"Hay que rehacer una identidad"

El politicólogo argentino cree que la concertación debe apuntar a una rápida reforma política que la legitime con vista al futuro
El politicólogo argentino cree que la concertación debe apuntar a una rápida reforma política que la legitime con vista al futuro
Loreley Gaffoglio
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27 de enero de 2002  

Nadie pudo predecir que la estridencia de las cacerolas se convertiría en el barómetro del consenso y descontento populares, en una expresión heterogénea capaz de modificar leyes y torcer medidas de gobierno. Sin embargo, según la lectura del politicólogo Oscar Landi, atesora más de diez años de incubación. Para Landi, con el retiro "brusco y compulsivo" del Estado durante la década de los noventa desapareció también la fuerza de representación simbólica de una sociedad que marchó sola a la deriva y que hoy se muestra postrada ante el desafío de replantear un proyecto de país a través de una pertenencia partidaria.

-¿Cuáles son los consensos básicos que deberían surgir de la concertación social?

-Los tres grandes ejes son la cuestión social, la reinstalación de la ley como conjunto de reglas que sirven para ordenar una vida social y de relación de la gente con el Estado; es decir, la justicia y la recreación de la representación política. Y en esos ejes hay conflictos: el consenso se elabora a partir de un campo de tensiones, de intereses distintos. No es sólo un proceso argumentativo o la copia de un supuesto modelo de la concertación del otro país. Eso sería demasiado fácil. La dificultad no sólo estriba en que la Argentina tiene una lógica que se devora a los funcionarios y que su economía está en implosión, sino que definir una agenda de acción política supone ganadores y perdedores, presiones, mayor o menor sensibilidad con ciertos sectores, mayor capacidad de lobby de un sector u otro. Entonces, esos tres grandes temas tienen un tiempo de decantación más grande en términos de construcción de un consenso porque es una construcción compleja en medio de una gran tensión social.

-¿Piensa que los consensos que de allí surjan serán herramientas políticas de peso como para propiciar un nuevo proyecto de república o que este diálogo sirve sólo para ampliar la base de sustentación política del gobierno?

-La concertación es un contrapeso a una lógica de disgregación de la crisis, y sí, es un ingrediente de gobernabilidad. Pero al estar teñida de una cuestión social, por la presencia de la Iglesia, puede legitimar una agenda seria a futuro que ya está circulando en la sociedad y en las calles. Pero todo eso depende de cómo se procese en términos de la representación política, donde existe una gran contradicción: el cuestionamiento feroz que le impide al político salir a la calle y, a la vez, la necesidad en la sociedad de recrear esa representación política.

-¿La intervención de la Iglesia reemplaza en el plano formal la ausencia de una representación institucional fuerte?

-La presencia de la Iglesia tiene su fuerza en decir "no" a que la violencia social desemboque en una guerra civil o en otra forma de violencia institucional: hay un espacio de contención, de recepción de los intereses y demandas, con una promesa de racionalidad, de escucha, de composición. En ese sentido es importante porque es un contrapeso fuerte a la lógica devastadora de la crisis. Que de ahí pueda surgir una agenda para ser implementada, en el tiempo que tiene este gobierno, hasta la elección del año próximo, es difícil. En realidad, el gobierno ya implementa políticas. Tampoco es necesario hacer una gran investigación para saber lo que quiere la gente: una de las cosas novedosas en este momento es la multiplicación de voces, la recreación tumultuosa, a veces dramática, del espacio público. De modo que la voz de la gente y las demandas están instaladas. Pero ningún gobierno puede esperar que termine de discutir esta concertación dentro de un año para tomar medidas. Al contrario, las medidas son de urgencia, de crisis, hay que apagar un incendio.

-¿Las coincidencias serán entonces el eje de las políticas al que deberá ceñirse el gobierno que suceda a la transición?

