Festejar pensando en los demás

Por María Nieves Tapia Para LA NACION
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22 de noviembre de 2002  

Nuestros hijos, que lagrimeaban para que liberaran a Willy, parecen más preocupados por el hábitat de las orcas que por su propia salud y ambiente: nos piden fortunas para irse por diez días a bailar toda la noche y dormir en el tiempo en que podrían contemplar la naturaleza, a consumir comida chatarra y otras sustancias aún menos saludables, a agredir el paisaje con regueros de basura y graffiti , y a exponerse a violencias que no dejarían sufrir al más sanguinario tiburón.

De ayer a hoy

Aunque suene increíble, hubo tiempos en que los viajes de egresados no eran una "necesidad básica" ni una práctica generalizada. Pero aun en medio de la crisis, la devaluada clase media argentina sigue empeñando lo que sea con tal de brindar a sus hijos esa suerte de rito de pasaje sin el cual pareciera que los condenamos a una frustración irreparable.

Muchos padres guardan un recuerdo idealizado de un viaje de egresados que ya no existe. Sí: a la vuelta, los varones siguen inventando conquistas amorosas que no fueron y las chicas siguen peleándose por motivos que no recordarán dentro de diez años, pero por lo demás, nuestros viajes se parecen tanto a los de hoy como Juvenilia al actual Colegio Nacional de Buenos Aires.

En esta era de megaempresas con circuitos cerrados de hotel-discoteca-tienda de souvenirs , ejércitos de promotores carilindos y bronceados acechan a la salida de la escuela, armados a veces de algo más que sonrisas (recordemos al promotor que murió acuchillado en la vereda por uno de la competencia). Sus estrategias de venta apuntan a los alumnos líderes, a los que ofrecen viajes gratis o lo que sea para que convenzan a sus compañeros. Se sabe que los padres terminarán casi siempre haciendo lo que los chicos manden...

Será que los hijos ya son grandes y cuesta ponerles límites. Será que los padres se resignan a lo que todos hacen, por la vieja teoría del avestruz, o por el remanido "yo confío en mi hijo".

El problema aparece cuando nuestro confiable hijo es apiñado en hoteles con cientos de otros en quienes no tenemos por qué confiar, bajo la escasa o nula supervisión de "coordinadores" casi de su misma edad. Con oferta permanente de fiesta, droga y todo lo demás, en pocos minutos puede desencadenarse una pesadilla. Baste recordar a la adolescente correntina a la que, "jugando", un grupo de chicos de otra escuela arrojó vestida a una bañera llena de agua hirviendo: el vestido de material sintético se le pegó a la piel y tuvo que ser internada con quemaduras graves.

De hecho, en los últimos años los viajes de egresados han salido demasiadas veces en las páginas policiales. Las muertes más tristemente célebres son sólo la punta del iceberg. Cuando se quiebran los pactos de silencio o no queda más remedio que llamar a la familia, emergen historias de comas alcohólicos, sobredosis, violaciones y otras que harían poner los pelos de punta al más compinche de los padres. No por nada San Martín de los Andes prohibió la entrada para los viajes estudiantiles y en la mismísima Bariloche muchos están pidiendo seguir el ejemplo.

Aun cuando no se llegue a estas situaciones extremas, los docentes se quejan de que quinto año, entre el antes y después del viaje y los chicos llegando al aula sin dormir por las fiestas de egresados de entresemana, se ha convertido en un año perdido. En un país en el que ya se pierden muchos días de clase en beneficio del miniturismo y del derecho de huelga, miles de estudiantes siguen dedicando diez días hábiles a actividades no precisamente educativas. Con los resultados de los ingresos universitarios a la vista, pareciera que éste es un lujo que no deberíamos permitirnos sin al menos algo de debate.

Si a pesar de la crisis circundante nuestros hijos y alumnos deciden que lo único que importa es divertirse a cualquier precio, ¿no tendremos que revisar cómo formamos a los futuros ciudadanos? ¿Tenemos que rendirnos y asumir que son los chicos y las empresas los que mandan? ¿La solución es prohibir? ¿Los mejores colegios son los que se lavan las manos? ¿Los mejores padres son los que dicen: "Vos no vas"?

Los que "se reciclaron"

Lo cierto es que muchas escuelas abandonaron la hipocresía de llamar "viaje de estudio" a lo que no lo es, y han deslindado responsabilidades: si los chicos quieren viajar, que lo hagan bajo exclusiva responsabilidad de los padres, y que junten las faltas, porque la escuela no las autoriza. No por casualidad, Río Negro ha sido la primera provincia en prohibir oficialmente los viajes de egresados durante el ciclo lectivo.

Ofrecer propuestas alternativas suele ser más difícil que prohibir. Y la verdad es que los primeros que han empezado a "reciclar" los viajes de egresados han sido los propios chicos: son conocidos sólo algunos de los casos en que han donado lo ahorrado para el viaje para ayudar a un compañero enfermo o atender una necesidad urgente. Muchos otros le están dando a su viaje una finalidad solidaria.

Muchos estudiantes han descubierto que irse de campamento y pintar una escuela rural resulta, además de divertido, un momento inolvidable que los hace experimentarse como valiosos y descubrir que hay todo un mundo más allá de la play-station .

Los viajes de egresados solidarios están tomando múltiples formas: hay escuelas que organizan intercambios con escuelas de otras localidades; hay quienes aplican lo aprendido en clase y construyen casas o instalan paneles solares; otros que mezclan actividades turísticas tradicionales con alguna acción social, uniendo diversión y formación ciudadana práctica. La experiencia muestra que es más fácil plantear este tipo de alternativas en escuelas que ya vienen proponiendo a sus alumnos actividades participativas, como el Colegio Mariano Acosta, el Pío IX o el Martin Buber, escuelas porteñas que presentaron sus experiencias de viajes solidarios al Premio Ciudad Escuelas Solidarias 2002.

Es también el caso de la Escuela Fortunato Bonelli, de San Nicolás, ganadora en 2001 del hoy desaparecido Premio Presidencial a las Escuelas Solidarias. Los estudiantes habían ahorrado con mucho esfuerzo lo suficiente como para un viaje de egresados "tradicional", pero durante la entrega del premio conocieron a los chicos del Taller Angelelli, de las afueras de Bariloche, que les hicieron ver la otra cara de la nieve: para ellos no era motivo de diversión, sino de hambre y frío, y ante cada temporal salían a tratar de dar refugio a los ancianos y discapacitados de la comunidad en el edificio escolar. El conmovedor testimonio llevó a los de San Nicolás a cambiar sus planes de viaje: lo llamaron "el otro Sur", y se convirtió en un recorrido de intercambio con otras escuelas solidarias y de ayuda a escuelas rurales, en las que distribuyeron útiles y alimentos reunidos con el apoyo de toda la comunidad.

Durante el viaje, los chicos de San Nicolás cantaban: "Tienes que encender una luz, aunque sea pequeña". Un viaje de egresados puede dejar de ser un despilfarro para ser un aporte para construir un país distinto. Aunque sea pequeño.

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