Esperanza en medio del barro

Iván Petrella
Iván Petrella PARA LA NACION
Lo que falta es proporcionar las herramientas para que no exista el contraste entre lo que se quiere y lo que se puede
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27 de noviembre de 2013  • 01:26

La Argentina es un país de grandes contrastes en el que se mezcla una potencialidad enorme con una realidad muchas veces desalentadora. Existe un lugar físico en el cual conviven estos dos estados de manera tangible: las villas de emergencia, asentamientos y otros barrios precarios que no paran de crecer, y que no ofrecen las condiciones básicas para desarrollar un proyecto de vida. Pero al mismo momento existe ahí un inherente deseo de progresar que es fuente de esperanza para el país.

En las últimos meses aparecieron dos informes que retratan la realidad de quienes viven en villas y asentamientos: "Las voces de los adolescentes en villas y asentamientos de Buenos Aires", de Unicef, y "La información define el problema", de Techo Argentina . Ambos reúnen datos sobre cómo se vive en esos lugares muchas veces olvidados por el Estado y la sociedad, y sobre lo que piensan los adolescentes (entre 12 y 16 años) que residen allí.

Desde los medios se vieron dos miradas contrapuestas al analizar los mismos números y las mismas experiencias. Algunos se centraron en los alarmantes datos en cuanto a la falta de servicios, higiene y la fuerte presencia de la inseguridad y la violencia en los barrios. Otros pusieron el foco en la mirada optimista de los vecinos, la valorización de la educación, la importancia de la familia y la conectividad con el mundo que les da Internet y el uso de celulares, especialmente a los jóvenes. Si nos alejamos de la lógica binaria que parece reinar en nuestro país, podemos ver que esas dos posturas no son contradictorias. Son dos realidades que se complementan y demuestran la complejidad de nuestro presente.

Desde los medios se vieron dos miradas contrapuestas al analizar los mismos números y las mismas experiencias

Tal vez suene ilógico, a primera vista, que las mismas personas que dicen querer mudarse y dejar atrás la vida en la villa (82,7%) también sientan una pertenencia con el barrio (77,5% le gusta "mucho" o "bastante" vivir en el lugar donde está hoy) y lazos fuertes con los demás vecinos. De la misma manera, sufren una relación tristemente cercana con la violencia (70% presenció hechos de violencia en los últimos 6 meses) y el maltrato (26% sufrió un ataque verbal y 14% uno físico) y al mismo tiempo son optimistas sobre sus vidas y muestran una gran valoración por el círculo familiar. Es decir, creen que un futuro mejor contempla mudarse a un lugar con condiciones diferentes pero no reniegan del lugar donde vienen, de sus raíces, valoran intensamente sus familias y resaltan la solidaridad con vecinos que viven en la misma precariedad.

La educación es quizá el tema más relevante para mostrar el contraste entre las realidades materiales y la intención de progreso en los habitantes de barrios precarios. Se dice siempre que la educación es clave para el futuro y los datos demuestran que esa convicción está presente en las villas de emergencia. Por un lado, el nivel educativo del jefe o la jefa del hogar es muy bajo: 20,3% no terminó la escuela primaria y sólo 18,8% completó la educación secundaria. Por otro lado, 98,6% de los adolescentes encuestados sabe leer y escribir, 9 de cada 10 van al colegio y más de 95% cree que lo que se aprende en la escuela ayuda a tener una vida mejor. El contraste educativo entre la figura paterna o materna y los adolescentes sería difícil de explicar sin una transferencia del valor de la educación de parte de jefes de hogar, que no pudieron disfrutar de ese proceso, a sus hijos.

La educación es quizá el tema más relevante para mostrar el contraste entre las realidades materiales y la intención de progreso en los habitantes de barrios precarios

Ese valor de la educación entre poblaciones inmigrantes de nuestro país queda demostrado también en "Los estudiantes inmigrantes en la escuela secundaria: integración y desafíos", de Marcela Cerrutti y Georgina Binstock, otro informe de Unicef que fue tema de una columna de Alieto Guadagni en este mismo diario. Según el estudio, "se encuentra un mayor nivel de compromiso y, consecuentemente, un mejor rendimiento educativo por parte de los inmigrantes", particularmente de origen boliviano, que en las familias argentinas. Los adolescentes bolivianos, resalta el informe, repiten menos de grado, tienen menos problemas con las drogas, dedican más horas al estudio, hacen más deporte y faltan menos a la escuela. También trabajan y 7 de cada 10 expresan su interés en ingresar a la universidad luego de la educación secundaria, proporción que sólo llega a 4 de cada 10 entre los argentinos.

En su documento "Celebrar el Bicentenario" del 11 de mayo de 2010, los denominados curas villeros escribían lo siguiente: "Vivir en la villa nos hace comprender, entender y valorar la vida en ella de manera distinta a lo que se escucha habitualmente." En los informes acá expuestos hay un eco de la postura de estos curas; demuestran que las personas más carenciadas de nuestro país exhiben los valores de trabajo, convivencia, amistad, educación que se necesitan para construir una Argentina mejor. Lo que falta es proporcionar las herramientas para que no exista el contraste entre lo que se quiere y lo que se puede, y el mero asistencialismo no es suficiente ya que deriva necesariamente en clientelismo y dependencia. No hacerlo sería desaprovechar otro motor de desarrollo: las esperanzas y el esfuerzo de los que menos tienen.

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