Es tiempo de reinsertarse en el mundo

Por Jorge Castro Para LA NACION
(0)
8 de mayo de 2003  

La reinserción internacional de la Argentina no es sólo una cuestión prioritaria de política exterior: tiene una importancia decisiva en materia de política interna. Sólo con las anclas sólidamente echadas en el sistema de poder mundial se pueden generar las alianzas políticas y económicas capaces de proporcionar al país la fuerza suficiente para salir de la crisis e impulsar con éxito las múltiples reformas estructurales pendientes.

El escenario internacional de la primera década del siglo XXI está signado por el tránsito de la globalización económica al surgimiento de una nueva sociedad mundial que, en su actual fase de aparición, presenta el sello del arrollador despliegue del poderío estadounidense. La Argentina sólo puede construir poder dentro de esta sociedad mundial. Porque no hay ninguna causa, por justa que sea, que tenga relevancia en términos políticos sin una estructura de poder capaz de sustentarla.

Tejer alianzas

Es imposible construir poder al margen de las tendencias básicas de una época histórica determinada. Por lo tanto, esta nueva estructura de poder tiene que generarse a través de una activa participación en el proceso de globalización económica, revolución tecnológica e integración política que caracteriza al mundo de hoy. Ese es el único camino históricamente viable para realizar lo que Juan Pablo II define como "globalización de la solidaridad".

En un mundo cada vez más integrado, el protagonismo internacional se torna una condición indispensable para la fortaleza de la Nación. Este protagonismo necesario no puede ser ya aislado y solitario. En esta nueva época económica y tecnológica, el poder tiene un carácter eminentemente asociativo. Se construye a través de redes. La reinserción del país en la sociedad mundial requiere entonces forjar un amplísimo tejido de alianzas que impulse la presencia de la Argentina en el escenario internacional.

En todos los casos, se trata de reivindicar, siempre y bajo cualquier circunstancia, un nacionalismo acendrado y cabal, que subraye que "la Argentina es el hogar", que afirme en todos los planos la identidad nacional, cultural y religiosa del pueblo argentino y que sepa combinar el sentido patriótico y la férrea defensa del interés nacional con una cultura de la asociación, como corresponde a la época.

Esto requiere reformular el Mercosur. Esta alianza regional constituyó el logro más importante de la política exterior argentina en el siglo XX. Fue la respuesta apropiada, en el plano regional, a los nuevos desafíos planteados por la globalización y el fin de la Guerra Fría. Nunca fue concebido como una muralla proteccionista contra los embates externos. Muy por el contrario, está fundado en la concepción de un "regionalismo abierto". Su objetivo central es edificar una plataforma común que mejore la capacidad de inserción de nuestros países en el sistema mundial.

Para superar su actual estado de parálisis, el Mercosur está obligado a avanzar hasta convertirse en una vasta alianza política regional. Dicha alianza tiene que adquirir una dimensión bioceánica. Debe incluir necesariamente a Chile, cuya posición geográfica representa para nuestros países la vía de acceso forzosa a los gigantescos mercados de consumo del Asia y el Pacífico, empezando por el de la República Popular China, ya que son los de mayor crecimiento de la economía mundial.

En este nuevo contexto, la Argentina y Brasil, junto a Uruguay, Paraguay y también Chile, tienen la necesidad impostergable de encarar un vasto plan de infraestructura común en materia de energía, transportes y comunicaciones. El bloque regional está también en condiciones de proyectarse internacionalmente como el mayor exportador mundial de alimentos. La perspectiva estratégica de un Mercosur agroalimentario -capaz de competir con cualquier otra potencia, incluso con los Estados Unidos- tiene que transformarse en un esfuerzo compartido, lo que exige una acción conjunta de asociación para penetrar con mayor fuerza en el mercado mundial.

En términos políticos, es indispensable forjar dentro del bloque regional, concebido como un nuevo polo de poder sudamericano, una concepción estratégica común, que permita establecer entendimientos orientados hacia la conformación del ALCA. Esto implica también, y fundamentalmente, la asunción de responsabilidades compartidas en las cuestiones vinculadas con la seguridad regional, hemisférica y global, en particular en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo. En política internacional, las responsabilidades que se abdican son poder que se pierde. Si los países del Mercosur no asumen su responsabilidad en esa materia en el orden regional, ese espacio quedará exclusivamente en manos de los Estados Unidos.

Una opción no ideológica

Esta reformulación política del Mercosur es un requisito estratégico fundamental para transformar a nuestros países en protagonistas activos en la búsqueda de nuevas formas de equilibrio dentro del actual sistema de poder de la sociedad mundial, capaces de contrapesar, en los hechos y no simplemente en la retórica, el avasallante predominio norteamericano, profundizado desde la finalización de la guerra de Irak.

Desde esta perspectiva, la negociación de un acuerdo entre los países del Mercosur y los Estados Unidos tiene que encararse a partir de una nítida identificación del interés nacional. Esta alternativa no supone de ninguna manera una opción de tipo ideológico. Chile, con un presidente socialista, Ricardo Lagos, fue el primer país sudamericano en avanzar hacia un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos.

La integración hemisférica tampoco constituye un camino opuesto al fortalecimiento de los lazos económicos con la Unión Europea. Todo lo contrario: México, el país latinoamericano más plenamente integrado a la economía norteamericana, a través del Nafta, y Chile mismo, paralelamente a su tratado bilateral con Estados Unidos, han suscripto sendos acuerdos de libre comercio con la Unión Europea.

En el caso particular de la Argentina, la negociación de un acuerdo estratégico con los Estados Unidos representa, además, una palanca imprescindible para crear las condiciones adecuadas para el fortalecimiento de la posición del país frente a los grandes actores económicos trasnacionales y dentro de la comunidad financiera internacional, en el momento inminente y crítico en que el nuevo gobierno constitucional tenga que encarar la insoslayable renegociación de la deuda externa, un requisito absolutamente indispensable para su reinserción en el concierto mundial.

Es necesario y urgente dejar definitivamente atrás esta Argentina internacionalmente mendicante, desdibujada y ausente de los últimos tres años para volver a construir, en las nuevas condiciones históricas, una Argentina fuertemente proyectada hacia afuera, un país orgulloso de sí mismo, con un mensaje propio que trasmitir en este mundo globalizado y que se dispone a hacerlo mediante una presencia activa en el escenario regional, continental y mundial.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.