Esperanzas y desafíos de un país pionero

Joaquín Morales Solá
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26 de agosto de 2001  

Ha sido la negociación financiera internacional más dura que le haya tocado protagonizar a la Argentina, porque se mezclaron las condiciones de un nuevo orden mundial (del que se sabe muy poco) y la conmovedora fragilidad del propio país. El acuerdo que surgió en Washington será necesariamente un ensayo que tendrá a la Argentina como pionera, con las ventajas y desventajas que acarrea siempre ser el primero.

Paul O´Neill, el duro secretario del Tesoro norteamericano, instaló en público la idea de que la Argentina necesitaba algo más que algunos miles de dólares para salir de su crisis, cuando opinó que hace falta aquí una "economía sustentable". Si bien O´Neill lo dijo de manera brutal e hiriente, lo cierto es que Larry Summers, su simpático antecesor, ya les hablaba a los argentinos en términos parecidos aunque en absoluta reserva.

Tal vez por eso la negociación de Washington fue desopilante por momentos. ¿Para qué quieren plata si es sólo para ponerla en la vidriera?, preguntaban los funcionarios norteamericanos. Para frenar la fuga de depósitos, contestaban los argentinos. ¿Qué garantiza que eso sucederá? , repreguntaban los otros. Nada, replicaban los de aquí. ¿Qué asegura que con este envío de fondos la Argentina volverá a crecer?, inquirían los hombres de Washington. Nada, pero será así, contestaban los argentinos.

Parecía el diálogo entre un creyente y un agnóstico, en el que chocaban los argumentos de la razón y el misterio de la fe. La solución a la que arribaron tiene tres aspectos: el del financiamiento, el fiscal y el comercial. Salvo el envío de fondos inmediatos para cubrir los recursos de las reservas que se fugaron, todo lo demás está en el principio vacilante y aún imperfecto de las cosas sin experiencia previa.

No hay letra chica (ni condiciones inconfesables) en el acuerdo con el Fondo, pero con la letra grande es suficiente. Todos los aspectos del acuerdo caerían automáticamente si el Gobierno no cumpliera su compromiso de mantener las cuentas públicas con déficit cero. Por eso el presidente norteamericano no habló más que de esa condición en su diálogo telefónico con Fernando de la Rúa.

El conflicto potencial está en las provincias. Domingo Cavallo le aseguró a Carlos Ruckauf que no se tocarán los fondos de la coparticipación, pero le dijo una verdad a medias. En rigor, la coparticipación fue siempre un programa económico de déficit cero: se reparte entre las provincias lo que la Nación recauda. Pero durante la gestión de José Luis Machinea el gobierno federal firmó un compromiso con las provincias en que les garantizaba un piso de distribución de 1300 millones mensuales.

En aquellos tiempos no fue un error, sino una conquista, porque también le ponía un techo a la coparticipación, con la convicción de que el país saldría rápidamente de la recesión.

La historia posterior se escribió de otra manera; la recesión se profundizó y la incógnita de ahora refiere a qué hará el gobierno central si llegar a recaudar por debajo de aquellos 1300 millones de dólares. Comprometido con el déficit cero, debería podar los salarios estatales y las jubilaciones para cumplir con las provincias. La otra alternativa es una dura negociación con los gobernadores para romper aquel acuerdo.

Ningún funcionario oficial habla de reprogramación de la deuda; seguramente les temen a los efectos maléficos de esa palabra en los mercados. El nuevo término que prefieren usar es recompra de la deuda por parte de la Argentina; pero, sea como fuere, el Gobierno se prepara para una operación destinada a achicar la magnitud de sus compromisos financieros.

Funcionarios argentinos y norteamericanos han coincidido en una receta: la Argentina requeriría a la banca privada extranjera un crédito de unos 20.000 millones de dólares, cuyo pago estaría garantizado por organismos como el Fondo, el Banco Mundial y el BID. Con ese monto se podrína comprar unos 30.000 millones de títulos de la deuda argentina. Aun cuando la deuda se reduciría sólo en 10.000 millones, los intereses de aquellos 20.000 millones serían muy bajos (4 o 5 por ciento anual), porque el pago estará garantizado, y los plazos de amortización serían mucho más largos.

Esa receta tiene un problema: el Fondo no quiere garantizar ante los bancos la disciplina de terceros. Esa contrariedad es la que ha llevado a importantes funcionarios del gobierno argentino a ser francamente escépticos sobre las bondades del remedio.

El aspecto comercial es, quizás, el más interesante para buscar las huellas de una solución definitiva. El gobierno de Washington aceptó la propuesta del Mercosur de comenzar a negociar un tratado de libre comercio. No es una condición del Fondo, porque en tal caso el acuerdo debería estar sujeto a las decisiones de cinco países.

En rigor, hubo dos giros muy importantes para que eso pudiera suceder. En primer lugar, cambió la política de Estados Unidos, que durante mucho tiempo prefirió la negociación bilateral (como lo hizo con Chile) para concretar el proyecto de integración americana. Ahora decidió negociar con un bloque comercial, una vez que comprobó que la ruptura del Mercosur era sólo una utopía.

El segundo cambio es el de Brasil, que hasta hace muy poco se negaba a aceptar en términos concretos (aunque lo hacía retóricamente) cualquier proyecto de integración liderado por Estados Unidos. Sin embargo, fue el presidente Fernando Henrique Cardoso el primer mandatario del Mercosur en pedirle la apertura de negociaciones a George W. Bush.

Brasil modificó su inicial renuencia por dos razones: porque sospechaba que su intransigencia podía provocar la fuga de la Argentina hacia los brazos norteamericanos (con el consiguiente debilitamiento de Brasil y de la Argentina) y porque le resulta más fácil instalar en el frente interno brasileño la idea de una negociación entre el Mercosur y Washington.

El trámite será ciertamente lento. De hecho, el gobierno norteamericano carece aún de mandato parlamentario para negociar, cuando el Congreso retiene en Estados Unidos la facultad de controlar el comercio exterior.

En verdad, se trata, por ahora, sólo de una acuerdo para sentarse a conversar. No hay funcionario local que arriesgue un plazo menor de dos años para que las inminentes negociaciones den algún fruto, sobre todo si se tiene en cuenta la dosis no menor de proteccionismo que empapa la política norteamericana.

Ante ese paisaje de ilusiones y contradicciones, Cavallo reinició una vieja pelea con el canciller Rodríguez Giavarini para arrebatarle la conducción de las relaciones comerciales internacionales, una obsesión de él que va y viene. El último miércoles hubo una muy dura discusión entre los dos ministros: Concentrate en el déficit cero y en la recompra de la deuda; con eso es suficiente, lo cortó el canciller.

Debe reconocerse que el manejo del comercio exterior por parte de la cancillería resultó una buena experiencia. Tanto Guido Di Tella como Rodríguez Giavarini pudieron, así, sofocar las presiones que hubo en ambas administraciones para que el país se aliara a Washington, dándole un portazo a Brasil, como lo propuso el propio Cavallo en marzo último.

La historia demostró que no es incompatible una buena relación con Estados Unidos y con Brasil al mismo tiempo. Europa misma no quiere repetir ahora el error de México, donde llegó demasiado tarde para una fiesta que ya era de otros.

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