Entre las conspiraciones y el boicot

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18 de mayo de 2003  

Nadie sabrá nunca qué pasó exactamente en ese día y medio, entre el miércoles y el jueves, en el que el país volvió a bailar en la estratosfera. En Buenos Aires, Néstor Kirchner se suponía cautivo de varias conspiraciones y desconocía si ya era presidente electo o si todavía era candidato. A La Rioja habían llegado Carlos Menem y una pequeña corte, convertidos en un cortejo fúnebre deambulante, sólo comparable con la larga travesía por España de la reina Juana junto a los restos de Felipe, su esposo muerto.

La primera conspiración posible que vio Kirchner era una que lo hubiera obligado a competir con Ricardo López Murphy, tras la renuncia de Menem. López Murphy desarmó el fantasma antes de que tomara forma: Tiene que asumir Kirchner, dijo. Kirchner se tranquilizó, pero no le gustó que el ex candidato hablara sólo de Menem y de Duhalde y se olvidara de él. Hubiera preferido que la relación, aun con el disenso predecible, comenzara entre ellos.

Una segunda conspiración no nació en Kirchner ni estuvo en su cabeza, pero dio vueltas en torno de él. Refería a un posible acuerdo entre Menem y Duhalde para obligarlo, a cambio de que el ex presidente se presentara al ballottage, a garantizar la estabilidad de la Corte Suprema de Justicia, del jefe de la SIDE, Miguel Angel Toma, y del presidente del Banco Central, Alfonso Prat-Gay.

Menem y Duhalde no hablaron nunca y ni siquiera hubo emisarios entre ellos luego del 27 de abril, por lo menos. Toma no será nunca el jefe de los servicios de inteligencia de Kirchner y Prat-Gay no necesita de ese acuerdo para su continuidad: tiene estabilidad institucional hasta septiembre de 2004 y ha logrado entablar una buena y silenciosa relación con Roberto Lavagna.

Kirchner se quedó al final con la tercera conspiración. Cuando hizo referencia a los bancos no se refería a todos los bancos, sino a una entidad bancaria -y a un grupo de bancos- de reciente creación, de supuestos capitales nacionales, a la que pescó trabajando de sol a sol en favor de Menem. Supone -y no es el único- que hay en ese conglomerado plata de la política de los últimos 20 años, en un viscoso entramado menemista-radical. Ya Lavagna había ninguneado a ese grupo: ¿Nacionales? ¿Por qué? ¿Acaso porque toman mate?, los aporreó, luego de rechazarles una propuesta regresiva.

El presidente electo sospechó que ese grupo, que incluye a varios bancos provinciales, estaba detrás de la huida de Menem con el solo propósito de deslegitimar al próximo presidente. Es cierto que Menem protagonizó un acto excepcional (el último también) de su vida política: dudó tres días entre fugarse o presentarse al ballottage. Viejos y cercanos colaboradores del ex presidente no lo reconocieron en ese péndulo interminable al hombre que se exhibió siempre con una enorme capacidad de decisión.

El atardecer de un caudillo personalista es casi siempre patético, veteado por la soledad. Menem fue también presa de la mezquindad de dos gobernadores que no querían ser arrastrados por una derrota humillante. Fue extorsionado al mismo tiempo para que entregara muy altas sumas de dinero si quería asegurar la presencia de los fiscales. Intereses políticos o económicos, todos insignificantes, pudieron más que cualquier noción sobre el valor de las instituciones. Menem secuestró a la democracia durante 36 horas.

El ex presidente se preguntó muchas veces, ya en el extravío de su noche política, por qué la sociedad argentina lo rechaza masivamente, por qué no recuerda sus años dorados, por qué lo condenó a un final indigno, por qué el pensamiento independiente del país le desconfió siempre. Acaba de responderse.

En los países serios (y sobre todo donde las reelecciones están limitadas) los ex presidentes son también instituciones. La Argentina carece ahora de ellas. Raúl Alfonsín ya no es un referente respetado de la política argentina. Fernando de la Rúa no pudo votar tranquilo entre los vecinos de su barrio. Menem se ha ido barruntando que no podrá caminar por las calles del país durante mucho tiempo.

Es extraño, pero sólo Eduardo Duhalde, el único de ellos que no fue elegido por el voto popular, parece caminar hacia la condición de compuesto ex presidente. Se va mejor que como llegó, cuando ascendió en medio del caos político, social y económico más dramático desde la restaurada democracia argentina.

Tras un año y medio en el poder, y cuando la batahola electoral terminó con la derrota de Menem, Duhalde parece convertirse en un presidente mucho más maduro. ¿Lo rodeará a Kirchner? ¿Lo presionará para meterle hombres y políticas en su gobierno? Yo ya me fui, soy parte del pasado. Pregúntenles a Ruckauf o a Felipe Solá si alguna vez les pedí, como gobernadores, algo inapropiado. Kirchner será el presidente con todo el poder y las facultades de un presidente. Sólo me tendrá a su lado si él quiere que lo ayude en algo, suelta en el acto.

El Presidente da pruebas de su posición: acaba de ofrecerle a Kirchner el veto de la ley que prorroga el plazo de la suspensión de las ejecuciones hipotecarias. Sabe que eso no cayó bien en el Fondo Monetario. Firmaré el veto antes de irme si es necesario, dice.

El acuerdo con el Fondo, que lo tuvo a maltraer durante un año, lo obsesiona. No quiere que Kirchner pase por la misma experiencia. La campaña ha terminado. Hay que recomponer la relación con los Estados Unidos y normalizar definitivamente el sistema bancario. Eso ayudará a renovar el acuerdo, dice entre íntimos con la seguridad del que ha estado sentado sobre el potro terco del poder durante muchos meses de delirio.

A buen entendedor, pocas palabras: todo lo que dijo o hizo en las últimas semanas respondió a la necesidad electoral de polarizar con Menem. Eso ha concluido y el desafío de ahora es la construcción del futuro.

Kirchner expresó un discurso poco feliz antes de que se oficializara la renuncia de Menem. Eligió la confrontación, cuando estaba en condiciones de ponerse a toda la sociedad argentina sobre los hombros frente a la actitud facciosa y egoísta de su competidor.

Sólo necesitaba decir que era, desde ese momento, el presidente de todos los argentinos. La opinión social ya lo había legitimado. La obra hubiera terminado, perfecta, si hubiese contado con la legitimidad que marca la Constitución. No la tuvo y no fue culpa suya; Menem se la negó.

Pero debe reconocerse que el juego no había terminado todavía cuando pronunció aquel discurso; ni siquiera le pudo responder al presidente de Perú, Alejandro Toledo, que lo llamó en esas horas, cómo se definiría el proceso electoral argentino. No fue el primer discurso como presidente, sino el último discurso como candidato, dicen a su lado. Las declaraciones posteriores, reclamando humildad y serenidad a sus adversarios, lo volvieron a mostrar como un presidente electo.

Esa debilidad inicial que le asestó Menem podría convertirse en su propia fuerza. Lo rodearon en el acto casi todos los sectores de la vida nacional. Y una mayoría social que bordea la unanimidad está dispuesta a comprenderlo. En el arte de Kirchner radica ahora la posibilidad de amalgamar esa solidaridad.

Después de tantos tumbos institucionales, una conclusión parece compartida: el próximo presidente debe terminar su mandato en tiempo y forma. La democracia se ha mostrado fuerte en el corazón de los argentinos. Debe serlo también en la cabeza de los dirigentes. El futuro empieza ahí, ahora.

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