Este país

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
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26 de abril de 2018  • 20:07

Tal vez denigrar el país que se habita sea un hábito universal. Entre nosotros, esa práctica adquiere muchas veces una forma de distanciamiento: "Este país es un desastre"; "Nunca anduvieron bien las cosas en este país" e incluso "En este país no te dejan vivir". A diferencia de los adjetivos posesivos, los demostrativos determinan la relación de proximidad con el sustantivo en cuestión. "Este país" es siempre el que tenemos más cerca y donde vivimos.

Indignados (el estado emocional de moda), y como si estuviéramos de paso rumbo a un país mejor que "este país", no decimos "nuestro país" a la hora de protestar. Puede ser una de las causas del empeoramiento del estado de cosas. Si no es nuestro, ¿de quién será este país tan molesto, tan desquiciado o, como escriben algunos, tan contaminado? Convengamos que "Mi país es un desastre" o "En mi país no te dejan vivir" son enunciados desalentadores que nadie querría pronunciar.

Aunque hace décadas no era tan frecuente abominar del país, en mi familia se usaban los adjetivos demostrativos. Mi madre, que es italiana, solía arriesgarse entre argentinos para criticar tal o cual aspecto de la supuesta idiosincrasia nacional. Podía ser la burocracia, o la xenofobia sutil ejercida en la calle, o el despotismo de los patrones para los que trabajaba. También la utilizaba para sus diagnósticos sobre usos y costumbres de los argentinos: "En este país a nadie le gusta trabajar". Muchas veces encontraba respuesta. "¿Y por qué no te vas a tu país?", le decían. Años después, de hecho, volvió a vivir a Italia. Cuando hablamos por teléfono, me pregunta por la Argentina como si fuera un familiar extravagante, al que nunca hay que dejar de tratar con consideración y un cariño irónico. O al menos eso creo percibir en su voz.

Sin ser chauvinista ni patriotero, siempre sentí simpatía por mi país. Las quejas exageradas y los pronósticos de calamidades me fastidiaban (en especial los de mi madre), aunque casi siempre no tenía más que darles la razón a los que los enunciaban. La videncia había sido otro de los dones negados. "¿Qué culpa tiene el país?", habría querido preguntarles. Me gustaba creer que un país era una entidad a la que había que disculpar. Un país era, sobre todo en la infancia, un ser que se manifestaba de manera justa solamente a través de las palabras y las imágenes impresas. Buscaba el mapa de la Argentina en enciclopedias, revistas y fascículos. A todo color, los ríos azules de esas imágenes eran las venas y las provincias, órganos de un cuerpo de pie.

En la historia de la literatura argentina hay varios escritores que ensayaron distintas maneras de entender "este país". Ezequiel Martínez Estrada, Victoria Ocampo, Marcos Aguinis y Horacio González son solo algunos de una lista de nombres que crece año a año. Pocos tan singulares e imitados como Domingo Faustino Sarmiento. En su obra se arrojan más diatribas que elogios sobre la Argentina y su porvenir. Pero en la carta prólogo de Conflicto y armonías de las razas en América, de 1882, Sarmiento no parece tan contrariado con el país cuyo perfil ayudó a definir. Como indicó Tulio Halperin Donghi en Una nación para el desierto argentino (uno de los libros más hermosos y reflexivos sobre la cuestión nacional), Sarmiento hace una declaración de amor pocas veces leída y mucho menos escuchada. "Y ¡vive Dios! que en toda la América española y en gran parte de Europa no se ha hecho para rescatar a un pueblo de su pasada servidumbre, con mayor prodigalidad, gasto más grande de abnegación, de virtudes, de talentos, de saber profundo, de conocimientos prácticos y teóricos. Escuelas, colegios, universidades, códigos, letras, legislación, ferrocarriles, telégrafos, libre pensar, prensa en actividades... Todo en treinta años", escribió en un consciente estilo hiperbólico. ¿Cuál era entonces ese país, similar a un héroe homérico, que había llevado a cabo grandes proezas? Este país, el nuestro.

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