¿Estamos asistiendo al final de la Europa que conocemos?

Gran Bretaña paralizada ante el Brexit, Italia volcada hacia los extremos, Francia sacudida por una ola de protestas; la incertidumbre y la desigualdad, combinadas, pueden tener efectos impensados
Thomas L. Friedman
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6 de enero de 2019  

PARÍS

Desde la Segunda Guerra Mundial, el orden mundial liberal que ha diseminado más libertad y prosperidad de las que ha habido en ninguna otra época en la historia se mantiene sobre dos pilares: Estados Unidos y las Naciones Unidas de Europa, ahora conocida como la Unión Europea.

Ambos focos de mercado libre, gente libre e ideas libres se ven sacudidos hoy por insurgencias rurales y otras que se ubican más allá de los suburbios, principalmente compuestas por hombres blancos trabajadores y la clase media ansiosa, que, en términos generales, no han recibido los beneficios de la globalización, la creciente inmigración y la tecnología (que han erigido ciudades como Londres, París y San Francisco y sus poblaciones multiculturales).

Luego de ver la impresionante imagen de las tiendas parisinas cubiertas con tablones justo antes de la Navidad, a lo largo de la avenida de los Campos Elíseos, para protegerse de los disturbios protagonizados por algunos de los llamados "chalecos amarillos"; tras el anuncio en Roma de que Italia, miembro fundador de la UE, podría un día abandonar tanto la UE como el euro, bajo su nueva y extraña coalición gubernamental entre la extrema derecha y la extrema izquierda; después de ver al Reino Unido paralizarse ante la indecisión sobre cómo cometer un suicidio económico tras dejar la UE, y después de ver a Trump vitorear el rompimiento de la UE, me pareció evidente que estábamos en un momento crítico de la historia.

El reto fundamental para Estados Unidos y la Unión Europea es el mismo. Estas aceleraciones rápidas en la tecnología y la globalización han traído consigo muchos más inmigrantes a rincones más remotos de sus sociedades, al mismo tiempo que muchas costumbres sociales vigentes desde hace mucho tiempo han cambiado, como la aceptación del matrimonio entre personas del mismo sexo y los derechos de las personas transgénero, mientras que el trabajo promedio ya no provee un salario que pueda mantener un estilo de vida de clase media.

Las clases medias que impulsaron el crecimiento de Estados Unidos y la UE en el siglo XX se construyeron con base en algo llamado "trabajo de especialización media con un salario elevado". Sin embargo, la robótica, la inteligencia artificial y la subcontratación, al igual que las importaciones chinas, han eliminado buena parte de los trabajos de especialización media tanto entre obreros como administrativos.

Ahora existen los trabajos altamente especializados con salarios elevados y los empleos poco especializados con bajos salarios. Sin embargo, los empleos de especialización media y salarios elevados están desapareciendo, dejando a un grupo considerable de gente con ingresos estancados y resentimientos abrasadores en contra de los globalizados que han dominado las habilidades de la no rutina que se requieren para tener un empleo con un salario elevado en la actualidad.

Reacciones feroces

Cuando se ponen en entredicho al mismo tiempo todas estas cosas que anclan a la gente -su sentido del hogar, su seguridad laboral, sus posibilidades de crecimiento y las normas sociales que, para bien o para mal, definieron sus vidas- y luego todo se amplifica con las redes sociales, se pueden obtener reacciones negativas realmente feroces, como las que el presidente de Francia, Emmanuel Macron, vio en todo su país.

En noviembre, The Guardian publicó una esclarecedora colección de opiniones de los "chalecos amarillos" en París que narraron sus historias. Entre ellos estaba Florence, de 55 años, que trabajaba para una empresa de transporte aéreo en las afueras de París y opinó: "Cuando Macron aparece en televisión, tenemos la impresión de que se siente incómodo con la gente normal, que nos desprecia hasta cierto punto".

Estaba Bruno Binelli, de 66 años, un carpintero jubilado de Lyon que reaccionó ante el aumento de impuestos sobre el diésel que impulsó Macron para combatir el cambio climático (que hizo que el costo de los combustibles golpeara fuerte en la población rural, que depende de los automóviles para transportarse). "Tengo una pequeña camioneta de diésel y no tengo dinero para comprarme una nueva, en especial ahora que estoy a punto de jubilarme. Los que vivimos en provincia sentimos que nos han olvidado", dijo.

Marie Lemoine, de 62 años, maestra de Provins, dijo que no era "ni de derecha ni de izquierda", y explicó: "Estoy aquí por mis hijos y nietos y todos los que se quedan llorando el día 15 del mes porque ya no tienen ni un centavo. Macron es nuestro Luis XVI, y ya sabemos qué le pasó. Acabó en la guillotina".

Será necesario un liderazgo extraordinario por parte de Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea para idear una estrategia y enfrentar estos agravios.

