Felices Fiestas, por así decirlo

Norberto Firpo
Norberto Firpo LA NACION
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22 de diciembre de 2001  

La doctora en filosofía Sara Tustra caminaba por el microcentro porteño, bajo el sofocante solazo de las 2 de la tarde, y aun así entonaba una de las seis cantatas del Oratorio de Navidad , de Bach. Cosa de filósofos, ni el calor ni el hecho de que acabara de resignar para otro día el cobro de su jubilación habían mellado su buen talante. La casa bancaria en la que debía hacer efectivos sus 208 pesos era un campo de Agramante, un hervidero de gente mayor que sufría el menoscabo de su dignidad, y por eso tumultuosa y angustiada. Las calles, en cambio, rezumaban jolgorio, claro indicio de que los fervores navideños se imponían al desbarajuste económico, graciosamente urdido por los mentalistas de Harvard.

"¡Qué extraño! -divagó la filósofa para su coleto-. El país está que arde y, sin embargo, menudean por doquier los gestos de algazara y todo el mundo se prodiga augurios de felicidad con plausible frenesí." En realidad, ese panorama obedecía a una simple razón: las reglas de urbanidad navideña impulsan un canje de buenos augurios, protocolar e inocuo, convenientemente esterilizado, ya que no implican, de común, el menor compromiso personal para que el prójimo los haga realidad. Sólo excepcionalmente, tan nobles deseos aparecen acompañados por acciones solidarias destinadas a que el prójimo desdichado lo sea un poco menos.

"Palabras huecas y emblemas paganos, he ahí los signos más notorios del folclore navideño... ¡Qué pena! El espíritu de Belén propone otras conductas", pensó la filósofa Sara Tustra, ya sin ganas de tararear la cantata.

Las palabras y el Verbo

En una esquina, se topó con un grupo de jóvenes aspirantes a ejecutivos, inconfundibles porque lucían barba prolijamente descuidada, de dos días sin rasurar, pulcro ambo oscuro, corbata con la efigie de Homero Simpson, medias de tenis y mocasines color cereza. Además, cada uno portaba su teléfono celular, lo cual subrayaba la certeza de que eran algo así como los Harry Potter de la magia financiera. La filósofa se arrimó a ellos, de puro metereta, y los descubrió embarcados en ardua controversia sobre las penurias que afligen al país. Parecían coincidir en este punto: la energía indispensable para "zafar" de la aciaga coyuntura debía ser el producto de la masa crítica de consenso multipartidario por el cuadrado de la velocidad para hallar respuestas eficaces y coherentes. Era una derivación de la teoría de Einstein, ahora más conocida como teorema de Mostaza Merlo.

Finalmente, los muchachos se arracimaron en un jubiloso duelo de palmadas en los hombros y levantaron una nube de caspa que espesó todavía más el aire del microcentro. No se verían hasta después de la Navidad, de manera que canjearon toda clase de anhelos de ventura personal y familiar y partieron raudamente, en distintas direcciones, hacia sus oficinas. La filósofa Sara Tustra, especialista en utopías posmodernas, los vio alejarse y meditó: "Los deseos de felicidad representan apenas un sello de cordialidad cuando se sueltan desaprensivamente y no convocan a la solidaridad social. Otro sería el cantar argentino si lleváramos a la acción el mensaje de Jesús... No bastan las palabras, muchachos, que para eso están los políticos".

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