Haciendo pie en la oscuridad

Por Mario del Carril Para LA NACION
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13 de mayo de 2003  

Anne Krueger, del Fondo Monetario Internacional, dijo que la economía argentina se había estabilizado y que "para sorpresa de todo el mundo, incluso la mía, ha vuelto a crecer, sin caer en la hiperinflación". Esta es una admisión notable porque muestra, una vez más, que especialistas de primera que se ocupan profesionalmente de las economías en desarrollo a veces no saben qué está por pasar con esas economías.

La economía no es una ciencia exacta. Así, para un economista, formarse expectativas erróneas a corto plazo sobre una economía en desarrollo no es lo mismo que para un astrónomo calcular mal la órbita de Mercurio. Pero, sea como sea que evaluemos el error de Krueger, éste creó dificultades en la negociación del acuerdo provisional con el FMI, que tuvo que ser enmendado para corregir las estimaciones incorrectas del Fondo.

Un factor que contribuyó a la sorpresa de Anne Krueger, y "de todo el mundo", fue el difundido diagnóstico político de la crisis económica argentina. Según esta versión de las cosas, si los políticos (Carlos Menem y Fernando de la Rúa) hubieran tenido el coraje de seguir las indicaciones de sus economistas, instrumentando un ajuste fiscal adecuado y a tiempo, poco de lo ocurrido hubiera pasado y hoy la Argentina seguiría con el régimen de convertibilidad, gozaría de un riesgo país bajo, estaría creciendo y se hubiera evitado la implosión económica del año último.

Este diagnóstico no es aceptado por Arturo Porzecanski, del Departamento de Mercados Emergentes de ABN, que en julio de 2002, en un trabajo titulado "Argentina: la raíz del problema," afirma que no debemos responsabilizar a los políticos "por los líos que armamos nosotros, los economistas".

Según Porzecanski, "el fracaso de los economistas fue no darse cuenta de que en un mundo en que los países desarrollados han adoptado cambios flexibles y en que los flujos de capital han crecido exponencialmente, los países en desarrollo, con cambios fijos y artificiales, corren un alto riesgo. "Este es el fracaso más grande de nuestra profesión en la segunda mitad del siglo XX." Porzecanski cree que tanto Martínez de Hoz, en los años 70, como Cavallo, en los 90, son responsables de las consecuencias de haber diseñado políticas cambiarias demasiado rígidas.

Moisés Naim, editor de Foreign Affairs, es uno de los pocos especialistas que no fueron sorprendidos por el resurgimiento de la economía argentina. En junio de 2002, Naim pronosticó, en una publicación del Centro Latinoamericano del Woodrow Wilson Center, que si la Argentina era como otros países su economía volvería a crecer rápidamente, impulsada por las exportaciones, la sustitución de importaciones y el turismo.

El diagnóstico de Porzecanski y el pronóstico de Naim, basados en la experiencia y el sentido común, fueron excepciones a lo largo de un año en el que abundaron los pronunciamientos negativos sobre la Argentina, altamente politizados.

Por ejemplo, Ricardo Caballero y Rudiger Dornbush (marzo de 2002) escribieron que la Argentina estaba en "total bancarrota económica, política y social", que sus instituciones eran disfuncionales y su gobierno, deshonroso, y que el país no se podría levantar después de un año difícil, como se levantaron Corea, México y Brasil.

Caballero, que no quiere ser entrevistado sobre la Argentina hasta después de las elecciones del domingo, sin embargo, dijo en una conversación telefónica que los problemas económicos mencionados en su artículo no se han resuelto y que el país sigue sumido en la pobreza. Pero ¿quién se hubiera imaginado, leyendo lo que escribió en marzo de 2002, que poco más de un año después un informe de Morgan-Stanley afirmaría que "la economía argentina está produciendo una tasa de crecimiento raramente vista en ninguna parte del globo y que Anne Krueger se sorprendería por ese crecimiento?

¿Cómo ocurrió este "milagro"? ¿Por qué acertaron los economistas del gobierno "deshonroso" de Eduardo Duhalde y se equivocaron prestigiosos economistas que se ocupan de la Argentina en el FMI y en el mundo?

Después de desatada la crisis en diciembre de 2001, el FMI, alentado por el entonces secretario del Tesoro Paul H. O´Neill, exigió como condición para ayudar al país que el gobierno adoptara un programa integral de reformas profundas, basado en un consenso social y político, y que comenzara a renegociar la deuda y a regularizar el sistema bancario. Este programa iba a restablecer la confianza y a encarrilar la economía.

El gobierno se resistió y, en cambio, se concentró en establecer un marco de estabilidad macroeconómica precario, pero real, que dio espacio al crecimiento estimulado por la competitividad creada por la devaluación y congeló los enormes problemas de la clase inversora en la Argentina, cuyos derechos e intereses fueron violados por la devaluación del peso y el default de la deuda. También postergó las reformas económicas.

Es lógico preguntarse si esta política económica, que da prioridad a la estabilidad macroeconómica sobre la pronta resolución de los problemas financieros y la elaboración de reformas estructurales, es el resultado de una estrategia del ministro de Economía o es el resultado de necesidades políticas y carencias técnicas. Sea cual fuere la respuesta, la política económica funcionó bien. La pregunta más importante es por qué.

John Dizard, columnista del Financial Times, escribió recientemente que se advierte una "burbuja" en valores argentinos: la Bolsa ha subido 50%, el dólar ha bajado de 3,60 a 2,80 pesos y el bono argentino en default se vende a 28/30 cuando ni siquiera paga intereses. Dizard explica este fenómeno por las cosas que no ocurrieron y que se esperaban: la hiperinflación y la caída estrepitosa del peso devaluado.

El dedo en la llaga

Este columnista advierte, sin embargo, que lo que no ocurrió puede ocurrir cuando la Argentina comience a renegociar su deuda y a resolver la situación de los bancos. Esos procesos complejos van a generar nuevas y variadas expectativas que influirán sobre la relación entre el peso y el dólar. La advertencia pone el dedo en la llaga: el desafío para cualquier gobierno futuro de mantener la estabilidad macroeconómica en medio de complejas negociaciones financieras, éste es el desafío que postergó el gobierno de Duhalde.

Robert Devlen, ex economista del BID, cuando volvió de la Argentina, hace dos meses, dijo que en materia de economía el gobierno de Duhalde había hecho pocas cosas, pero que lo que hizo lo hizo "muy, muy bien".

José Luis Machinea, ex ministro de economía argentino que hoy es asesor del BID, repite en distintos foros que el próximo gobierno tendrá que tomar las medidas para hacer sostenible la actual recuperación económica. En otras palabras, debe cumplir con la agenda postergada, pero, agrega, lo tiene que hacer sin incurrir en la tentación de un shock capitalista, porque la Argentina ha tenido demasiados shocks en los últimos años.

Es posible que nuevamente veamos un conflicto entre el impulso totalizador del FMI, que para apoyar al país exige a la Argentina un programa completo con todo detalle, y la tendencia política de un gobierno que quiere ir sobre seguro, como un caballo en una barranca que avanza paso a paso haciendo pie en la oscuridad.

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