-Claro, no se podrán desoír. Creo que se va a legitimar una agenda de demandas en un país que ha trazado una clara línea demarcatoria: ya no se puede ocultar todo lo que quedó afuera, damnificado por cierta política económica de décadas, que nosotros en las estadísticas o en el lenguaje sociológico llamamos nuevos pobres, excluidos. Todas esas categorías son de carne y hueso. Están en el espacio público. Los medios mismos operan abriendo un campo de visibilidad de esa línea demarcatoria. No es sólo un corralito financiero. Hay una línea demarcatoria social. La democracia argentina se enfrenta de una manera dramática y muy sui géneris con un problema clásico histórico, que es la relación entre las tensiones sociales y el orden democrático. Como construcción de agenda, la concertación, en gran medida, va a reflejar esta línea demarcatoria.

-¿De qué manera, al estar implícito el concepto de negociación dentro del diálogo, de renuncia a ciertos intereses, pueden emerger como un espejo las demandas de la sociedad?

-Nunca es un espejo. Eso está tamizado por los intereses en juego. En realidad, la agenda que surja de la concertación va a ser siempre una agenda de compromiso. Supondría ganadores y perdedores, pero en esa agenda habría compromisos porque por la misma noción de concertación hay un intercambio, donde se obtiene y se cede algo. En ese sentido no va a ser un espejo puntual de un gran sector. Sino, justamente, debería ser una entidad nueva que refleje esta fragmentación para construir un campo unitario como sociedad, como bien común. Eso sería una gran función. Porque la Argentina sufre una fragmentación extraordinaria y un daño social tremendo. Y eso deteriora muchas cosas de la cultura, de la vida cotidiana, de la relación con el prójimo, de la idea de Nación, del sentimiento de un nosotros. Y todo eso es a reconstituir... Acá hay una experiencia social inédita, múltiple y heterogénea, de la que no sabemos cuál va a ser su rumbo. Hay en este momento un terremoto subjetivo que tiene el desafío de poder pasar del "no" y de la lucha interna dentro de este campo, a un reprocesamiento a través de una redefinición de la clase política. Por eso, otra medida importantísima es hacer efectiva la reforma política.

-¿Cómo puede revertirse el grave descrédito que existe en la sociedad hacia la clase dirigente para legitimar a este gobierno y a los que lo sucedan?

-Si los políticos no demuestran su voluntad de cambiar ciertas reglas de juego, cierto lugar y estilos de ellos en el sistema político, la sociedad va a seguir en el "no".. Y éste es el gran problema: articular esta gran crisis social con la reconstrucción de una representación política. Pero es el gobierno el que finalmente deberá tomar las medidas.En 1983, el discurso pedagógico de la vuelta a la democracia era un discurso contrapuesto al de la cultura del autoritarismo. En este momento, la cuestión de la cultura política es la cuestión social: el tema clásico de una sociedad tensa, con ganadores y perdedores y que, sin embargo, construye un sistema político común. Esta nueva subjetividad demuestra que la sociedad está en carne viva.

-¿La clase política es consciente de esta urgencia?

-Sabe que es una señal fundamental que está esperando la sociedad.... Durante el gobierno de Menem y De la Rúa, el lenguaje oficial tenía como centro las señales que se mandaban hacia organismos financieros internacionales, con un final catastrófico. Hoy se debe entender que además de esas señales, hay que generar palabras, señales, gestos hacia el pueblo, pero todo el tiempo. Y uno de los gestos mayores es la reforma de la política. Es el achicamiento del gasto, una nueva ley electoral, transparentar el financiamiento de la política, discutir sobre los organismos de control, sobre la gestión del Estado. Todas las transformaciones de los noventa, de la manera en que se hicieron en Argentina, supusieron un retiro del Estado muy fuerte de la sociedad. Un retiro en su función de mediador de intereses, de construcción de redes de contención social. Además del sentido económico y social de eso, había un sentido simbólico: el Estado era una gran pieza que servía como el cruce de un "nosotros", como sostén, cuando hay credibilidad y justicia, de los derechos. Y es en el campo de esos derechos donde yo me reconozco y me constituyo como sujeto social. El retiro compulsivo del Estado, junto a la gran quiebra de la industria nacional y a la extranjerización de las empresas, también supuso, simbólicamente, una desreferenciación total. La Argentina no tiene referencias internas.