Hay que equilibrar la necesidad de crecimiento económico y la redistribución; la necesidad de cuidar de aquellos que se han quedado rezagados sin agobiar a las futuras generaciones; la necesidad de fronteras que fluyan libres para atraer nuevo talento e ideas y la necesidad de evitar que la gente se sienta como una extraña en su propia casa.

Sin embargo, ese liderazgo no está presente. Entiendo por qué una pequeña mayoría de ciudadanos del Reino Unido votó por el Brexit, tal como se lo vendieron; les dijeron que detendría las cosas que no les gustaban (como la llegada masiva de 2,2 millones de trabajadores que no son de la UE) y que conservaría aquello que les gustaba (principalmente, el acceso libre al mercado de la UE) y que no tendrían que renunciar a nada, pero fue una mentira.

Ver ahora a los corruptos del Partido Conservador que promovieron esa mentira, encabezados por Boris Johnson, exigir que su primera ministra haga realidad ese Brexit de fantasía equivale a contemplar un país que alguna vez fue sano escribir una carta de suicidio en un momento de irracionalidad y luego discutir cómo llevarlo a cabo: la muerte por ahorcamiento, envenenamiento o un disparo en la sien. Tienen que reconsiderar; desconectarse en un mundo conectado es una locura.

Clases humilladas

Macron, en cambio, se atrevió a hacer lo correcto para desbloquear el crecimiento en Francia. "Pero no entendió cómo sus políticas afectaban de manera distinta a los que bebían cerveza y a los que bebían vino", me dijo Ludovic Subran, un economista francés. Además, estableció una presidencia imperial, construida en torno a un pequeño equipo: "Son como una unidad de comando", me comentó el periodista de Le Monde Alain Frachon.

Una manifestante con chaleco amarillo en los Campos Elíseos durante las celebraciones de Año Nuevo, con la policía detrás
Una manifestante con chaleco amarillo en los Campos Elíseos durante las celebraciones de Año Nuevo, con la policía detrás Fuente: AFP - Crédito: LUCAS BARIOULET

Macron logró aprobar cuatro enmiendas estructurales fundamentales que impulsaron el crecimiento: las reformas fiscales a favor de la inversión, las pensiones reducidas del inflado sindicato de ferrocarrileros, normas laborales más laxas para que fuera más sencillo contratar y despedir a trabajadores y enormes y nuevas inversiones públicas en el desarrollo de capacidades y la educación de los menos favorecidos.

Sin embargo, dado que el partido de Macron no existió sino hasta que peleó por la presidencia, no tenía alcaldes para generar una conexión local con la gente y sentir su pulso. Así, se quedó pasmado cuando su enfoque vertical, que ignora al pueblo, produjo una respuesta negativa después de que recortó los impuestos a los ricos y las corporaciones y buscó compensarlo en parte con impuestos sobre el diésel y las pensiones sin eximir a las clases trabajadoras rurales. Estas clases trabajadoras, sintiéndose humilladas, se pusieron sus chalecos amarillos y condujeron hasta el corazón de París y otras ciudades y gritaron: "¿Ahora sí nos escuchan?".

"Hoy Francia tiene un líder sin seguidores y una oposición sin un líder", comentó Michael Mandelbaum, experto en política exterior estadounidense.

La razón por la que eso importa es que Francia y Alemania siempre fueron los dos adultos cuya sociedad y cumplimiento de los presupuestos y las normas de la UE eran el cemento que mantenía unido ese pilar.

No creo que haya soluciones nacionales a este problema -el recorte o el aumento de impuestos- en la forma en la que se hacía en el pasado. Los países que prosperarán en esta era son los que tienen las ciudades más ágiles, con los líderes locales más astutos, que construyen coaliciones adaptativas de empresarios, educadores, emprendedores sociales, que pueden competir local, regional, nacional y mundialmente.

En este mundo, los países altamente centralizados pagarán un precio mucho más alto que los descentralizados.

Dominique Moïsi, uno de los principales analistas de política exterior de Francia, observó que en una época en la que Estados Unidos, que siempre fue la póliza de seguro de vida de la Unión Europea contra las amenazas predatorias de Oriente, comienza a retirarse del mundo; cuando Rusia regresa con una actitud vengativa hacia la política mundial; cuando Alemania mira hacia adentro e Italia se rebela contra los límites de gasto de la UE y se acerca a la despótica Rusia; cuando tantos caminos ahora llevan a Pekín y cuando el Reino Unido está empecinado en el suicidio, el rol de su país crece: "De repente, lo que ocurre en Francia trasciende este país. Somos la última barrera que protege la idea europea. Si Macron fracasa, eso podría significar el fin de Europa".

El autor es periodista; su último libro es Gracias por llegar tarde (Paidós)

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