Esa eterna búsqueda de Juvencia

Por Lawrence Whalley Para LA NACION
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5 de diciembre de 2001  

ABERDEEN, Escocia.- En su lucha contra el tiempo, muchos adultos llegan a negarse pequeñas gratificaciones, convencidos de que la moderación virtuosa asegura una vejez sana. Los nuevos reclutas en la guerra contra el envejecimiento reciben cierta formación básica con referencias diarias al mapa corporal, a fin de localizar los daños atribuidos al enemigo: un proceso único llamado envejecimiento. A la larga, hasta los reclutas más perspicaces admiten que están perdiendo la batalla. Resuena el lenguaje de la rendición. Los veteranos agotados por el combate hablan abiertamente de cosas que los adultos más jóvenes soslayan. En el ocaso de la vida, se teme el abandono. Todos sospechan que los dejarán porque nadie quiere a los viejos.

Si los ancianos se sienten indeseables, ¿por qué la ciencia biológica responde al desafío del envejecimiento? Los legos presumen que los objetivos justifican el esfuerzo. Expresan ideas vagas sobre la prevención del sufrimiento que causan las enfermedades relacionadas con la vejez. Escondida en lo más recóndito de esta presunción fácil hay otra idea bastante más penosa. Para muchos, incluidos algunos científicos, "relacionado con la edad" es sinónimo de "condicionado por la edad". Por extensión, el estudio correcto de enfermedades cuya prevalencia aumenta con la edad debe incluir el análisis minucioso de la biología del envejecimiento. De ser cierto esto, podría explicar de qué trata la investigación del envejecimiento biológico.

Al avanzar la investigación, la premisa de que las patologías "relacionadas con la edad" eran "condicionadas por la edad" no resistió el menor análisis. A medida que la ciencia fue despojando al envejecimiento de su envoltura detrítica, se perdió mucho, pero lo que quedó resultó crucial. Largamente vistos como características fundamentales del envejecimiento, los detritos de la vida pudieron atribuirse a la acumulación de desgastes en el transcurso del tiempo, a daños causados por episodios de enfermedad o a efectos más devastadores de la pobreza, el estrés y la desnutrición. Así como una casa castigada por las tormentas invernales sucumbirá ante una tempestad primaveral, las enfermedades recurrentes de un individuo le restan capacidad para resistir las adversidades de la senectud.

Avances rápidos

En la actualidad, el cuadro típico de vejez se atribuye a dos procesos, como mínimo. Uno es el agotamiento de los recursos disponibles para hacer frente a las enfermedades. El otro, vagamente denominado "envejecimiento intrínseco", atañe a las propiedades de las células que envejecen. No bien se aplicaron a estos procesos intrínsecos los instrumentos precisos de la biología molecular, se avanzó rápidamente.

El problema del envejecimiento ha cedido ante una mejor comprensión de qué les sucede, hoy día, a los ancianos. Son más numerosos, más sanos y, si padecen una enfermedad grave, ésta suele ser terminal. En el mundo desarrollado, es fácil hallar pruebas de cambios graduales, aunque portentosos, en el bienestar de los ancianos. En 1975, uno de cada siete norteamericanos de ochenta años adolecía de alguna discapacidad; en 1996, esa cifra se había reducido a la mitad. Los científicos clínicos empezaron a describir cantidades considerables y crecientes de ancianos "de elite" (más varones que mujeres) que no sufrían el deterioro previsto.

Los estudios de salud comunitaria demostraron que los viejos no sólo se estaban volviendo más sanos, sino que además sus experiencias de enfermedad quedaban "comprimidas" en los últimos doce o veinticuatro meses de vida. Era el resultado directo de mejores niveles de vida y medidas comunitarias tendientes a reducir las enfermedades vasculares y desalentar el tabaquismo. Beneficios como éstos requieren décadas de firme progreso en materia de desarrollo económico y medicina sanitaria. Nadie los destruirá adrede y, sin duda, seguirán mejorando y manteniendo, por años, la salud de los viejos.

La investigación en biología también cosechó éxitos. Se identificaron objetivos moleculares capaces de retardar o incluso detener la acción de ciertos componentes de procesos de envejecimiento intrínseco. Bastará un ejemplo. Los sistemas antioxidantes de control y reparación de daños ayudan a refrenar los efectos nocivos de la respiración sobre la célula. Al envejecer, dichos sistemas se resienten y sus fallas pueden desencadenar una cascada de daños que acabarán por matar la célula. Los químicos han sintetizado componentes capaces de imitar los efectos benéficos de algunas enzimas antioxidantes, pero con una potencia hasta cien veces mayor.

Mejoramiento de la salud

Los tests demostraron que este tipo de agente puede prolongar hasta un 50 por ciento la expectativa de vida de un animal de laboratorio. Desde luego, estos experimentos a corto plazo no establecen la inocuidad de tales agentes en las décadas de uso previsibles si demostraran su eficacia como drogas "antivejez". Más probablemente, primero se evaluarán como preventivos de complicaciones de lesiones agudas en tejidos (por ejemplo, después de un ataque cardíaco o cerebral). Sólo más tarde se experimentará su uso prolongado, quizá como accesorios de otras intervenciones en el estilo de vida.

El mejoramiento de la salud de los ancianos con una mayor "compresión" de las enfermedades parece ser un avance estable. La medicina se siente lo bastante segura para predecir la ampliación y consolidación de estos adelantos. Tal vez muy pronto introducirá agentes seguros y eficaces contra el envejecimiento. Pero, ¿a qué precio?

No cabe duda de que los ancianos disfrutarán de una vejez menos discapacitante. Muchos preferirán una corta enfermedad terminal a una partida más demorada. Pero si prolongamos la vida en veinte o incluso cuarenta años, ¿qué calidad tendrá? ¿Los ancianos se sentirán más deseados? ¿O creerán, como algunos, que todo esto apunta a sostener un culto a la juventud y la belleza para reducir los temores de los jóvenes y postergar la perspectiva de una vejez decrépita?

Mientras prevalezca en la opinión pública la idea fija de que los viejos son una carga, los geriatras deben exponer el cuadro de situación más amplio. Los viejos sanos quizá no quieran abandonar el trabajo productivo. La jubilación forzosa por razones de edad ya es indefendible. Más bien, deberíamos desarrollar oportunidades para contener a los ancianos como colaboradores esenciales de nuestra prosperidad. Así como la biología molecular impulsa la industria farmacéutica y el desarrollo de nuevos agentes, del mismo modo la industria informática ha revolucionado el lugar de trabajo. Debemos uncir a un mismo yugo estas dos fuerzas poderosas y ponerlas al servicio del bien común de los ancianos.

© Project Syndicate

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