Guerra, extorsión y pobreza

Por Carlos Alberto Montaner
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2 de diciembre de 2001  

MADRID

Como consecuencia de esta cuarta guerra –la guerra contra el terrorismo–, Estados Unidos y el Occidente rico vuelven a ser extorsionados con el siguiente argumento, expresado por el presidente de Paquistán, Pervez Musharraf: "La pobreza y las privaciones conducen a la frustración, que hace que las masas sean más proclives a ser explotadas por grupos extremistas". O sea que para evitar que el señor Ben Laden tenga apoyo, Estados Unidos y Occidente deben rescatar de la miseria a los pobres del Tercer Mundo.

La proposición tiene dos aspectos fallidos. El primero es no entender las motivaciones de don Osama. Este personaje no representa un movimiento reformista encaminado a crear un mundo más justo e igualitario del que se haya erradicado la pobreza. A Ben Laden, millonario y amigo de millonarios, lo tiene sin cuidado la miseria de sus correligionarios. Su reino no es de este mundo. Su sagrado objetivo se limita a tratar de expulsar a los infieles del territorio islámico. Si su preocupación cardinal hubiera sido la distribución equitativa de los bienes disponibles, ¿por qué su pasada y sangrienta oposición a los soviéticos? Tampoco parece razonable la idea de que las turbas mahometanas que queman banderas americanas y británicas en las calles de Paquistán lo hacen como expresión de una fiera inconformidad con su triste desempeño económico. No se trata de un odio fundado en el contraste entre diversos grados de riqueza, sino de una reacción primaria, tribal, contra un enemigo extraño y distinto. Las masas islámicas están fatalmente acostumbradas a soportar las enormes diferencias sociales que se dan en esas sociedades. Donde todo lo que acaece es el resultado de la voluntad de un dios no hay mucho espacio para la rebeldía social. Rebelarse es una actitud propia de sociedades que creen en el libre albedrío y en la voluntad del ser humano para luchar contra la adversidad. O sea: las incardinadas en la tradición racionalista de Occidente.

El segundo error consiste en pensar que la asistencia económica va a sacar de la pobreza a estas sociedades y a potenciar el aprecio por las naciones prósperas del primer mundo. No se conoce un solo caso de un país que haya conseguido desarrollarse por medio del auxilio exterior. Esas ayudas a veces alivian superficialmente algunos problemas, pero nada más. Por otra parte, nunca fue más agudo el antioccidentalismo que en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta del siglo XX, cuando Estados Unidos y Europa, basados en la misma premisa, volcaron inútilmente miles de millones de dólares sobre el tercer mundo. Sólo la "Alianza para el Progreso se tragó treinta mil millones de dólares –casi tres veces el monto original del Plan Marshall– sin resultados apreciables. Mientras Washington, atemorizado por la Guerra Fría, bombeaba dólares sobre las sociedades latinoamericanas con el propósito ingenuo de estimular la lealtad, simultáneamente crecía el sentimiento antinorteamericano en buena parte de ese mundo. Nada extraño: de todas las emociones que estremecen al bicho humano, ninguna es más compleja y contradictoria que la gratitud. Mucho más reconfortante que agradecerle a Estados Unidos el auxilio que prestaba era culpar a ese país por las penurias padecidas.

No obstante, lo correcto y lo decente es continuar tratando de mitigar las miserias del Tercer Mundo, pero sin hacerse ilusiones políticas y sin creer que por ese medio se fomentan unos lazos de afecto genuino. Estados Unidos, que apenas otorga en calidad de ayuda la décima parte del uno por ciento de su PBI –el menor aporte proporcional del mundo desarrollado–, debería multiplicar esa cuota por ocho, como recomienda Naciones Unidas, pero simultáneamente debería vigilar muy cuidadosamente en qué se utilizan esos fondos. En mi experiencia, tiene mucho más sentido entregarles los recursos a organizaciones como World Vision, que se ocupa directamente de educar a niños pobres, que poner esos fondos en manos de gobiernos generalmente corruptos, como sucede en la mayor parte de los países del Tercer Mundo.

Y si de lo que se trata es de contribuir al progreso y desarrollo de estos pueblos, ¿por qué no elevar hasta la enésima potencia a esa efectiva ONG norteamericana, "Junior Achievement" o "Jóvenes Emprendedores", dedicada a fomentar el espíritu empresarial entre los escolares? Al fin y al cabo, la única institución que genera riquezas es la empresa, y las sociedades opulentas que han conseguido liquidar la miseria y crear amplios niveles sociales medios han podido efectuar este milagro como consecuencia de la calidad y la cantidad del tejido empresarial que han sido capaces de segregar. ¿Se quiere ayudar a las sociedades pobres? Enséñenlas a crear empresas competitivas.

En todo caso, si la ayuda al tercer mundo no sirve para estimular la colaboración política, ¿hay algún argumento racional que aconseje mantenerla? Por supuesto. Al margen de la sensibilidad y la compasión existe una razón práctica para ayudar al prójimo: a nadie le conviene la pobreza del otro. Lo que nos permite prosperar es que existan otras personas poderosas con las cuales realizar transacciones mutuamente satisfactorias. Mientras más ricos sean los otros, más posibilidades tenemos nosotros de beneficiarnos. Los pobres, además de encarnar una tragedia humana personal, constituyen una pérdida de oportunidades para los que no lo son. Rescatarlos de la miseria es también una forma de contribuir a la prosperidad creciente del Primer Mundo.

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