Esa gran victoria que todavía me hace llorar

Carlos M. Reymundo Roberts
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20 de agosto de 2011  

Tengo que empezar pidiendo perdón. Como todo el mundo se imagina, vivo horas de gloria, las celebraciones por el resultado del domingo han sido largas y desenfrenadas, y no estoy seguro de que las ideas estén hoy en orden. No festejé más que Boudou, porque eso sería imposible (nunca fui bueno impostando, y no canto ni bailo como él), pero créanme que jamás pensé que la vida iba a regalarme tamaña sorpresa.

Obviamente no estoy sorprendido por el triunfo, sino por su extraordinaria dimensión. Como en los partidos que se ganan por goleada, pienso en las elecciones del 23 de octubre y me surge el estribillo: "Es un afano, suspendalás".

En realidad, que no las suspendan. Yo estoy con Fito Páez: me da asco esa mitad del país que no nos votó y quiero ir por más. En la Capital, siete de cada diez personas no votaron a la señora. En cambio, nos apoyaron en los campos de la pampa húmeda, cuyos dueños viven acá, en Buenos Aires. O les dejamos sembrar soja en las plazas y en Palermo, o trasladamos la Capital a Pergamino.

Me pregunto qué más podemos hacer. No sólo me lo pregunto yo. El martes fui convocado por gente de La Cámpora a unas oficinas en Puerto Madero justamente con esa consigna: cómo atraer al 50% que nos falta. No conocía a los otros convocados, pero todos me parecieron súper razonables. Articulados, de buen registro -y buenos relojes, hay que decirlo-, muy comprometidos. Nos explicaron que debíamos hacer un brainstorming , una tormenta de ideas, no importaba lo descabelladas que fueran.

El primero que habló propuso que les diéramos más espacio en los medios a Duhalde y a Alfonsín, con el argumento de que son el prototipo del anticandidato: cuando hablan, pierden votos. Y que repitiéramos una y otra vez el discurso de Binner de la madrugada del lunes, una pieza ideal para quienes tienen dificultades para conciliar el sueño.

El que habló en segundo lugar propuso algo que me pareció una locura, aunque me cuidé de no decirlo. "Estos últimos meses -dijo-, los grandes medios nos tiraron encima el caso Schoklender, el caso Zaffaroni, el ADN de los chicos Noble, las invasiones de tierras, escándalos de corrupción? Inventaron eso del "índice Congreso" de inflación, les hicieron creer a todos que cada vez hay más inseguridad, más narcotráfico y más villas, y que falta nafta; se burlaron de Aníbal y de Timerman diciendo que son unos impresentables. ¿Y cuál fue el resultado? Arrasamos. Hay dos posibilidades. O no les creyeron y entonces la gente nos victimizó y nos defendió con su voto, o a los argentinos no les importan nada todas esas lacras que nos atribuyen. Por lo tanto, mi propuesta es: muchachos, empecemos a batir el parche de nuevos escándalos, de peleas, invasiones de predios, afanos? Más Aníbal, más Schoklender, más Zaffaroni?".

Resumiendo: el primero había pedido más oposición. El segundo, más kirchnerismo.

El tercero también logró sorprendernos. "Entre nosotros?, reconozcamos que la viudez de la señora fue un activo importante. Lo digo en el sentido de que mostró toda su fortaleza. Mientras otras mujeres con un dolor así no pueden salir de sus casas, ella se repuso y siguió manejando el país, y lo bien que lo hizo. Yo veo su luto como una imagen: cuanto más negro parece todo, más brilla ella..."

-Ok, ok -lo interrumpieron-. ¿Cuál es tu propuesta?

-Ninguna. Me parecía importante que lo tuviéramos en cuenta.

El cuarto en hablar, padre de una chica de 3 años, comentó el disgusto de su mujer al no poder comprarle una Barbie a su hija para el Día del Niño, por estar cerradas las importaciones. "Me parece muy piantavotos -dijo-, y no creo que unas miles de muñecas nos vayan a desequilibrar la balanza comercial." Todos estuvimos de acuerdo, y ahí mismo alguien llamó a Moreno. Dos días después aparecieron las Barbie que estaban en los depósitos de la Aduana.

El quinto, en la misma línea, pidió incentivar aún más el consumo. "Yo creo que empezamos a ganar la batalla cultural cuando la gente pudo cambiar el auto y comprarse un 42 pulgadas."

El sexto expositor tuvo un enfoque audaz. "El mensaje de las urnas ha sido muy claro: los argentinos no quieren otra cosa que no sea Cristina. La aman a ella y desprecian a la oposición [aunque no tanto como la oposición se desprecia a sí misma, pensé yo]. Es el momento de plantear la reforma constitucional que permita la re-reelección. Como los peronistas sabemos bien que no hay Constitución que se resista a una Presidenta plebiscitada, pidamos una avalancha de votos. El eslogan podría ser: «Argentina, no te prives de Cristina»."

Finalmente hablé yo (no sé por qué siempre me dejan para el final). Conté mi historia de liberal convencido, de opositor furioso, de kirchnerista tardío. Conté que había puesto mi columna al servicio de la causa. Conté mis cartas a la señora, mis diferencias y reconciliación con Aníbal, mi admiración por Boudou. En eso estaba, recordando estos 10 meses que cambiaron mi vida para siempre, cuando me quebré. Sí, se me empañaron los ojos, se me cerró la garganta, y ya no pude hablar. No pude hacer propuesta alguna. Por suerte, uno de los que estaba allí, que me conoce, salió en mi rescate. "Tranquilos -dijo-. Es un hombre sensible, y hablar del país y de nuestra causa siempre lo hace llorar."

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