Factores que explican el derrumbe del poder impune

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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15 de diciembre de 2018  

Ante la avalancha de acontecimientos diversos que produce sin pausa la época contemporánea, al análisis social se le presenta siempre el mismo desafío: cómo conceptualizarlos, encontrando, si las hubiera, causas particulares o razones generales que puedan explicarlos. El periodismo no tiene la misma exigencia, pero de alguna manera debe, con métodos veloces y argumentos efímeros, iluminar e interpretar las noticias que generan debate y desconcierto. Algunos sucesos de la realidad argentina ocurridos los últimos días plantean esta necesidad de esclarecimiento. Nos referiremos básicamente a dos, que en apariencia son muy distintos: la saga de los cuadernos de Centeno, cuya derivación llevó al procesamiento de uno de los principales empresarios del país, y la conmovedora denuncia de una actriz, que acusa a un actor de haberla violado cuando era menor de edad.

¿Cuáles podrían ser las afinidades entre estos sucesos que en otros aspectos no tienen nada que ver? Las diferencias son claras, de modo que lo interesante es mostrar los parecidos. Sin ánimo de agotar el tema, se señalarán aquí los más evidentes: 1) se originan a través de una multiplicidad de formas y canales de denuncia, que se combinan y potencian: registros escritos, presentaciones judiciales, videos y textos en los medios y las redes, exposiciones colectivas, testimonios firmados o anónimos; 2) involucran a personas que pertenecen a las esferas del poder, cuya indemnidad en virtud de su posición social queda vulnerada; 3) responden a una difusa presión social y mediática centrada en los derechos humanos y en las nociones de buena sociedad y buen gobierno, 4) afectan predominantemente a varones; 5) las víctimas de los hechos, los profesionales que los defienden y asisten y los agentes judiciales que intervienen no poseen interés económico, o este no es el principal motivo de su acción; 6) la repercusión de los casos excede la esfera pública, difundiéndose en las organizaciones sociales y en las familias a través de debates y de cambios en las pautas de comportamiento.

Tal vez una serie de factores convergentes, externos e internos, contribuyan a explicar la detonación de estos hechos en la Argentina. En el plano externo pueden señalarse: 1) una corriente mundial de lucha contra la corrupción, originada en la preocupación por el narcotráfico, el terrorismo y el descontrol del capital financiero, y facilitada por los recursos tecnológicos de monitoreo; 2) nuevos sujetos sociales, cuya acción se centra en las reivindicaciones de la identidad y la dignidad antes que en la redistribución de los bienes económicos; 3) el periodismo de investigación transnacional; y 4) la presión social para ampliar los derechos humanos y transparentar la política y la economía. Entre sus virtudes, la globalización de las comunicaciones convirtió estas demandas en una preocupación compartida por miles de millones de individuos. Los gobiernos ya no pueden permanecer indiferentes ante estas tendencias.

En la Argentina, a esos factores mundiales se les suma un inadvertido y novedoso proceso que puede resumirse en cinco fenómenos: 1) la puesta en discusión de las prerrogativas implícitas concedidas a las personas de poder para actuar sin restricciones morales; 2) el resquebrajamiento de las cadenas de mandos y de las lealtades corporativas; 3) la autonomía de las redacciones respecto de la orientación editorial en los diarios independientes; 4) el crecimiento de la reivindicación de los derechos civiles, potenciada por el debate sobre el aborto y las denuncias de corrupción; y 5) un gobierno que no quiere (o no puede) controlar a los medios y a los otros poderes del Estado.

Esta nueva configuración está derrumbando la impunidad de las elites argentinas. Ya nadie les garantiza protección a los de arriba y esto, como dice el colectivo de actrices, recién empieza. Las esferas pública y privada se superponen arrinconando a los poderosos: los presuntos negocios turbios del principal industrial del país lo han puesto bajo sospecha y escarnio, junto a un actor destrozado por denuncias sobre violencias íntimas difíciles de rebatir. Se sueltan las manos, se quiebran las solidaridades y los encubrimientos estamentales, el dinero no sirve para acallar a las víctimas, los periodistas ejercen la crítica e investigan más allá de la línea editorial de sus medios, los jueces no reciben directivas, la protesta contra las nuevas injusticias se amplifica. Acaso una novedosa cultura emerge entre las fisuras de las corporaciones que dominaron la sociedad durante años.

En este contexto, no sabemos si las reivindicaciones de la dignidad, el género y la transparencia convergerán o no con las demandas de mayor justicia económica. Tampoco sabemos si ante la severidad del ajuste estos reclamos contribuyen a descomprimir la presión social. Pero, en cualquier caso, sí advertimos algo que puede expresarse con un refrán que usaban nuestros abuelos: que los dueños del poder en la Argentina vayan poniendo las barbas en remojo.

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