¿Expandir o profundizar?

Por José Sarney Para La Nación
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28 de marzo de 2000  

BRASILIA

EL balance de los años que van del Acta de Iguazú y de la creación del Mercosur a nuestros días da resultados positivos extraordinarios. Quizá no haya en el mundo otro lugar donde esos números hayan sido obtenidos tan rápidamente. Es un patrimonio que no puede ser ignorado. El primero de ellos, el cambio de nivel en la relaciones entre Brasil y la Argentina, el fin de los antagonismos militares (léase carrera nuclear) y la sintonía política, que, aunque no es total, es suficiente para marcar un nuevo tiempo de cooperación. Recordemos la mejora de la infraestructura de intercambio entre los dos países, los centros unificados de frontera y el estrechamiento de las relaciones culturales, científicas y educativas, en el cual se incluye el instrumento político de la lengua, con el proceso de aprendizaje del español en Brasil y del portugués en la Argentina, las acciones turísticas y el crecimiento vertiginoso de las visitas recíprocas, la convivencia, la amistad y una nueva postura entre las personas, bienes espirituales incorporados a nuestras relaciones, superados los desencuentros históricos.

En el área económica, los resultados son mensurables y explícitos. La Argentina incorporó en su economía ese bien extraordinario que representan los 156 millones de consumidores brasileños. Lo que aquí se produce, sin aranceles ni barreras, puede ingresar en ese universo. El mercado argentino pasa a ser cinco veces superior a su población. Eso aumenta el horizonte de posibilidades para incorporar tecnologías de producción y condiciones de competencia. Como ejemplo, citemos el renacimiento de la industria automovilística, que hoy exporta significativamente a Brasil y que es capaz de competir en mercados mundiales. En el sector petrolero, Brasil pasó a ser un gran comprador de 120 mil barriles por día de petróleo argentino (cero antes de 1985). Importa 3,8 millones de toneladas de trigo, contra 800 mil en 1985. De productos petroquímicos, 160 millones de dólares en 1998 contra 47 millones en 1985. Eso, sin mencionar gas y energía eléctrica, que en los próximos años, con la conclusión de las obras en proyecto y en construcción, serán exportados a Brasil en larga escala.

Integración por sectores

Nuestro intercambio bilateral, que era de 2000 millones de dólares en 1985, pasó a 18.000 millones en 1998. ¿Dónde están, entonces, los problemas? Ellos residen justamente en algunos sectores de ambos países que no estaban preparados para un cambio tan grande, que exige tecnologías avanzadas, sistemas de gestión; en fin, productividad para poder competir. El modelo de sustitución de importaciones que practicamos llegó a su fin. Se acabaron las enormes barreras proteccionistas y los generosos subsidios. Ahora, a la hora de la verdad, los sectores no integrados sufren amenazas concretas. Aunque no pesen mucho si miramos los números de la macroeconomía, no podemos despreciarlos, tenemos que encontrar soluciones. Ellos tienen visibilidad y poder de presión, pueden contaminar el todo, dando la impresión de que el proceso no vale la pena, y cuestionarlo.

Es necesario que se reitere: esto ocurrió sólo porque se abandonó la integración sectorial por una política cuyo único instrumento pasó a ser, en último análisis, el nivel de aranceles, cuyos resultados inmediatos nos alertan del peligro de colapsos.

El enfoque de la unión aduanera en detrimento del mercado común de la integración por sectores genera distorsiones que son difíciles de administrar. Es el caso del calzado. Éste representa sólo el uno por ciento de nuestro intercambio. El sector argentino protesta contra la invasión del producto brasileño. Pero hay que considerar que es calzado hecho con cuero argentino. O sea, un comercio de doble sentido. Integrador. Equilibrado. En el fondo, las cosas se compensan y los números macroeconómicos se anulan.

Pero es un peligro ver únicamente la macroeconomía. Esa visión es más de los técnicos que de los políticos. La economía fue hecha para el pueblo y no el pueblo para la economía. El sector de la manzana y el del trigo en Brasil alegan estar siendo destruidos por los productos argentinos. Reflexionemos sobre el hecho de que en Brasil producíamos 6 millones de toneladas de trigo y, hoy, cerca de 2 millones, importando de la Argentina 3,8 millones de toneladas. Calculemos la dimensión de este impacto en el sector agrícola brasileño.

Negociar es la clave

Debemos aprender a administrar esos problemas. Es hora de que la política sirva a la economía y no de que la economía destruya la obra política. Negociar es la palabra clave. En la Europa unificada, pasados casi cincuenta años del Tratado de Roma, que creó el Mercado Común Europeo, una de las claves de la integración es la acción del comisario que se dedica a vigilar que no se distorsionen las condiciones de competitividad entre los países diversos y evitar así conflictos que en determinados momentos son graves y no pueden ser menospreciados. Lo que está mal es retroceder y volver al modelo proteccionista, que no resuelve nada y provoca represalias.

No hay nadie en nuestros dos países que predique el fin del Mercosur. Nuestro dilema es expandirlo o profundizarlo.

El autor, ex presidente de Brasil (1985-90), es senador federal, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores y Defensa Nacional del Senado brasileño.

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