Etiquetas en vez de nombres

Por Adriana Schettini Para LA NACION
(0)
29 de febrero de 2004  

"Corazón y pases cortos", decían los futbolistas de los años cuarenta para definir una estrategia de juego. "Perversión y frases cortas", parece ser la consigna que obedecen los cronistas televisivos, salvo dignas excepciones. Se los ha visto en estos días transmitiendo "en directo desde la casa del horror en Avellaneda". Se mostraban bulímicos de nuevos cadáveres, sedientos de más sangre infantil derramada por "Héctorelnenesánchez", como pronunciaban de corrido.

"Señora, ¿va a ir a ver al Nene?"; "Señora, ¿lo va a perdonar al Nene?"; "Señora, ¿cómo era el Nene?", hurgueteaban, pletóricos, en la parquedad de una mujer cuyo hijo ha confesado una violación seguida de muerte y otro homicidio. El Nene asesinó a las nenas: ¿acaso no querían perversión y frases cortas? Aquí tienen la síntesis perfecta. El paradigma idiomático de una TV que reemplaza las ideas por los eslóganes; los conceptos por los lugares comunes; la inteligencia por el ingenio. La televisión hizo escuela y a esta altura son escasos los ciclos de radio y los medios gráficos que no siguen la tendencia de etiquetar en vez de nombrar. En la Argentina mediática, nos comunicamos a través de rótulos. La confiscación de los depósitos bancarios fue "el corralito"; la ley laboral que está a punto de ser reformada, "la ley Banelco"; un farsante sentado en una banca del Congreso, "el diputrucho"; los tenedores de bonos de la deuda externa, "los fondos buitres".

En la simplificación de las etiquetas se va desdibujando la naturaleza y la singularidad de lo nombrado. Lamentable, en cualquier caso, cuando el malentendido lingüístico se mete con la muerte, la situación se complica. "La casa del horror en Avellaneda", rotuló la TV, y desde entonces los homicidios de Yésica Mariela Martínez y Mónica Vega parecieron ser sólo dos excusas para el regodeo en un pozo de violaciones, droga, presuntas relaciones incestuosas, sospechas de complicidad policial y de desidia judicial. "La casa del horror" le robó pantalla al "doble crimen de la Dársena" que ya había desplazado del centro de la truculencia al "crimen del country". Sólo títulos girando en una rueda espectacular. Ya no más muertos con nombres propios.

Tan fuerte es la exigencia mediática de presentar todo --incluidas las obras más nobles-- con vocablos efectistas que ni el talentoso Miguel Rodríguez Arias pudo resistir la tentación de llamar a su documental sobre el Juicio a las Juntas Militares con el equívoco título de "El Nüremberg argentino". Buenos Aires no es Nüremberg. La Argentina de la dictadura no fue la Alemania nazi. La ESMA no fue Auschwitz. Y el contexto internacional en el que se perpetró el exterminio juzgado en Nüremberg fue diferente de aquel en el que se ejecutaron los actos de barbarie juzgados en Buenos Aires.

Se me dirá que en ambos casos se cometieron crímenes de lesa humanidad y que se violaron los derechos humanos de un modo imperdonable. Responderé que estoy de acuerdo y que me duelen cada uno de los desaparecidos y cada uno de los hombres, mujeres y niños asesinados en las cámaras de gas. Pero insistiré en que la Shoah y los crímenes de la dictadura argentina no son asimilables. No se trata de comparar tragedias sino de acercarse al conocimiento de cada una de ellas con el debido respeto por su singularidad. Sólo sabiendo qué pasó, dónde pasó y cómo pasó, podremos guardar memoria de lo ocurrido. ¿Había necesidad de incurrir en la simplificación de homologar el régimen de Videla con el de Hitler para que las atrocidades cometidas en la Argentina merecieran un film? "El Nüremberg argentino" suena antes como una etiqueta publicitaria for export que como un tributo a la realidad histórica. ¿Será que ni siquiera con el prestigio de Miguel Rodríguez Arias se consigue que el mercado mediático le permita a uno llamar a cada muerte por su nombre?

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.