Fantasmas y errores en tiempos electorales

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12 de julio de 2015  

Solamente los conspiranoicos funcionarios cristinistas pueden confiar en que los problemas de la economía serán solucionados por los servicios de inteligencia. Solamente una oposición muy desorientada puede darle al kirchnerismo el arbitraje implícito de sus diferencias. Los primeros no saben cómo resolver el problema de desconfianza económica que acompaña a la Presidenta desde que llegó al poder. Los otros se las arreglan para crear desconfianza donde comenzaba a despuntar cierta confianza. La decadencia argentina no es obra de crisis externas ni de castigos divinos; sus autores son nativos extraviados en una selva de prejuicios y errores.

Funcionarios kirchneristas aceptaron que el decreto que reglamentó la ley de inteligencia interna está empapado por la sospecha de que algo podría pasar en la economía antes de las elecciones de octubre. Han salido a la caza de supuestos y eventuales culpables. Ese decreto podría ser inconstitucional porque termina legislando más allá de los límites de la propia ley. Podría serlo también porque las escuchas telefónicas sobre ejecutivos de empresas y bancos se harían de manera "preventiva". ¿Tal prevención prevé la participación de un juez? ¿Se podría hacer prevención respetando el papeleo que requiere la intervención de un juez? Si un juez no autorizara esas escuchas telefónicas, éstas serán definitivamente ilegales.

Ese decreto abre una grieta profunda en la muralla que defiende la privacidad y las libertades de las personas. El Estado puede conocer conversaciones privadas, interpretarlas a su manera y, encima, difundirlas o tomar decisiones sobre los protagonistas de las conversaciones. Las escuchas telefónicas están en manos de la kirchnerista jefa de los fiscales, Alejandra Gils Carbó, que seguramente las trasladará primero al poder político y luego a la Justicia. "Es una bomba neutrónica en manos de este gobierno", señaló un importante dirigente empresario. Menos de cinco meses antes de entregar el poder, Cristina Kirchner está inclinando cada vez más a la Argentina hacia el espejo de Venezuela, que se desliza por el terraplén de un Estado fallido, aunque autoritario.

El problema económico de Cristina es, en efecto, la permanente desconfianza social en su manejo de las cosas prácticas. La sociedad argentina dolarizó la economía de hecho a partir de que la Presidenta asumió su primer mandato. La corrida cambiaria comenzó en los meses de su elección inaugural, más precisamente en el último trimestre de 2007 (fue elegida por primera vez en octubre de ese año). Desde ese momento hasta la instauración del cepo al dólar, un mes después de su reelección, en octubre de 2011, se fueron del Banco Central 80.000 millones de dólares. En los dos meses y medio previo a octubre de 2011, se habían ido 5500 millones de dólares.

A pesar del cepo, en los últimos cuatro años, los argentinos buscaron atajos para cambiar pesos por 5000 millones de dólares. Ahora deben pedir autorización a la AFIP, hacer colas en los bancos y esperar la ratificación del ente recaudador para conseguir dólares legales. Semejante fárrago de trámites no los desalienta para comprar dólares a un ritmo de 500 millones mensuales.

Cristina heredó un país con 50.000 millones de dólares de reservas y entregará un Banco Central vaciado de dólares. El circulante monetario es superior ya a las reservas declaradas. A estas reservas deben restárseles, no obstante, los swaps de China (que son de China); los encajes en dólares (que son de los depositantes y no del Banco Central); los pagos de importaciones autorizadas y no amortizadas, y los dólares que corresponden a pagos de la deuda que no se hacen por orden del juez Thomas Griesa, pero que figuran como reservas argentinas, aunque el Gobierno proclama que están a disposición de los tenedores de bonos que aceptaron los canjes. El resultado final será desolador para el próximo gobierno.

No hay servicio de inteligencia que pueda solucionar esos problemas, sobre todo, cuando ningún funcionario se plantea resolver el cepo al dólar (que paralizó la economía), el indescriptible déficit fiscal y la inflación que ni siquiera se nombra. "Alguien le dijo a la Presidenta que puede tener problemas antes de octubre con la economía", cuentan los que la escuchan. Los problemas se los crea ella.

Los que también se crearon problemas, sin haberlos tenido, son sus opositores. La segunda vuelta en la Capital es un absurdo político difícil de entender desde la política práctica. Opositores se disputan entre ellos una elección que está ganada de antemano por la oposición. La principal culpa no es de Lousteau, porque él ha manifestado que no tiene compromiso con ningún candidato presidencial de la oposición (o los tiene a medias con todos).

Eso explica, en alguna medida, que él se pregunte qué harían los opositores si Mariano Recalde hubiera hecho una mejor elección y estuviera en el ballottage. O qué harían si hubiera segunda vuelta entre Mauricio Macri y Daniel Scioli. Con Recalde o Scioli, la oposición hubiera ido o iría a una segunda vuelta. Aquéllos son las propuestas del oficialismo contra la oferta opositora. Se supone que Lousteau forma parte del espacio opositor, aunque a veces confunde. Habla bien de Margarita Stolbizer, de Elisa Carrió y de Ernesto Sanz, pero no se olvida de convocar al voto kirchnerista. La Capital es el distrito del principal candidato de la oposición, Mauricio Macri, según todas las encuestas.

El primer responsable del embrollo es el radicalismo, que se ha hecho cargo de continuar inútilmente con una elección terminada cuando faltarán 20 días para las elecciones primarias nacionales. En éstas comenzará a revelarse si hay un final previsible para el kirchnerismo o si, en cambio, la continuidad será la posibilidad más segura. "Si Lousteau denuncia permanentemente que Macri es un mal administrador y que juega sucio, ¿cómo haríamos después de las primarias para respaldarlo como nuestro candidato a presidente?", preguntó un destacado dirigente radical.

Como recordó Facundo Suárez Lastra, Lousteau no es radical y eso hace más inexplicable la actitud casi militante de la conducción nacional de ese partido a favor de Lousteau y el ballottage. Es más incomprensible aún porque el enredo capitalino les quita tiempo a los precandidatos presidenciales para hacer su propia campaña en tiempos muy escasos. Uno de esos precandidatos es el propio Sanz, presidente del radicalismo y principal impulsor de la segunda vuelta. La actitud de Sanz provocó ya algunas fricciones con Macri. La semana pasada, Macri almorzó largamente con Julio Cobos, el eterno enemigo de Sanz en la interna mendocina. A su vez, Elisa Carrió dijo que obviamente votará por Lousteau… si votara. Estará el fin de semana próximo en las Cataratas del Iguazú, a más de 1000 kilómetros de la Capital, cultivando su campaña presidencial.

También Enrique Nosiglia trató de convencer a Lousteau de que el ballottage será un intento inútil. No consiguió nada. No se sabe qué hizo (si es que hizo algo) el otro apoyo político y financiero de Lousteau, Chrystian Colombo.

Puede ser que el proyecto de Lousteau consista en conseguir más del 40 por ciento de los votos en segunda vuelta y convertirse en la alternativa futura del macrismo en la Capital, desplazando de ese lugar a Carrió. La experiencia no es buena en ese sentido. Daniel Filmus alcanzó varias veces ese porcentaje en segundas vueltas y no se convirtió en alternativa de nada. Un planteo egoísta en un contexto peligroso, en el que Cristina recorta libertades y acota los derechos civiles.

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