Hacia el país que viene

Por José Antonio Romero Feris Para LA NACION
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21 de mayo de 2003  

El político piensa en las elecciones; el estadista, en el futuro. Las utopías deben dejarse a un lado, para dar lugar a la realidad, a lo posible. Aprendices de estadistas, debemos volar hacia el horizonte del país que viene, tomando en cuenta nuestras pequeñeces y mezquindades, pero dando rienda suelta a la imaginación.

No es cierto aquello de que "estamos condenados al éxito". Hemos hecho tantos desmanes y cometido tantos errores que logramos desmentir categóricamente esa sentencia propia del característico ego argentino.

Pensar en el país que viene es un ejercicio imaginativo que debe ser inseparable de la noción de país posible, el que seamos capaces de reconstruir sin caer en las exageraciones de los que hablan de refundar la República. Las ruinas que supimos provocar incluyen valiosos escombros -como la herencia de los principios éticos-, sobre los cuales debemos recomponer los cimientos de todas las estructuras, con el respeto irrestricto de la Constitución y las leyes.

Precisamente cuando es momento de grandes decisiones y no de dudas, de desprendimientos y no de mezquindades, de unidad y no de fragmentación, de integración sin exclusiones ni marginaciones, debe aflorar en toda la dirigencia la voluntad y la fortaleza de soñar con el país que viene, con los ojos bien abiertos para despertar al país posible. Muchos tienen diagnósticos, pero ninguno acierta con la receta.

Nuestra Argentina posible (¿cuándo dejaremos de utilizar el peyorativo "esta Argentina"?) nos está reclamando:

  • Recomponer la producción y el trabajo. Recuperar el ahorro, haciendo fuerte y creíble nuestra moneda, fundamento de la soberanía.
  • Valorar las instituciones de la República.
  • Impulsar los objetivos nacionales, postergados por décadas o usurpados por modelos de especulación financiera.
  • Recuperar el sentido de la cultura, la educación y los valores de la identidad nacional que permitan revalorizar nuestra historia, poniendo especial énfasis en la concepción americanista de nuestros prohombres y destacando la vigencia de la doctrina Drago como principio y fin de la libre determinación de los pueblos. Con este principio podremos concebir un Cono Sur libre de amenazas, integrado en un desarrollo regional fuerte y competitivo que nos permita la inserción en el mundo, con los acuerdos globales que se avecinan (ALCA, Unión Europea y otros).
  • Potenciar la presencia argentina en el mundo a través de una política exterior coherente y continua, que represente al Estado y no al gobierno de turno. Ni el autoritarismo de la fuerza indiscriminada de George W. Bush ni el régimen abominable de Saddam Hussein. Globalizados, sí, pero alineados en la paz y en el respeto mutuo.
  • Recuperar a los excluidos para repotenciar la cultura de nuestros abuelos, la producción y el trabajo. Es nuestro deber ineludible devolver a los jóvenes estos pensamientos, alejándolos de las culturas consumistas y banales, y revalorizando los principios éticos como pilares básicos en la formación de las nuevas generaciones.
  • Poner en negro sobre blanco el ejercicio del federalismo, como realidad y no como mentira retórica.
  • Esta es la Argentina posible, antesala del país que viene. No miremos hacia el costado. Dejemos a un lado la indiferencia o la irresponsable y cómoda actitud del espectador que todo lo aguarda de los otros. Todos debemos ser protagonistas.

    Los dirigentes están llamados a liderar los cambios que el país reclama. Que ninguno de ellos olvide que el que decide es el pueblo y que pueblo y dirigencia, en comunión de ideas y compartiendo una forma de vida (paz, trabajo y justicia) seamos dueños del fracaso, pero también del éxito.

    Así, con una gran cuota de responsabilidad y protagonismo, estaremos realizando el país posible. A partir de allí, sólo es cuestión de tiempo.

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