Entre ladrones

Mario Vargas Llosa
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23 de noviembre de 2002  

LONDRES

Hace dos domingos, en el aeropuerto de Barajas, mientras yo reclamaba unos pasajes en la ventanilla de una compañía aérea, un ladrón se robó mi computadora. La extrajo de en medio de dos maletas y de debajo de un impermeable, donde la había ocultado mi mujer en previsión de un posible latrocinio. Lo hizo de manera tan veloz y eficiente que mi primera reacción fue de respeto, casi de admiración, por la destreza y audacia de ese caco. La segunda, la sensación de haber sido admitido por fin en un vasto, democrático club: casi todos mis amigos han sido desvalijados en Barajas y yo tenía ya la sensación de estar disfrutando de un inmerecido privilegio. La tercera fue caer en ese estado de desmoralización y orfandad -sentirse ultrajado en lo más íntimo, objeto de una burla perversa y un poco estúpido- en que quedamos cada vez que somos despojados de algo que nos pertenece.

Es algo a lo que conviene irse acostumbrado, porque la industria del robo, la más próspera y extendida en todo el ancho globo, crece y seguirá creciendo de manera irresistible en el Primero y en el Tercer Mundo, en los barrios más pobres y en los más ricos, como la amenaza más poderosa y efectiva contra la propiedad privada, desde que los socialistas utópicos dictaminaron que aquélla, por el solo hecho de existir, constituía un atraco, un delito contra la justicia. Pues una de las más deliciosas paradojas de nuestro tiempo es que no son los pobres ni los obreros ni los revolucionarios profesionales los que están dando la batalla más mortífera contra la propiedad privada, sino los ladrones, una internacional sin ideales, puramente pragmática, que cada día gana más adeptos y perpetra más exitosas operaciones de demolición y desestabilización de lo que en algún momento de ingenuidad se llegó a creer era la sacrosanta institución de la democracia, base del progreso y sustento de la libertad.

Aporto a favor de esta tesis pesimista mi experiencia de bípedo atracado por invisibles, anónimos e inmejorables profesionales del robo en casi todos los países donde he vivido y en algunos por los que sólo he pasado. En Barcelona, hace unos diez años, un ladrón se las arregló para deslizarse en nuestro cuarto de hotel y abrir nuestras dos maletas, elegir en la de mi mujer su mejor vestido y un puñado de collares y llevárselos, en el brevísimo tiempo en que tardamos en bajar a un quiosco que está junto al hotel a comprar un periódico. El asaltante, que desdeñó llevarse nada mío, tampoco se llevó -por ignorancia, desprecio hacia lo primitivo o caridad- un collar prehispánico que era lo más valioso de nuestro equipaje. Cuando fuimos a denunciar el robo a la policía, el amable comisario nos dijo que un año atrás los García Márquez habían sido víctimas de una fechoría parecida, en otro hotel de Barcelona. ¡Un caco especializado en literatura latinoamericana, qué duda cabe!

De todos los robos que he sufrido, el que menos me molestó -incluso, diré que hasta me quitó un peso de encima- ocurrió en Lima, en 1981, a poco de llegar de los Estados Unidos. Allí había comprado una radio, empotrada en un automóvil japonés, que me vendió un vendedor con una capacidad de persuasión literalmente irresistible. Me vendió el auto en menos de un minuto y para infligirme la radio se demoró cerca de media hora. No era propiamente una radio: era un milagro, un prodigio que conectaba al oyente con todas las estaciones de la Tierra, en todas las frecuencias y con una calidad de audición que, sobre todo en las piezas clásicas, hacía llorar a los tímpanos de agradecimiento y emoción.

Los mejores del mundo

Ahora bien: nunca conseguí que saliera de esa radio portentosa y carísima ni el simulacro de una voz. Sólo emitía unas gárgaras radiofónicas de repugnante monotonía, ofensivas y burlonas. Aquella noche, en el centro de Lima, cuando, al salir de una representación teatral, me encontré con la puerta de mi auto forzada y el tablero desfondado, con un hueco lleno de alambres inútiles donde había estado la maldita radio, respiré aliviado, secretamente agradecido al atracador por haberme liberado de ese humillante objeto, el símbolo mismo de mi torpeza en materia tecnológica y en el toma y daca consumista.

