Ese día cualquiera

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29 de octubre de 2020  

Un recuerdo de otro momento, ese momento en que las cosas que pasaban a diario no se pensaban. Solo ocurrían. Un recuerdo sin importancia. Como todo. Un poco más de lo mismo. Una tarde temprana pasadas las horas de trabajo. Un viaje en colectivo sin permisos especiales y con el rostro entero al aire.

En uno de los asientos de atrás, de los individuales, con la ventanilla a su derecha, una mujer mira sin poder parar la barriga pequeña de un hombre parado a centímetros, con la postura erguida en una remera a rayas. De pronto eleva la vista para ponerle cara a la panza y se sorprende porque la reconoce: es la de un bailarín clásico que vio muchas veces en televisión y por eso se pregunta cómo una persona que antes fue tan atlética y esbelta esté así como lo ve, tan cansado. El bailarín tiene los pómulos pegados a la piel pero tiene panza. Y también muchas canas en sus rulos largos. Ella sigue sentada y él, una estrella del ballet en los 90, con su barriga chica, se mueve hacia un costado y como un telón le abre el panorama a otro escenario, a esa otra cosa que pasa a unos metros.

Los chicos son cuatro. Deben haber salido recién de la secundaria. Uno de ellos tiene los dientes inmensos y un jopo alto; uno más, muchos granos en la frente y anteojos con aumento. No sabe la forma en que lucen los otros porque le dan la espalda. Hablan entre ellos, se empujan, ríen, tienen el celular en la mano, chatean y en la oreja, izquierda o derecha según cada cual, un auricular. Uno solo. Inalámbrico. Escuchan música. Al mismo tiempo. Y la mujer se queda anonadada.

Ella nunca pudo hacer bien ni siquiera dos cosas a la vez. Dos cosas serias. Admite que puede dormir y respirar, claro. Pero si plancha mientras habla por teléfono sabe que lo hace mal. Y si lee un libro mientras de fondo suenan las noticias en la televisión se confunde las tramas.

Sin embargo, en ese colectivo, en ese instante hoy tan lejano no solo en el tiempo sino en el futuro, en el concepto, estos adolescentes en la cara le dicen que sí que se puede porque ellos lo están haciendo. Incluso, en medio de ese todo, uno de los cuatro atiende una llamada y mira hacia la calle para reconocer en qué parte del trayecto está. No va distraído. Luego toma algo de su mochila negra y se lo entrega a otro de esos y la mujer ya no está anonadada, sino que se siente una inútil. Peor que eso. Está sentada allí y es una anciana decrépita a sus menos de 40. Fría en medio de tanta hormona. En una soledad inmensa y negra, como la tierra embarrada tras una lluvia de horas.

De nuevo la panza del bailarín le bloquea la visión y la mujer un poco lo celebra. Mejor mirar por la ventana. Hay sol, el cielo está celeste y el Rosedal de Palermo tiene gente que corre. Qué envidia, de nuevo. A elle le encantaría salir a correr pero siempre le duele el bazo y se rinde a las cuadras.

Suena el timbre del colectivo y uno de estos chicos todopoderosos se baja. Ella, que de pequeña creyó que los superpoderes eran otra cosa y fantaseaba con volar o con volverse invisible y que ya de más grande soñaba con tener la capacidad de meterse en la cabeza de una amiga o de su novio, quieta allí cree que con ser como ellos le bastaría. Después ve alejarse a este espécimen por la esquina y entonces cree que no es un superhéroe, sino que debe tener los hemisferios del cerebro más desarrollados y enseguida se acuerda de que suele acordarse de la teoría de la evolución de Charles Darwin y enumera para adentro: primero australopitecos y luego Homo habilis, Homo erectus, neandertal, Homo sapiens. ¿Y qué más? ¿Quién dice que terminó? Seguro siga, piensa. Quizá estos cuatro chicos no sean más hábiles, piensa de nuevo. Quizá sean los primeros ejemplares de otra especie, se convence. Y así, aún sentada, sola, se calma.

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