Hay que ayudar al Presidente

Por Sisto Terán Nougués Para LA NACION
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27 de mayo de 2003  

La Argentina tiene un presidente nuevo. Tiene legalidad y legitimidad electoral y un mandato constitucional de cuatro años por delante.

No lo apoyé en su elección. Es más, hice todo lo que pude, dentro de las reglas de juego de la democracia, para que no fuera presidente. No estoy de acuerdo con su discurso ni con su presunto modelo de país. Me inquietan muchas de sus definiciones previas, la mayoría de las cuales no comparto. En su momento me definí a favor de la fórmula Menem-Romero.

Me asustó la agresividad y falta de tacto político de su alocución el día que se confirmó que era el nuevo presidente electo. El presunto dogmatismo semifanático con que se expresa no resulta del todo tranquilizador.

Las condiciones que rodearon su arribo al poder distan mucho de ser las ideales: candidato oficial del poderoso aparato político de la provincia de Buenos Aires, su figura aparece empequeñecida por las enormes dimensiones que ha adquirido el caudillo bonaerense que fue su mentor y sostén. Néstor Kirchner resulta electo legítimamente en el marco de unas elecciones que, cuando menos, merecen ser calificadas de atípicas: falta de elecciones internas previas, sistema de neolemas y acceso a un ballottage de la mano del aparato político llevado a su máxima expresión.

Asume en un marco tormentoso de un país envuelto en dramáticos problemas no resueltos, simplemente diferidos y postergados. Los diferimientos en la resolución quirúrgica de la problemática nacional eran dispensables en un gobierno de transición y con cercana extinción temporal. Al nuevo presidente no se le concederá esa gracia.

El sistema financiero argentino dista aún de estar saneado. La aparente calma en el sector bancario es una mera ficción todavía no consolidada. Las nefastas consecuencias de la pesificación asimétrica no se han diluido.

La seguridad jurídica está en terapia intensiva. Millones de relaciones contractuales tienen un grado de irresolución que impacta negativamente en las inversiones genuinas de capital. No ayudan en este sentido iniciativas presuntas del nuevo presidente destinadas a descabezar el Poder Judicial. No es este camino el correcto para consolidar las instituciones de la República, como lo tuvo que entender en su momento el mismísimo doctor Eduardo Duhalde. Es muy peligroso colocar las instituciones y los poderes del Estado en condiciones de beligerancia perpetua.

La restitución del 13 por ciento al sector de jubilados y empleados públicos es otro problema inminente en cuanto a los efectos de su obligada concreción.

El impacto de la devaluación en el costo de servicios públicos esenciales no se ha considerado todavía, y su traslado al cuadro tarifario es una cuestión delicada.

Las presiones de los sectores laborales por incremento salarial para compensar el efecto negativo del fenómeno inflacionario van a ir in crescendo.

El rescate de las cuasimonedas implica una fuerte erogación en pesos cuyo impacto no se ha verificado todavía.

Las prédicas estatistas en contra de las empresas privatizadas van a incrementarse.

Los piqueteros, fortificados con el financiamiento público de sus huestes, se sienten invulnerables y su vocación por el antisistema no parece haberse debilitado.

La complicadísima negociación con el Fondo Monetario Internacional va a comenzar a mostrar su letra chica y el espacio para maniobras dilatorias se ha estrechado. La reestructuración de la deuda pública externa e interna sigue siendo un tema inconcluso.

El crédito aún no ha vuelto a la Argentina. Ningún país puede evolucionar económicamente sin un sistema financiero confiable y sin contar con el indispensable recurso crediticio.

La consolidación política del Presidente como líder y conductor es todavía un proyecto en ciernes.

Como se observa, los problemas que existen en el horizonte son de una gravedad y complejidad tan intrincada que no hay espacio para dogmatismos ni para conductores debilitados. Considero por eso que es obligación primordial de todo argentino de bien, interesado por los sucesos de su patria, apoyar los primeros pasos que el flamante presidente está por dar. Es hora de acompañarlo y consolidarlo. No podemos tener un frente interno tan debilitado.

Delicados equilibrios

Acompañar y apoyar a Kirchner no implica ser obsecuente ni consentir todas sus decisiones. Aquellos que a priori pensamos distinto tenemos que esforzarnos por brindarle la necesaria cuota de confianza y el imprescindible tiempo de crédito político con que inicia su gestión cualquier funcionario recientemente elegido por el voto popular.

Con preocupación advierto que muchos de aquellos que lo acompañaron en su camino presidencial (algunos, más por odio a Carlos Menem que por amor a Kirchner) han empezado a atacarlo antes de que empiece a actuar. Parece que el natural proceso de desgaste que todo poder padece se ha iniciado antes del inicio mismo en forma oficial del ejercicio de ese mismo poder.

Sería bueno en especial que la prensa tuviera un poco de consideración al momento que vivimos y tuviera alguna contemplación para que el presidente tenga un respiro y un aval inicial en sus primeras decisiones de gobierno. Resultaría positivo que quienes nos opusimos a su elección lo dejemos andar para que podamos evaluar con reales elementos de juicio su actuación, porque bien se sabe que del dicho al hecho hay un gran trecho.

Por su parte, el presidente ayudaría si su discurso se suavizara, si convocara a la unidad de todos los argentinos, sin exclusiones de ninguna naturaleza. Las antinomias sirven para ganar elecciones, pero no sirven para gobernar.

Todo gobierno se define en sus primeras apariciones públicas. Nos guste o no nos guste, Kirchner debe ser presidente por los próximos cuatro años. No podemos reeditar el caos institucional que acabamos de vivir. La responsabilidad esencial es suya, pero también nuestra. Prediquemos nuestra oposición con prudencia. Aprendamos de aquellas democracias que tras la finalización de los comicios se reagrupan en torno a su presidente y le dan un respaldo fuerte ante los problemas externos.

Kirchner debe finalmente comprender que la política de gobierno pasa siempre por delicados equilibrios y que la búsqueda del punto medio es una constante que todo presidente debe aprender a construir.

Quiera Dios darnos un presidente por cuatro años. Quiera Dios que ese presidente tenga una gestión eficaz en servicio de su pueblo. En la concreción de esta plegaria están contenidas las esperanzas de todos los argentinos.

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