Tengo, también, alguna historia bonita y con final feliz en materia de robos. En 1977 pasé un año en Cambridge y, aunque la universidad y el lugar me gustaban mucho, me producían a veces cierta claustrofobia, por lo que, vez que podía, me escapaba a Londres. Es lo que hicimos, aquel fin de semana, con un viejo amigo, el pintor Fernando de Szyszlo, que había venido a pasar unos días con nosotros. Tomamos por teléfono una pensión, Durley House, que alguien nos recomendó y allí partimos. Entrando en Londres, paramos en el Museo Británico, donde estuvimos un par de horas. Al arrancar el auto, que había dejado estacionado en un parking , oímos un ruido sospechoso. Habían abierto la maletera y se habían llevado nuestras tres maletas. Szyszlo tenía en la suya todo su equipaje incluida una cámara fotográfica, sus pasajes y todas sus tarjetas de crédito, pues de Londres regresaría a Lima, y nosotros, en la nuestra, los pasaportes de toda la familia, que llevábamos al consulado peruano para renovarlos. La sensación de catástrofe nos dejó aturdidos y mudos.

El desvaído policía de Bloomsbury Square al que dimos cuenta del robo me respondió, cuando le pregunté si creía que había alguna posibilidad de recuperar lo perdido: "A veces ocurren milagros". Pasamos aquella tarde en estado de depresión comatosa, anulando tarjetas de crédito, dando cuenta de la pérdida de los pasaportes (el caco nos había convertido en parias) y tratando de adaptarnos a la nueva situación. A eso de las tres de la madrugada trinó el teléfono en mi velador. Levanté el auricular. Una voz remota preguntó si quien respondía la llamada era "Míster Lousa". Deduje que aquélla era una versión anglófila de mi apellido materno y dije que sí. El misterioso interlocutor me preguntó si había perdido unas maletas. Yo rugí, gemí, imploré que sí: tres, esta tarde, en el estacionamiento del Museo Británico. ¿Con quién tenía el gusto? Con el comisario de policía de un suburbio de Reading. Un abogado residente en aquella localidad, al llegar a su casa aquella noche, luego de su jornada de trabajo londinense, abrió la maletera de su coche y se llevó la mayúscula sorpresa: alguien había metido allí tres maletas que no eran suyas. De inmediato las llevó a la policía.

El viaje de Londres a Reading, en un amanecer con lluvia, nieve y neblina, estuvo lleno de patinazos y de euforia, entrecortada por momentos de incertidumbre y angustia: ¿con qué nos encontraríamos al llegar a aquella comisaría? Nos encontramos con la prueba inequívoca de que nuestro ladrón no era sólo un profesional eximio sino también un hombre considerado y exquisito. En lo que parece ser ya una constante en mi vida, poco menos que un destino, desdeñó totalmente mis pertenencias y a mí no me birló ni un pañuelo. De mi mujer se dignó escoger un bolso y un conjunto de cuero pero despreció el resto. A Szyszlo, que es un hombre elegante, lo privilegió, apoderándose de un buen número de trajes, corbatas y camisas, además de su cámara. No cometió la vulgaridad de quedarse con las tarjetas de crédito ni con los pasaportes, como hacen los cacos subdesarrollados. Lo más notable es que, una vez hecha su rigurosa selección, el fino atracador dobló la ropa y la acomodó bien, antes de ir a depositar las maletas en el coche de aquel vecino de Reading que nos las devolvió.

¿Cómo me había encontrado el comisario en aquella pensión, donde nosotros no habíamos estado jamás antes de ese día, en una ciudad de doce millones de habitantes? Se lo pregunté y, algo incómodo, me explicó que no había tenido más remedio que hurgar mis chaquetas y pantalones, a ver si en sus bolsillos encontraba alguna pista sobre el paradero de los dueños de aquellas maletas. Y, en efecto, en un bolsillo encontró una tarjetita con el nombre y la dirección del Durley House. Desde entonces, mi admiración por los bobbies británicos es ilimitada y no tengo el menor empacho en proclamar a gritos, a quien quiera escucharme, que la policía inglesa es la mejor del mundo.

