Entre la frustración y la esperanza

Por Manuel Mora y Araujo Para LA NACION
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28 de junio de 2002  

El mismo día en que se conoció la encuesta que revela que Carlos Menem está políticamente vivo y goza de buena salud, también fue tapa de los diarios Raúl Alfonsín dando un paso al costado para facilitar a su partido la posibilidad de un lugar político menos alicaído.

La posibilidad de que el retorno de Menem sea la salida del pantano en el que el país siente que se hunde lenta, pero, inexorablemente, a muchos los llena de escozor: de hecho, Menem es uno de los políticos que recogen más valoraciones negativas. Sin embargo, también representa hoy para algunos compatriotas una opción posible.

Cuando las opciones políticas son analizadas a través del prisma de la opinión pública, generalmente los matices se diluyen y las grandes líneas resaltan. Los mapas de la opinión pública son cartografía en gran escala: en ellos no se vislumbran los pueblos, los senderos y los arroyos; sólo aparecen las ciudades importantes, las rutas troncales y los grandes ríos.

La Argentina de hoy busca, desorientada, un camino nuevo, pero cada día siente más acuciantemente la necesidad de salir del pantano de esta devaluación que ha venido con default , corralito, más desempleo y parálisis económica. La sociedad cuestiona la propuesta de un Estado grande e ineficiente, que se propone protector de los débiles pero no alcanza a serlo, y que viene en conjunción con una corporación política poderosa y privilegiada y con empresas incompetentes. Bien le vale a esa oferta el nombre de modelo "corporativo".

Uno de los caminos alternativos está representado por las propuestas de un modelo estatista con economía cerrada, esto es, aislada de los mercados internacionales de capitales. Las privatizaciones y la banca privada parecen ser sus blancos predilectos. El eje central de ese modelo es la meta redistributiva: un país pobre donde lo poco que hay se reparta mejor, y donde el manejo de lo público esté imbuido de más honestidad y transparencia. Es el modelo del "Estado bueno" (benefactor y honesto). Lo encarnan Elisa Carrió, Alicia Castro y los sindicatos estatales.

Otro camino es el retorno a la estabilidad conocida, la de la convertibilidad y el dólar. Lo encarna Menem, a falta de otros líderes con vocación de poder. Propone inversiones extranjeras, un país integrado al mundo globalizado, moneda fuerte. Es el modelo del "poder económico". Los partidarios del "Estado bueno" plantean que la corrupción -una de las pesadillas de la Argentina, tanto para el mundo externo como para los propios argentinos- es inherente al capitalismo internacional y, por lo tanto, a este modelo. La mayoría de la población no lo cree, ve corrupción en todas partes, y una buena parte de la ciudadanía, antes de seguir hundiéndose en el pantano, está revalorizando la opción de la estabilidad con poder económico.

Hay también una parte de la sociedad que está anhelando otro camino, pero éste no ha sido aún bien definido. Más que camino hay hoy un gran espacio pleno de posibilidades latentes. La sociedad colocó allí a dos dirigentes que tal vez quisieran estar en otra parte: Carlos Reutemann, más cerca del modelo de la estabilidad y la inserción internacional, y Luis Zamora, más cerca del modelo igualitarista. La sociedad ve con interés a los líderes de la "nueva política" -Patricia Bullrich, Ricardo López Murphy, Mauricio Macri-, que parecen estar construyendo opciones nuevas, pero también ve con alguna perplejidad su disociación; y la vincula con el tradicional "faccionalismo" del centro político argentino.

La conclusión es que la Argentina parece querer un camino nuevo y no lo encuentra. Lo único que sabe hoy es que no quiere el del modelo "corporativo" de la devaluación; por lo demás, la sociedad está dividida en su desconcierto. Vale la pena entonces preguntarse por las fortalezas y debilidades de cada una de las propuestas alternativas que se perfilan como las opciones electorales cercanas.

Lo que quedó atrás

El modelo estatista fue un ingrediente de lo que la Argentina dejó atrás durante la segunda mitad del siglo XX, y no ofrece resultados atractivos prácticamente en ningún lugar del mundo. Suena ajeno al mundo moderno. Ahora bien, un sector grande de nuestra sociedad no está preparado para renunciar a su aspiración de formar parte de ese mundo moderno. Su meta no es más equidad en la pobreza. Por eso, la viabilidad de este modelo es dudosa.

El modelo de la estabilidad con inversión extranjera no terminó bien su ciclo. Generó un piso de desempleo del 12 al 15 por ciento.

Ese efecto nefasto fue consecuencia del ahogo a una enorme masa de pequeñas y medianas empresas sobre las cuales reposa gran parte de la capacidad productiva nacional. Ese fue su talón de Aquiles; la imagen pública es que el gobierno de Menem, en sus dos presidencias, no fue capaz de avanzar sobre las reformas laborales y sobre el nudo gordiano de las altas tasas de interés que castigan a un país inserto en el mundo cuya prima de riesgo es muy alta. Carga, además, con el pesado lastre de la imagen de corrupción y su actitud de negación de este problema.

Cuando, en 1999, la Argentina votó a Fernando de la Rúa y Carlos Alvarez, estaba buscando un camino para superar esas limitaciones. Por eso De la Rúa pudo basar su campaña electoral en el eslogan "un peso igual a un dólar" y a la vez en despertar fuertes esperanzas. Los partidos de la Alianza actuaron como si se hubiera votado un retorno a la Argentina anterior a la convertibilidad, pero lo que se votó fue una posibilidad superadora, que fracasó. No sorprende que el default y la devaluación que siguieron al fracaso de la Alianza, a los ojos de muchos requieran ahora retrotraer la situación a 1998 y, a los ojos de otros, a 1988. Los argentinos que anhelan un futuro sin retorno al pasado están esperando las propuestas que hagan posible la salida del pantano por un camino directo hacia adelante.

El retorno de Menem y la salida de Alfonsín son símbolos fuertes, pero sus señales hablan más de la crisis presente que de las expectativas profundas que hoy mueven a la sociedad argentina. Esas expectativas están llamando a nuevos liderazgos y a nuevas opciones políticas.

Mientras la crisis se resuelve, están fermentando en la sociedad las semillas de lo nuevo. Tal vez habrá que esperar a salir de la crisis para verlas germinar.

El autor es sociólogo. Titular de Mora y Araujo y Asociados.

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