Focos de contaminación

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28 de abril de 2004  

La ciudad de Buenos Aires y la de Avellaneda se encuentran condenadas a convivir, desde hace muchos años, con dos peligrosos vecinos: el tramo final de la cuenca Matanza-Riachuelo y el denominado polo petroquímico del Dock Sur.

A medida que transcurre el tiempo, se han ido tornando cada vez más evidentes las nocivas consecuencias que esa proximidad les provoca a quienes habitan en vastas áreas de esos dos centros urbanos tan densamente poblados, donde el agua del pozo está contaminada por los basurales y las filtraciones que comunican al Riachuelo con las napas freáticas y por los millones de pozos ciegos y cámaras sépticas que imperan en la zona.

Sin embargo, las autoridades no parecen advertir una situación irregular que configura gravísimos riesgos para la seguridad y la salud pública e incluso pone en peligro la seguridad de las zonas involucradas.

Acerca del Riachuelo sólo cabría expresar que la desidia y la indiferencia lo han convertido en una de las mayores fuentes de contaminación ambiental del país. Se trata de una anomalía largamente comprobada -las primeras estimaciones en ese sentido datan de mediados del siglo XIX-, que ya ha dado lugar a infinidad de advertencias con sólida base científica y a numerosos reclamos, emitidos desde los más diversos foros, entre ellos esta columna editorial.

Hasta el día de hoy, esta prédica, razonable, parece haberse estrellado contra un sólido muro de promesas incumplidas. Para fundamentar esa afirmación basta con recordar, a título de mero ejemplo, aquel jactancioso anuncio de una intervención decisiva y definitiva -los "1000 días"-, después de la cual el Riachuelo iba a quedar habilitado para la pesca y la natación no sólo en el tramo que aquí nos ocupa, sino en toda la extensión de la cuenca, receptora cada día de 400.000 metros cúbicos de aguas servidas y de 125.000 metros cúbicos de residuos industriales.

En el caso de las ciudades de Buenos Aires y Avellaneda, tan penosa realidad tiene el agravante de la forzosa convivencia con el polo petroquímico del Dock Sur que, a partir de la antigua dársena de inflamables, ganó espacio y amplitud a costa de considerables franjas ribereñas. Las emanaciones provenientes de ese complejo industrial han degradado de manera notable la calidad del medio ambiente. Hace algunos días, dos notas publicadas por LA NACION dieron cuenta de que los hospitales públicos porteños atienden a numerosos pacientes afectados por la existencia en su sangre de elevados e intolerables índices de tolueno, un derivado de los hidrocarburos. Asimismo, hay quienes presentan síntomas de la presencia de plomo u otros metales pesados en el organismo. Casi está de más alertar acerca de la gravedad de dichas verificaciones médicas.

El polo petroquímico está ubicado a unas cincuenta cuadras en línea recta de la Plaza de Mayo y del centro neurálgico de nuestra ciudad. Las humaredas y llamas que brotan de sus chimeneas son visibles desde cualquier edificio elevado de la zona sur de la metrópoli. ¿Acaso alguien se ha detenido siquiera a pensar cuáles podrían ser los efectos de un siniestro en los depósitos de combustibles altamente inflamables? En especial, si se recuerda que hace más o menos dos décadas un buque petrolero ardió durante varios días en las cercanías de aquellas instalaciones. No se trata de formular pronósticos agoreros. No obstante, resulta indispensable que las autoridades nacionales y locales emprendan el inmediato saneamiento de la cuenca Matanza-Riachuelo, llevando además a cabo una investigación que permita conocer los responsables de la contaminación en el área, de modo de detener el impacto ambiental causado por la subsistencia de la cuenca Matanza-Riachuelo y el denominado polo petroquímico del Dock Sur.

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