Evasor

Hugo Caligaris
Hugo Caligaris LA NACION
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26 de agosto de 2001  

Fortunato Malagamba, vendedor de ballenitas que opera en la zona del puente La Noria, ha leído las declaraciones presidenciales, está a punto de levantar campamento y prepara en secreto las valijas, puesto que ha decidido darse a la fuga. Sabe que en cuestión de horas estarán detrás de él los sabuesos a los que ha venido burlando desde que tiene memoria. Fortunato es el evasor que, con sus actividades clandestinas, ha puesto en jaque a la economía nacional y ha comprometido seriamente la credibilidad del país frente a los organismos multilaterales.

¿Es acaso Malagamba el único en su clase? Por supuesto que no. Todos sabemos que aquí los evasores crecen más rápido que el trigo. El evasor mejor establecido no se esfuerza siquiera en ocultarse: deja constancia escrita de su oficio en sus tarjetas personales, opina a título de evasor en los paneles y mesas redondas y no se inmuta cuando es denunciado con nombre y apellido en los sagaces programas periodísticos de la TV.

Porque él ya ha dejado en claro que quien quiera cobrarle se meterá en problemas. Podría verse obligado a cerrar sus plantas, que proveen de algo parecido al trabajo a miles de obreros, y a deslizar palabras feas al oído de las personas menos indicadas, y a tronar y bramar y gruñir, lo que produciría inmenso daño. A él no hay que descubrirlo ni encontrarlo. Ya lo conocen todos y tiene, por decirlo de alguna manera, licencia tácita de evasor. Habida cuenta de su notoriedad y de sus méritos, ya no se lo puede considerar deudor. Más bien será en adelante un acreedor, puesto que ha resuelto responder al llamado de las más altas autoridades y denunciar al abominable Fortunato. A cambio, espera el pago de la recompensa.

"Cada evasor que encontremos significará un menor esfuerzo para el pueblo. Encontrar evasores es hacer patria, porque un evasor es un delincuente, y quien los encuentre tendrá su recompensa."

(Del presidente de la Nación, Fernando de la Rúa.)

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