Generaciones en la calle

Inés María Correa
Inés María Correa PARA LA NACION
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2 de octubre de 2015  

El sufrimiento de los más chicos es la herida por donde sangran las sociedades. Hace unos días la humanidad entera se estremeció al ver la fotografía de un niño sirio muerto en las costas del mar de Turquía. Lo que se logró, apenitas, fue que algunos países decidieran recibir a más refugiados, pero siguen muriendo niños ahogados y ya no ocupan las tapas de los diarios.

En nuestro país, una gran cantidad de niños muy pequeños deambulan por las calles, a veces buscando una moneda, a veces consumiendo paco, siempre buscando un poco de cariño. Cuando andamos muy apurados ni los registramos y, como duele verlos, la mayoría de las veces miramos para otro lado.

Sin embargo, cada vez resulta más difícil hablar de los chicos de la calle sin entrar a tocar mezquindades políticas. Pero lo cierto es que es fundamental aunar voluntades para cuidar a nuestros chicos, porque, aunque nadie quiere verlos y muchos intenten invisibilizarlos, ellos están en la calle y no quieren estar ahí. Ésa es la realidad: los chicos no quieren estar en la calle. Lo afirmo porque conozco a muchos de ellos, no es retórica. Fui a buscarlos para que me contaran sus historias, para saber cómo viven y qué sienten, y reuní sus testimonios en un libro, Generación Calle. Allí conté la historia de Walter, por ejemplo. La última vez que lo había visto, lo encontré comiendo un pancho en uno de los puestos de la estación Retiro. Me había contado que quería entrar en un hogar de chicos porque estaba cansado de trabajar todo el día en la calle y después no tener adónde ir. En ese momento le dije que le iba a averiguar algún lugar, aunque le advertí que podría ser complicado porque él ya casi alcanzaba la mayoría de edad.

La vida de los chicos y sus voces son lo importante, no alcanza con lo que se dice de ellos o las políticas que se arman para ellos. Bajar la mayoría de edad a los 18 años en 2009 con la ley 26.579 se tomó como un logro del progresismo, ya que a la mayoría de los chicos los benefició disponer de autonomía a partir de esa edad. Pero, como casi siempre, los más vulnerables no están previstos en las generales de la ley. A partir de ese momento las instituciones dieron por concluida la atención a los chicos que residían en hogares, por ejemplo, o bajo la cobertura de los organismos públicos que atienden a la niñez. "Ya cumpliste los 18 años, podés hacerte cargo de tu vida", empezó a escucharse en las distintas áreas, públicas y privadas, que se ocupan de la niñez, en algunos casos con impotencia y desazón, en otros con alivio, ya que no tendrían que ocuparse de tanta cantidad de niñas y niños.

La nueva legislación en lo referente a los niños, niñas y adolescentes ha sido un gran avance, pareciera que han adquirido derechos que antes no tenían. Desde la incorporación de la Convención Internacional de los Derechos de los Niños en nuestra Constitución se inició en el país un nuevo camino. Desde ese punto de vista se ha avanzado muchísimo, los chicos tienen más derechos, pero al Estado -como contraparte de la obligaciones para con ellos- no se le exige como se debiera, en cuanto a lo que se les debe dar tanto a los chicos como a sus familias. Entonces el niño o la niña pueden ahora decidir no vivir más con su familia que los viola o los golpea, pero, como quizá viven en una zona de riesgo, casi ningún profesional llega a verificar esa situación. Así las cosas, muchas veces tienen derechos, pero no los pueden ejercer. La legislación se modificó, pero las estructuras aún no se adaptaron para incluir a todos.

Esto sigue ocurriendo hoy en la Argentina, pese al alivio que trajo la AUH: demasiados chicos siguen en la calle. Ésa es la realidad. Y las causas pueden ser muchas. Algunas anécdotas se ofrecen como explicación: la mamá de Mariela estaba curándole a una de sus hijas las heridas provocadas por los golpes de su marido cuando oyó que le decía a su hermana: "Ya no aguanto más, voy a salir con vos, ya no lo aguanto, está cada vez peor". La hermana la alentaba: "Dale, sí, vamos a la capital. Nos juntamos en la esquina del shopping, ahí pasa mucha gente con plata. Nos sentamos en la placita que está cerca y mientras tomamos mate cuidamos a los chicos. Ellos van con un balde y limpian los vidrios de los autos, los más chicos venden flores. No sabés, al final del día juntás buena plata. Venite. Por los chicos no te preocupes, están cerca de nosotras. Además, como se conocen todos, se van cuidando y después se turnan por horas, para no cansarse tanto". Hay cientas, miles, de historias como ésta. Porque son miles las niñas, niños y adolescentes que llegan a la calle como si hubiera un resorte que los expulsara.

En la vereda, en las plazas, en las estaciones de tren, nuestra sociedad deja al descubierto su peor herida, la que no quiere ver, la que intenta ocultarse a sí misma. Hasta que ocurre algo trágico, como lo que mostró una foto en las costas de Turquía. Aunque Aylan no era ni será el único niño que va a morir en esos mares, la imagen logró desnudar la deshumanización de algunos poderosos en la toma de decisiones.

Así pasa con nuestros chicos de la calle. Ellos están ahí, sin mucha más expectativa que vivir un día más. Se hacen visibles cuando un hecho atroz los lleva a la tapa de los diarios. Quizá llegue el momento en que no sean más invisibles para nosotros y los podamos incluir, darles un futuro, y si ese futuro es una mejor vida para ellos, será óptimo, y eso es posible.

Trabajadora social, autora de Generación Calle (Marea Editorial)

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