si han decidido decirnos que no, dígamelo ya, continuó. Pero le pido que reflexione: no tiremos a la basura todo lo que hicimos hasta ahora. Negociemos los dos y yo me comprometo a cumplir con lo que acordemos, le rogó Duhalde. El pétreo alemán comenzó a enternecerse hasta que le abrió la puerta a Lavagna.

El otro hecho fue la reunión del ministro argentino y del embajador Diego Guelar con el extrovertido secretario del Tesoro, Paul O´Neill, que comenzó el encuentro advirtiendo que la Argentina padecía de una demencia absoluta si pensaba que le girarían 18.000 millones de dólares. Pero cambió bruscamente cuando le informaron que se trataba sólo de una postergación de pagos por ese monto. ¿Ustedes no quieren llevarse plata ahora? , insistió. No, le respondieron los argentinos. Entonces la solución es posible, se tranquilizó. O´Neill influyó luego, ante Köhler, para que el FMI no condenara al país al default con los organismos internacionales.

Nos subimos al último vagón cuando el tren ya estaba en marcha y nosotros corríamos con la lengua afuera. Fue sólo eso. Y estamos en el último vagón. La descripción corresponde a una alta fuente gubernamental argentina. En rigor, el FMI sólo evitó el default de la Argentina con los organismos y pasó para septiembre la posibilidad de un acuerdo que podría destrabar los préstamos por 4000 millones de dólares del BID y del Banco Mundial. Los tiempos se siguen estirando.

Sólo en septiembre, en efecto, podría estar el plan monetario y de reestructuración del sistema bancario que se pondrá en manos de una comisión de expertos internacionales. Esta comisión (propuesta por el FMI) tiene dos lecturas. Si realmente aceptaran integrarla Paul Volker y Michel Camdessus, el prestigio de éstos arropará de alguna manera a la Argentina intensamente aislada.

Otra interpretación evidente es que el gobierno de Duhalde -y el propio FMI- se han manifestado intelectualmente impotentes para elaborar un programa serio para el colapso argentino.

Lavagna llegó a los Estados Unidos notificando a todo el mundo de que era víctima de un complot (que incluía al FMI, a bancos extranjeros, a sectores políticos locales e internacionales y a franjas del gobierno de Duhalde) para aupar a Mario Blejer en su cargo. Las conspiraciones latinas son un argumento que el sentido práctico de los norteamericanos suele detestar.

Lavagna se quedó sin pretextos al día siguiente. ¿Qué conspiración valía la pena del ministro si el FMI se flexibilizó, si Washington hizo su aporte, si Duhalde lo protegió ante Köhler y si Blejer andaba por Croacia dando rienda suelta a sus pasatiempos intelectuales?

El éxito de Lavagna es módico. Pero el FMI hizo una alusión directa a él cuando, por primera vez, reclamó la independencia del Banco Central, en la que el ministro no cree.

Köhler y Krueger no deberían preocuparse: el próximo presidente del Central, Aldo Pignanelli, ha dicho: "Seré más papista que el Papa, precisamente porque vengo del peronismo". Pignanelli, que cuenta a diestra y siniestra su cariño y su respeto por Blejer, se vio obligado a librar un pobre combate con Lavagna el primer día de su designación. El ministro decidió por las suyas disolver la oficina de prensa del Banco Central y notificó a su jefa de que sería trasladada al Ministerio de Economía. Pignanelli deshizo todas las decisiones de Lavagna sin siquiera notificarlo a éste. Duhalde estuvo de su lado.

La calle se está moviendo de nuevo y el Presidente oscila entre la visión conspirativa y la comprensión. Desde hace quince días, distintos sectores de la sociedad han vuelto a juntar multitudes significativas, que van desde la marcha que convocó el humorista Nito Artaza hasta las tres últimas manifestaciones piqueteras.

El asesinato de dos jóvenes piqueteros le sacó a Duhalde la única condecoración de la que se ufanaba: su gobierno discurría, decía, sin un solo muerto. Es cierto que un sector del movimiento piquetero tiene una ideología y una acción claramente revolucionarias y que su manera de accionar es violenta. ¿Es ésa una razón para que la policía decida sobre la vida de las personas?

No está en duda la decisión política. Tanto el gobernador Felipe Solá como el secretario nacional de Seguridad, Juan José Alvarez, dieron órdenes de reprimir sin sangre. Pero la Policía Federal cumplió con la indicación de su jefe (su gestión preventiva al día siguiente fue ejemplar) y la policía bonaerense se columpió entre la falta de profesionalismo (dejarse cercar por los piqueteros) y el crimen.

Duhalde sabe que el precio de esas muertes lo pagará él. Su condición de caudillo bonaerense, su eterno conflicto con una policía que nunca pudo controlar ni cambiar y el hecho de que la manifestación iba contra el propio presidente, lo ponen a él en el centro de la crítica mucho más que al gobernador bonaerense. Comprobó, también, que el conflicto social es un equilibrio demasiado inestable, que estalla ante el primer estrépito.

Un cronograma electoral podría poner la expectativa social en el futuro. Y si el FMI aceptara prorrogar todos los vencimientos de este año y del próximo, tampoco podría Duhalde entregar el gobierno en diciembre de 2003 para que la nueva administración se tope con monumentales vencimientos un mes más tarde. Lo nuevo debe contar con varios meses para negociar un programa global con los acreedores.

Duhalde tiene dos objetivos electorales: que gane el peronismo y que no vuelva Carlos Menem. La única figura que podría cumplir con ambos propósitos es Carlos Retemann. Duhalde no lanza el calendario electoral porque el gobernador de Santa Fe no decidió aún ser candidato presidencial. Pero éste no se decidirá mientras no se negocie seriamente un cronograma ni se fijen claras reglas del juego.

Reutemann suele decir (en una clara alusión a Menem) que los que, como él, tienen cargos ejecutivos, carecen de márgenes para distraerse en largas campañas electorales. Le teme al juego sucio de una contienda interminable, sin códigos ni normas. Su peor fantasma es el de perder la paz social en su provincia.

Sólo hay silencio entre los dos protagonistas. Duhalde no le habló nunca a Reutemann de sus proyectos. La política se ahoga en la afonía.

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