Francisco. El Papa pastor, más valioso que el político

Cinco años de papado. Sus mayores aportes están en su faceta de líder religioso y no como jefe de Estado
Carlos M. Reymundo Roberts
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25 de febrero de 2018  

Hasta aquí, el papado de Francisco no logrará pasar a la historia por éxitos fulgurantes en algunos de sus mayores desafíos: desterrar los peores vicios de la curia romana, alinear a la jerarquía, convertir a la Iglesia en una voz con peso en los grandes foros, contribuir a la pacificación del mundo.

En todos esos ítems los avances han sido modestos. El Vaticano de corrupción y lobbies inconfesables que heredó Bergoglio parece resistir los aires de cambio; las disidencias y hasta la oposición frontal al Pontífice de franjas representativas de la comunidad eclesiástica no han cesado, y sus gestiones diplomáticas en el convulsionado Medio Oriente, en la crisis de los refugiados y en la devastada Venezuela (en este caso, tardías, tibias, incluso complacientes con el régimen de Maduro) no han conseguido mucho. Las excepciones, en materia internacional, son la contribución al histórico acercamiento entre Estados Unidos y Cuba y el posible acuerdo para restablecer, después de casi 70 años, las relaciones diplomáticas con China.

En la lacerante saga de abusos sexuales a menores por parte de clérigos, la posición del Papa ha sido irreprochable. Sus decisiones, no siempre. Pero en el caso de Chile acaba de mostrar que si tiene que volver sobre sus pasos, lo hace.

En el terreno de las ideas políticas y económicas, sus mensajes, especialmente en América latina, se han centrado en la condena al “capitalismo liberal”, al que convierte en fuente de todas las penurias e injusticias. Si algo ha padecido la región en este tramo de la historia no es el “neoliberalismo”, sino regímenes populistas de corte autoritario o dictatorial que trajeron desastres económicos, fracturas sociales, violación de los derechos humanos y niveles inauditos de corrupción. Esos regímenes no han merecido la reprobación del Papa, que en cambio pone el acento en sistemas a los que ya casi ningún gobierno adscribe.

Tampoco podrá anotarse en el haber de Francisco su política hacia la Argentina. Desde que fue elegido, la grieta que divide al país no sólo permanece, sino que él mismo pareció en ocasiones haberla alimentado. Después de cinco años, el Papa no quiere, o no puede, visitar su país.

Si el balance terminara aquí, estos cinco años de pontificado cerrarían con déficit. Pero los mayores aportes hay que buscarlos en su faceta de líder espiritual, religioso, y no como jefe de Estado. Francisco se ganó un lugar entre los papas transformadores, primero, con sus gestos de humildad y austeridad: cuando rechazó llevar una cruz de oro y vivir en los magníficos aposentos papales, cuando siguió usando sus viejos zapatos, cuando lavó pies de presos en una cárcel, cuando se opuso a todo lo que pudiera representar lujo y riqueza. Esos gestos, de raíz evangélica, suponen un antes y un después en la cultura vaticana y en la Iglesia universal, tan necesitada de alinear las formas de vida de sus pastores –y no sólo de ellos– con el mensaje de su fundador.

Bergoglio no empezó a predicar con el ejemplo en el momento de ser coronado. En Buenos Aires, siendo arzobispo, viajaba en colectivo, comía frugalmente y huía de cualquier privilegio. Al instalarse en la Curia, sobre la Plaza de Mayo, desechó un más que confortable departamento, el que le correspondía, para ocupar un estrecho cuarto de huéspedes.

Otro aporte extraordinario, acaso el más significativo, se insinuó a bordo del avión que lo llevaba de Río a Roma, en julio de 2013. “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?”, dijo, ante la pregunta de un periodista. Esa declaración, puesta en la boca de un papa, supuso un quiebre de alcances difíciles de mensurar. Estaba presentando una nueva Iglesia, más comprensiva e inclusiva, más dispuesta a perdonar que a amonestar. Vino a recordar que lo condenable es el pecado, no el pecador. Que ninguna persona, en ninguna circunstancia, puede ser desechada. Que la Iglesia debe ser una madre que abrace a todos. También a los divorciados vueltos a casar, a los que tanto ha aludido.

En la exhortación apostólica Amoris Laetitia, de abril de 2016, escribió: “El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero. […] Hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones. […] Se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial”.

No es, en rigor, un cambio de doctrina. Pero sí es un revulsivo, una invitación a mirar con otros ojos realidades habituales de estos tiempos.

Ese Papa que abre los brazos, que incluye y perdona, es, sin duda, el más trascendente. El Papa pastor, el que quiere transformar los corazones, hará más historia que el intelectual o el estadista.

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