Esa guerra terminó

Por Rafael A. Bielsa Para LA NACION
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31 de agosto de 2001  

En 1966, Alain Resnais dirigió La guerra ha terminado , película en la que actuaron Yves Montand y Michel Piccoli, con libro de Jorge Semprún. Montand hacía el papel de Carlos, un comunista español exiliado en París, cuyos camaradas creían artificialmente que España estaba lista para alzarse y derrocar a Franco. Sintiendo que su modo de vida se estaba derrumbando, Carlos decide optar por la acción directa y viaja a Madrid, donde choca con una realidad inversa: la guerra civil había terminado, y las aguas enlodadas de la Historia, las ideas, la moral y los sueños habían adquirido formas diversas, que era necesario experimentar.

Pienso constantemente en aquella entrañable película, a la que mi memoria debe de haber dado un contenido diverso del original. Y me parece que acopia algunos puntos que son útiles para reflexionar acerca de la relación de la ciudadanía con las Fuerzas Armadas, y la de éstas con nuestro país.

Existe una primera cuestión sobre la que deseo opinar. Es muy frecuente leer alusiones a ellas asociadas con epítetos tales como "asesinos" y "torturadores". Creo que es grave hablar de protagonistas de hace veinte años y extender inmediatamente el juicio que merecen a los actuales, tan grave como alambrar de adjetivos una cuestión de tamaña importancia, porque de ese redil cercado no pueden salir ideas superadoras, y esa es la coartada de la que se valen para avanzar furtivos proyectos que desnaturalizan la función que deben cumplir las Fuerzas Armadas.

Juicios por la verdad

Las palabras tienen una extraordinaria importancia, por eso es que hay que administrarlas sin banalidad. Cuando Jorge Semprún, el autor del guión de La guerra ha terminado , llegó como detenido al campo de concentración de Büchenwald, el encargado del registro de los recién llegados lo inscribió como Stukateur (estucador) en lugar de Student (estudiante), y así probablemente le salvó la vida, habida cuenta de la tirria que suscitaban los intelectuales en los lager nazis.

Esto de ningún modo supone deslegitimar los juicios por la verdad, los procesos a que ha dado lugar el Plan Cóndor, aquellos vinculados con la restitución de hijos apropiados, o cualquier otro que transite por los carriles institucionales, esto es, por los tribunales. Pero una cosa es que Sara Méndez -la única de las tres madres de niños desaparecidos sobrevivientes de los campos de la dictadura que no ha podido reencontrarse con Simón, su hijo- hable de "represores", y otra que las descalificaciones, extendidas a los actuales miembros de las Fuerzas Armadas, coagulen un pensamiento moderno capaz de caracterizar su rol.

Que los combatientes de ayer, hoy funcionarios internacionales vinculados con los derechos humanos que baldean con premura su pasado, aticen su versión de la verdad y la justicia, sólo es útil para ellos. Es menester haberse criticado y franqueado para exigir autocríticas, si estamos hablando del plano de la autoridad moral. Ser justo significa aplicar las mismas normas y reglas de manera consistente y continuada independientemente del interés personal y del compromiso emocional. Lo otro supone emplear un doble estándar.

En segundo lugar, es imperioso invertir en esquemas intelectuales fértiles; la madurez consiste en aceptar que muchas veces lo sanguíneo puede ser lo necio. Las Fuerzas Armadas son viejas y grandes estructuras desfinanciadas y carentes de objetivos modernos, estructuras y objetivos que deben ser reemplazadas por diseños organizativos sin superposición de incumbencias ni duplicidades, acordes con su función indisputable, esto es, la defensa nacional profesional y preventiva frente a la agresión exterior, lo que no implica sino el cumplimiento racional de la legislación vigente.

Así como es injusto y -lo que es peor- inútil apostrofar a todo lo castrense por culpas borrosas, porque los que están no son y los que fueron ya no están, tampoco es igual el contexto nacional y el internacional. La Guerra Fría terminó, y con ella la instrumentalización que hicieron los países centrales de los nuestros, y hoy no hay enfrentamiento con incidencia mayor en América Latina que la confrontación comercial entre Europa y los Estados Unidos.

Es preciso discutir profunda y horizontalmente qué alcance tiene la aparición de rutas y redes que almacenan heroína en Buenos Aires, que luego es llevada a los Estados Unidos, donde los ciudadanos argentinos ingresan sin visa, con un pasaporte que obtienen si poseen un documento nacional de identidad que no reúne ninguna condición de seguridad. Es necesario tomar una posición nacional frente a la nueva idea de la defensa intercontinental que está impulsando Estados Unidos, así como reforzar las diferencias entre la problemática de Colombia, que condujo al plan homónimo, y nuestras peripecias. Se impone evaluar el entrenamiento conjunto de contingentes con identidad de idioma e idiosincrasia, como contribución a la paz continental, cuidando no confundir doctrinas.

Un debate fundado y abierto, y no la aceptación de esas certidumbres que Flaubert llamaba "recibidas", esto es, heredadas de modo mecánico. Sólo eso garantizará que no se avance en direcciones que impliquen retrocesos, luego de 18 años de democracia. Jorge Semprún recuerda, en la Autobiografía de Federico Sánchez , todo lo que se removió en su memoria cuando escuchó a Joan Baez cantando en castellano el verso de Miguel Hernández: Llego con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida . "Pues eso -escribe Semprún-, las heridas." Las que en algún momento hay que cicatrizar, porque ningún pueblo puede vivir en perpetua hemorragia.

Antinomias persistentes

En tercer término, es necesario reconocer que el peronismo no saldó las antinomias planteadas en 1945, y por lo tanto en 1955 el país estaba dividido en dos. Las antinomias fueron soberanas durante décadas en la Argentina (peronismo-antiperonismo; civiles-militares; ortodoxos-heterodoxos), con toda su carga de descomposición comunitaria: bombardeos del 1955, jóvenes que se alzaron en armas, represión, juicio a las juntas, indultos; un país que no termina de saldar nada, un territorio de cuerpos presentes. No advertirlo es hacerle un flaco favor a la patria.

En este momento histórico, con todas sus complejidades, pareciera que no son las antinomias las que orientan el debate político; contribuir a recrearlas es anclar el país en el inmovilismo. Todos los países viables, las comunidades que creen en su destino, han satisfecho sus conflictos. Comprendo la idea de una justicia penal internacional en la que los países periféricos participemos, así como hay espacios donde se debate sobre el agua y la alimentación; más difícil es validar la tendencia según la cual el día de mañana un juez malgache podrá perseguir a quien para él es un terrorista malayo, que será detenido en Sierra Leona. Madagascar, Malasia y Sierra Leona tienen el derecho de participar en una corte penal internacional, y es necesario preguntarse si el frenesí que suscitan en amplios sectores idénticas intervenciones de jueces europeos sería tal si el juez fuese africano.

A Carlos, el protagonista de La guerra ha terminado , interpretado por Yves Montand, las autoridades franquistas le tendieron una trampa. Pero antes había salido airoso de otra: había aprendido que el tiempo pasa, y que ya nada puede ser igual.

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