Glotonería informática

Por Orlando Barone
Por Orlando Barone
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19 de marzo de 2000  

¿Internet hace a la sociedad humana más inteligente y más culta? La discusión que se desató en la Secretaría de Ciencia y Técnología de la Nación reanuda el recurrente dilema entre tecnología y ciencia, entre información y conocimiento, entre cuerpo y espíritu. Ya hace casi veinte años que los científicos franceses Nora y Minc, ante el avance de la marea informática y al observar la facilidad de su encantamiento y la frivolidad con que el mundo adhiere, sin pensar, a los nuevos fenómenos, decían que no era "cuestión de construir autopistas de vértigo para que por ellas circularan caballos". No decían que no había que construir autopistas sino que antes había que superar la categoría de caballo para poder usufuctuarla con beneficio. La metáfora es válida, ya que cualquier servidor de Internet ha comprobado que las tres cuartas partes de las entradas de los usuarios en la red son en los rubros lúdico y pornográfico y no en el del conocimiento. En la Argentina actual, a la que una inundación cualquiera deja expuesta en la viva pobreza, y por contraste la desnuda en la ausencia de la más básica propiedad intelectual o cultural colectiva, parece haber cundido la ilusión de que Internet es la piedra filosofal. Basta andar por las calles céntricas inundadas de afiches para darse cuenta de la imposición manifiesta. Se venden portales y sitios a cientos de millones de dólares, a pura pérdida, y uno se pregunta con candor por qué, si es que van a perder, no invierten a pérdida en la educación argentina.

Ya se ha anunciado oficialmente que debería haber Internet en la escuelita más remota, en el confín más perdido. Allí donde paradójicamente todavía no hay ni proteínas, ni baños, ni enseñanza elemental idónea, ni libros.

El profesor Mario Albornoz, coordinador general de Investigación Científica, discrepó con su jefe, Dante Caputo. Cree un error privilegiar a Internet en desmedro de la ciencia. Su renuncia marca las diferencias. La prepotencia y soberbia con que la red avanza sobre la escena de la sociedad humana, que en su gran mayoría (en la Argentina, el 98 por ciento de sus habitantes) es ajena a sus dones y beneficios, pretende reducir a tamaño insignificante a los que están apartados de ese esplendor informático.

Se quiere hacer creer que, sin él, el ser humano retrocede al medievo. Qué novedad. ¿A qué jerarquía histórica y cultural pertenecen la casi mitad de los niños argentinos tan pobres como mendigos, y hasta el treinta por ciento de los adultos que no sólo nunca supieron del dentífrico ni del hilo dental, ni de Joyce, ni de Proust, sino que nunca sumaron en dinero más que trescientos pesos como límite más alto de sueldo? No me los imagino con sus pies descalzos y sentados ante el procesador navegando por Internet, por el mundo, desorientados, como si alguien que no sabe leer ni escribir es obligado a entrar en la biblioteca de Alejandría y no sabe qué hacer con tantos libros porque nunca ha visto ninguno y tampoco sabe para qué sirven. Para gozar de los bienes de un credo es suficiente entrar en el templo con fe; pero esa fe no basta para que Internet nos dote de sabiduría. Y con el riesgo de agravar nuestra estupidez, realimentándola con más graves errores que aquellos con los que iniciamos la travesía.

"Un plan informático no reemplaza los problemas centrales de la ciencia, que no son de información, sino de la capacidad de las distintas disciplinas", afirmó el investigador Enrique Oteiza. "Se puede llegar a cometer un error típico de un país periférico: confundir, como los espejitos de colores, el acceso a la información con la capacidad científica".

A los gobernantes de países como la Argentina se les hace cada día más difícil no dejarse tentar por el señuelo de ese universo virtual sin pasar por retrógrados o inactivos. El periodismo también suele adolecer de este encantamiento: la comodidad de copiar a través de Internet lo que otro ha creado muy lejos acaba por vaciar de sustancia y pasión lo que se transmite sin sentimiento.

Y no es que cada ciudadano no deba tener su propio teléfono sino que, antes, cada uno de ellos debería saber hablar, modular palabras y, sobre todo, razonar, pensar, saber qué es lo que va a decir y con quién va a hablar. Un teléfono al cohete sólo sirve para acentuar la estupidez del usuario, el incremento de la banalidad oral, el derroche de energía técnica y humana sin usufructo.

Cuando en la primera presidencia de Perón se destinaron casas gratuitas a los pobrísimos inquilinos que habían vivido casi siempre a la intemperie y sin servicios, la transculturización prepotente los empujó a levantar el parquet para convertirlo en leña para el asado, o a destinar el bidet para guardar ropa sucia o lavarse las manos. Hace unos años, el escritor chileno Antonio Skármeta, autor de El cartero de Neruda , aparte de su entusiasmo por navegar por Internet, me confesaba sus dudas: "Es que me doy cuenta cada vez más de su infinito surtido y vastedad, y más me inmovilizo", me decía en una cantina de Almagro. "Estoy aprendiendo a escoger el blanco donde apunto: es lo más difícil. Hay gente que deambula sin ton ni son porque no sabe ya no el lugar donde está lo que busca sino qué es lo que busca. La ignorancia, la incultura -continuó- te hacen sentir deambulando por el caos, perdido como un punto insignificante en medio del mundo". Skármeta sabía que no sabía.

Nadie duda, por ejemplo, que el teléfono celular es una evolución del sistema de comunicaciones. Pero nadie sabe si el abuso de ese parloteo promiscuo -que incluye hasta el lugar del watercloset y el momento del amor, o votar por la patria sin dejar de pintarse las uñas- hace menos por la dicha que por la desdicha.

Si el primer nativo de América, que entregó su cultura y su vida a cambio de aquel espejito brillante con que lo tentaron los conquistadores, pudiera ver su propia historia es probable que por aquel espejito les hubiera dado menos. A lo sumo: una palta o unos choclos. Y el intercambio hubiera sido equitativo. Internet vale sólo lo que vale.

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