Pero eso no es obstáculo para que los ladrones en Gran Bretaña sean, también, los mejores del mundo. Dos veces se han metido en mi departamento y las dos, ay, me han humillado desechando mis trajes, zapatos, suéteres y camisas como unas birrias indignas de ser robadas por un caco inglés que se respete. Han sido mucho más galantes con mi mujer, cuyo vestuario han aligerado de abrigos, vestidos, blusas, bolsos y otras menudencias. Nunca me han robado un libro, felizmente. Pero sí un viejo automóvil al que yo le tenía el cariño que se tiene a un perro de la familia, y que una de mis nueras estacionó en Chelsea junto a la casa de Donatella Versace. Cuando fuimos a buscarlo, había un ominoso vacío en su lugar. Se inició entonces un largo proceso para tratar de recuperarlo o cobrar el seguro, con visitas a la comisaría e interrogatorios interminables de un simpático coronel que, luego de retirarse del Ejército, trabajaba para nuestra compañía de seguros, tratando de establecer si quienes reclamaban reparaciones por robos o pérdidas eran de verdad víctimas o unos estafadores. Sólo a la tercera visita, el simpático coronel de atusados bigotes decretó que éramos clientes honrados.

El precio de la libertad

Pasaron varios meses, al menos seis. Un día sonó el teléfono y otra voz dificultosa inquirió por "Míster Lousa". Me preguntó si un coche de mi pertenencia había sido robado. Exclamé, grité, rogué que sí. ¿Había aparecido, pues? Me respondió un extraño silencio con carrasperas que, por fin, murmuró, extrañamente: "En cierto modo, sí". Y, luego de una larga pausa, añadió esta pregunta que me pareció incomprensible o imbécil: "¿Le gustaría verlo?". "Naturalmente que me gustaría verlo. Y también recuperarlo, señor comisario." Otra pausa inexplicable. Y, por fin, esta frase terrible: "Bien, pero le advierto que podría ser doloroso".

En efecto, lo fue. Mi coche había sido robado por una banda de ladrones turcos e irlandeses, especializados en autos alemanes, que exportaban a Rusia y países de Europa Central. La policía había descubierto el depósito donde los reunían y maquillaban antes de sacarlos al extranjero. Mi auto, por viejo y mal tenido, no mereció este tratamiento. Fue cortado en pedazos, desventrado y masacrado, destinado a proveedor de repuestos.

Cuando fuimos a identificarlo, en un recinto policial de las afueras de Londres, tuvimos ganas de llorar, como había supuesto el sensible comisario. Era un montón de piezas recortadas, abolladas, infamemente mutiladas. Sólo tuvimos la seguridad de que era el nuestro cuando la llave que yo conservaba hizo funcionar el seguro en uno de esos miembros desgajados donde se divisaba la cerradura. La experiencia fue traumática y aleccionadora: no he vuelto ni volveré a tener un auto en Londres y desde entonces la vida me parece mejor.

Podría seguir contando muchas otras historias de esta índole, pero me parece que con las anteriores basta y sobra para lo que quería apuntar. El robo ya no es, si es que lo fue alguna vez en la historia, un accidente, una excepcionalidad, un hecho inusitado en la vida de los contemporáneos. No. Es una experiencia integrada a la vida de todo el mundo, a la de algunos más que a la de otros, desde luego, pero nadie está a salvo o exonerado de esa realidad que ha pasado a formar parte de la experiencia general, como ir al cine o salir de vacaciones o romperse el alma trabajando por no morirse de hambre.

El robo es, por desgracia, una industria que prospera más fácilmente en las sociedades abiertas que bajo los regímenes autoritarios o totalitarios, porque en éstos la represión, la brutalidad de las sanciones, la vigilancia asfixiante de la intimidad hacen infinitamente más costosa y difícil la vida de los ladrones. Pero el precio que la sociedad paga por tener una mayor seguridad en lo que concierne a su patrimonio y vida cotidiana es tan alto -en falta de libertad, en arbitrariedades y en atropellos de toda índole, en indignidades cívicas y políticas- que nadie que sea mínimamente sensato y decente está dispuesto a pagarlo. La libertad siempre es preferible, aunque ella aproveche también, y cada vez más, a los ladrones.

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