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Hay que precaverse del dengue

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30 de marzo de 2000  

Entre las duras batallas que el país tiene que librar imperiosamente en defensa de la salud, no se puede dejar de incluir a la que concierne a la prevención y progresiva eliminación del dengue, enfermedad afincada en gran parte de América latina y auténtica amenaza sanitaria para la Argentina.

Se trata de una afección viral grave, que es contagiada a las personas por las hembras del mosquito Aedes aegypti, también responsables de la transmisión de la fiebre amarilla urbana. Esos insectos, generalmente sedentarios, se desarrollan entre los 45º de latitud Norte y 36º de latitud Sur, preferentemente en el entorno humano: viviendas y sus alrededores, donde buscan refugio y depositan sus huevos en el agua estancada dentro de recipientes artificiales construidos por el hombre -desde neumáticos abandonados hasta los floreros, por ejemplo- y nunca lo hacen en charcos, lagunas, acequias o aguas servidas.

El mosquito macho es inofensivo; en cambio, la hembra adulta es hematófaga y consume sangre con el propósito de fertilizar sus huevos. Transmite el virus cuando hinca el aguijón en una persona sana después de haber picado a una enferma.

No hay, hasta el presente, ningún medicamento que cure esta enfermedad. Los únicos remedios eficaces para afrontarla son, por lo tanto, la cooperación, la prevención y la educación, puestas en práctica sobre la base del esfuerzo coordinado de los organismos gubernamentales y la cooperación solidaria de la población. Esa conjunción de esfuerzos no excluye -por supuesto- las permanentes consultas con las organizaciones panamericana y mundial de la salud, al igual que la valiosa contribución de las organizaciones no gubernamentales argentinas.

No se trata de provocar alarmas infundadas o excesivas. Sin embargo, lo cierto es que las autoridades sanitarias del país no ocultan la razonable preocupación por el hecho de que el dengue ya se haya instalado aquí con carácter epidémico. Hubo 150 casos, de los cuales 70 se produjeron en el Gran Buenos Aires y los restantes en las provincias de Corrientes, Chaco, Misiones y Formosa. El Ministerio de Salud de la Nación alertó acerca de que, en realidad, no hay territorio ubicado al norte de una línea imaginaria trazada entre Bahía Blanca y San Juan que esté a salvo de padecer esta insidiosa afección.

El verano -en su totalidad- y los comienzos del otoño son las épocas propicias en las cuales el dengue fagocita sus víctimas. Con el frío, el virus se queda en estado latente y reaparece con renovados bríos al volver el calor. En Paraguay hubo un brote que afectó a 200 personas y doce meses después se produjo otro, con 50.000 casos comprobados.

Debe quedar sentado que el virus no es una enfermedad baladí;al contrario, puede resultar mortal. La variedad clásica es la más común y presenta la sintomatología de un cuadro gripal, con muy escasa morbilidad. El hemorrágico, que suele presentarse en el contexto de las epidemias de dengue clásico, tiene índices de entre el 3% y 30% de mortalidad en caso que los enfermos no hayan sido diagnosticados debidamente, en tanto que el síndrome de choque -recaídas tras algunos días de fiebre- también reviste gravedad y el peligro de muerte es considerable si es omitido el tratamiento adecuado.

Campañas de recolección de recipientes abandonados, de educación para que la población se sume a la eliminación de criaderos y de desinfección con larvicidas y adulticidas de baja toxicidad son recursos aconsejables para evitar la propagación del agente vector. Las autoridades están abocadas a la tarea de enfrentar esta emergencia que requiere, asimismo, el concurso del resto de la comunidad. Es menester comprender que sólo esa alianza férrea y solidaria tendrá el poderío necesario para detener la ofensiva del dengue y obligarlo a retroceder.

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