Exterminio no es holocausto

Santiago Kovadloff
Santiago Kovadloff LA NACION
El término adecuado para nombrar la aniquilación de judíos sería el hebreo shoa
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19 de marzo de 2000  

El 25 de febrero último se publicó en La Nación (primera sección, página 10) una nota titulada "Recordarán en las aulas el día del Holocausto". Quiero congratularme, en primer término, con el señor ministro de Educación, doctor Juan Llach, por haber realizado un anuncio tan oportuno como el que este diario dio a conocer ese día. Con él se contribuye a preservar la memoria allí donde el olvido resulta nefasto y, de igual modo, a alentar el repliegue de la discriminación y la violencia.

Pero, en segundo término, cabe decir que no se contribuye, en cambio, a promover esa memoria ni a alentar ese repliegue insistiendo en designar con la palabra holocausto el exterminio programado y masivo de judíos que perpetraron los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Ni lo que debe ser recordado ni el espíritu confraternal pueden encontrar, en lo que ese término propone, un sentido que haga justicia a lo que no debe olvidarse si se quiere aprender a convivir.

La palabra holocausto, de origen griego, designa el sacrificio de un animal enteramente consumido por el fuego, que los fieles ofrecían a su divinidad. Remite, por lo tanto, a un rito religioso realizado para congraciarse con un dios. Los hebreos, como bien lo atestigua la Biblia, practicaron holocaustos, al igual que todos los pueblos de la Antigüedad. Es obvio, entonces, que la destrucción programada y masiva de judíos en campos nazis de extermino no puede ni debe ser comparada con un rito religioso. Cuesta imaginar, por lo demás, a qué divinidad pudo haber estado consagrada semejante carnicería y es del todo inaceptable que se pretenda entender a Hitler como un sacerdote.

Los judíos aniquilados en las cámaras de gas no fueron, pues, ofrenda de un holocausto; sí objetivo y víctimas de un proyecto criminal cuyo resultado, impensable pero real, fueron seis millones de muertos. En consecuencia, emplear la palabra holocausto para referirse a ese exterminio implica distorsionar no sólo el sentido del término en cuestión, sino, lo cual es mucho más grave, tergiversar la índole de lo sucedido, subsumiendo su espantosa singularidad en lo que el lenguaje puede concebir sin dificultades y con relativa familiaridad. Por último, implica otorgar a esa catástrofe histórica un fundamento teológico que ciertamente ni tuvo ni quiso tener.

Sugiero, por lo tanto, no volver a emplear la palabra holocausto para hablar de los judíos programática y masivamente aniquilados por los nazis.

De igual modo, no parece aconsejable valerse, con ese fin, del término genocidio, tan en boga como el anterior. Si la palabra holocausto convierte el exterminio consumado por los nazis en un ritual religioso, el término genocidio priva, a esa misma iniciativa, de toda especificidad. Genocidio, de origen igualmente griego, significa destrucción de una comunidad o colectividad. El de los judíos en los campos de exterminio habría sido así un acto con precedentes históricos y equivalencias estrictas en todos los tiempos. Nada habría en esa destrucción de particular que justificara dar relieve a sus características por sobre las que presentan otros nefastos acontecimientos similares en los que ya no los judíos sino otros pueblos habrían sido víctimas del mismo mal. De modo que si se acepta definir como genocidio la aniquilación de los judíos en los campos, se disuelve su particularidad concreta en una universalidad tan amplia como abstracta.

Por cierto, lo específico del padecimiento ocasionado a los judíos en las casas de aniquilación no estuvo ni consistió en el sufrimiento al que se los expuso. Los judíos no sufrieron más que otras víctimas de esas mismas casas o de otras empresas criminales. ¿Quién se atreve a establecer, con fundamento racional, jerarquías éticas o de intensidad entre el dolor de un pueblo y otro, cuando ambos han sido masacrados? Lo singular, en el caso del exterminio de los judíos por los nazis, radica en el procedimiento seguido por los alemanes, no en la magnitud del sufrimiento judío con relación a cualquier otra comunidad brutalmente perseguida, discriminada y destruida. Esta singularidad, justamente, es la que de ningún modo nombra la palabra genocidio aunque se le añada el adjetivo nazi. Sencillamente porque lo de los nazis no fue un genocidio.

Se me preguntará a esta altura, y con razón, qué palabra conviene entonces emplear para hacer honor a lo que se quiere decir. Precisamente:¿qué palabra debemos utilizar para designar lo aún insuficientemente pensado?

No obstante las enormes dificultades, creo que debemos empeñarnos sin desmayo en el esfuerzo de buscarla. No sólo porque el hecho de no encontrarla dice mucho de la índole de aquello que queremos nombrar. También es indispensable que tratemos de comprender lo incomprensible, y ello al menos en alguna medida, porque, de hecho, lo incomprensible ocurrió y porque sólo lo que puede llegar a ser planteado racionalmente resulta relativamente discernible y, asimismo, parcialmente previsible de aquí en más.

Mientras tanto y ateniéndonos al término hebreo shoa (aniquilación de judíos), que Claude Lanzmann contribuyó a popularizar con su film admirable, el papa Juan Pablo II empleó ya en significativas oportunidades y el presidente de la Nación, doctor Fernando de la Rúa, utilizó en su reciente visita a Estocolmo, propongo que sea ése el vocablo que privilegiemos, al menos momentáneamente, en el afán de nombrar lo que de ningún modo fue un holocausto.

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