Fútbol: tensión y catarsis

Por Elemer Hankiss Para LA NACION
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29 de junio de 2002  

BUDAPEST.- ¡Goool! Si es nuestro, estamos en la gloria. Si es del otro, sufrimos los tormentos del infierno. La trayectoria de una pelota, ¿cómo puede causar tanto dolor o bienaventuranza? Llevo semanas sentado ante mi televisor, mirando la Copa del Mundo. Mi esposa me amenaza con el divorcio y otras medidas disciplinarias. ¿De dónde viene esta atracción, esta magia?

El mundo lúdico es nuestro edén permanente. En cualquier momento, podemos salir de nuestro mundo real y entrar en la libertad, inocencia y arrobamiento del juego. ¿Comparar el fútbol con el edén? ¿Qué tienen que ver el uno con el otro?

Cada uno demarca una esfera sagrada de libertad y orden, de inocencia, espiritualidad y justicia, separándola de nuestro mundo cotidiano de caos, servidumbre, injusticias y culpas. Dentro de los límites del tablero de ajedrez, de una cancha de tenis o de fútbol, nos sentimos libres: aquí, no estamos sometidos a las férreas leyes del mundo exterior. Nos sentimos inocentes porque el mundo del juego es también el de la inocencia: es un jardín del edén antes de la caída. Aquí podemos saciar nuestra sed de éxito, poder y dominio con un egoísmo infantil, sin sentirnos culpables.

Paradójicamente, en el mundo lúdico la libertad nace de las restricciones. En el fútbol, la regla básica es simple: hay que mover la pelota hasta uno de los arcos. Si rodara directamente desde el centro de la cancha hasta un arco, su trayectoria estaría determinada de manera estricta, o parecería estarlo, y todo el juego resultaría aburrido. Para generar libertad, las reglas ponen obstáculos en el camino del balón y complican su movimiento.

Ante todo, colocan en la cancha dos equipos de once jugadores y les encomiendan la tarea de hacer entrar la pelota en arcos opuestos. Con veintidós jugadores, actuando según su voluntad y destreza, con diversos movimientos de confrontación y cooperación, las combinaciones posibles se multiplican casi hasta el infinito. Después de esto, sólo hace falta un factor adicional para crear un verdadero mundo de sorpresas felices, libertad y bienaventuranza: la pelota.

Las pelotas figuran entre los más importantes “generadores de libertad” en nuestra vida. Una pelota es la encarnación de la libertad. Puede saltar y rebotar en cualquier dirección. Se diría que posee voluntad propia. No obstante ser un objeto, parece ser libre. Al introducir en el juego el factor aleatorio y lo imprevisible, transforma una lucha humana enconada y prosaica en una epifanía de espiritualidad y libertad.

La esfera de lo sagrado

En sus movimientos rápidos, el azar y el hombre interactúan. El balón corre de aquí para allí con alegre irresponsabilidad, entre la voluntad humana y el azar, la libertad y la limitación, el éxito y el fracaso, la esperanza y la desesperación, para enseguida rebotar y volver al mundo de la esperanza. Posee un universo propio. Se mueve en la esfera de lo sagrado.

Pero ese ámbito sagrado no existe sin lo profano. La cancha de fútbol es delimitada y contrapuesta al mundo que la rodea. Sin la tensión entre ella y las tribunas, la experiencia y la ceremonia sagrada quedarían incompletas. Al campo limpio, verde esmeralda, y la libertad del juego, debe oponerse la muchedumbre que, en la oscuridad de las gradas, grita, aúlla, enciende antorchas y salta constantemente de la alegría extática a una aflicción infernal.

En nuestra vida diaria, la razón y las pasiones se entremezclan. El fútbol (y algunos otros juegos) separa y opone estos dos reinos. Todas las pasiones, emociones e instintos son empujados hacia el lado de los espectadores. Ellos se enfurecen y aman, retozan y estallan, hasta alcanzar una catarsis, si triunfa su equipo, o descienden al infierno, si pierde. Al mismo tiempo, contemplan, perciben y viven la libertad de la espiritualidad, apolínea, del juego que se desarrolla en la cancha.

En efecto, los jugadores se mueven en un mundo de espiritualidad. Durante el juego, se supone que actúan como seres puramente racionales que han dejado atrás sus pasiones y emociones cotidianas, sus deseos o temores personales. El suyo es un mundo de justicia y de imparcialidad absoluta, de perfecta igualdad de oportunidades, jamás logrado en nuestra vida diaria. Hasta se equilibran las ventajas que otorga la dirección del viento. En mitad del partido, los dos equipos cambian de arco. En el mundo real, ¿cuándo y dónde los privilegiados y los desfavorecidos invertimos las posiciones?

Además, se presume que los jugadores no violarán el reglamento. Si lo hacen, son castigados, y si reinciden, son excluidos del juego. Expulsados de la esfera de espiritualidad, los vemos descender al gélido Hades de los vestuarios.

La verdadera expulsión del paraíso sobreviene únicamente si se profana el carácter sagrado del juego, si el hechizo es roto por jugadores que, cayendo de sus roles angelicales, se van a las manos en el campo de juego; por un árbitro tramposo; por espectadores que invaden la cancha. Tales hechos causan un daño persistente a las personas y a la comunidad. Qué golpe amargo es percatarse de lo frágil que es nuestro mundo de libertad, espiritualidad y dignidad, y volver a despertar en nuestro mundo cotidiano, menos hospitalario, como lo haremos cuando la Copa tenga un ganador.

© Project Syndicate y LA NACION

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

Elemer Hankiss es profesor del Instituto de Sociología de la Academia Húngara de Ciencias.

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