-Entonces, esta implosión social, largamente incubada, tiene muchas novedades. ¿Debería surgir un nuevo concepto de Nación?

-Yo creo que de hecho es así ya. La Argentina es distinta. Ya casi no quedan rastros de esa clase media amplia, inédita, y muy singular de toda América latina. Hoy vivimos en una Argentina irreconocible, que debe emprender un proceso de reconstrucción de cierta identidad. Nuestra identidad hoy viene por el fútbol. Vivimos en un contexto de gran crisis de identidades colectivas. Lo que ahora está surgiendo es la identidad colectiva del damnificado, del empobrecido. Esa es la única identidad colectiva que existe, porque los partidos no generan grandes identidades colectivas. Y las lealtades electorales son cada vez menores y las identidades partidarias también. En todas estas movilizaciones no hay rastros de banderas partidarias. De modo que es una sociedad fragmentada, donde los jóvenes -cualquier investigación lo dice- tienen una identificación muy puntual: alrededor de una banda de música, de un club de fútbol, de una cuadra de su barrio o de una estación de servicio, que es su punto aglutinante. Cada vez los puntos de referencia son más singulares...

-¿Cómo se reconstituye una identidad colectiva nacional?

-Es una transformación que no se hace de cero, en el sentido de que Argentina tiene una historia política y social.Es un gran desafío, sólo se puede hacer a través de medidas de la política. Primero salir de la emergencia y después crear un horizonte más o menos creíble, que permita volver a tener un sueño, aunque sea pequeño. Este es un momento muy difícil de analizar en vivo, mientras transcurre. No tenemos una perspectiva histórica. Pero que acá hay una gestación de algo, seguro.

-¿Al ser inédito lo que estamos viviendo, sobre qué puntos de referencia, en cuanto a la sociedad que queremos ser, deberíamos trabajar?

-Aquí no tenemos una historia de una exclusión social como tienen otros países latinoamericanos, pero existe una nueva exclusión social muy grande. Esta es una democracia atravesada por una globalización que la dejó destartalada, por la imprevisión con que el Estado nacional encaró esa globalización. Esta es una democracia en metamorfosis. Es muy difícil analizar lo que está pasando si uno lo quiere leer a través de los libros de democracia, o desde una óptica meramente institucionalista. Habría que pensar la democracia desde la sociedad, la cultura, la formación del espacio público, desde los problemas políticos y hasta filosóficos de la representación política. Creo que es ésa la entrada para seguir pensando la Argentina. Pero con estos escenarios virtuales, esta incertidumbre, estas novedades, es muy difícil. En la Argentina no se puede predecir ni el pasado. Pero hay que subrayar que institucionalmente, la Argentina ha demostrado fortaleza para aguantar estos huracanes, aunque con un costo que, visto de afuera, es muy grande: Desde 1983 tuvimos dos presidentes que no pudieron terminar el mandato, un tercero que estuvo preso y que salió sospechado -porque hoy es sospechada la Corte Suprema-, una crisis que puso cuatro presidentes en 15 días. Si eso no es un síntoma de una fragilidad del sistema político frente a la crisis económica, política y social no sé qué sería un síntoma.

Ideas ausentes

“Lo que hoy hace la televisión ñasegura Oscar Landiñ es potenciar el reconocimiento mutuo entre la gente. El mero hecho de ver al otro en la calle, da un impulso para salir también allí. En ese sentido es un gran dinamizador de ese espacio público; da una noción de un “nosotros”. Y las palabras, los debates, van como a un costado, a la rastra, de la implosión social. Los medios actúan con cierta eficacia cuando explican cómo es el corralito, las nuevas medidas financieras. Pero no dan una interpretación general que pueda volverse sentido común de esas masas que están en ebullición en la calle. Porque no hay palabras desde la política. Entonces, la reconstrucción de la representación irá acompañada necesariamente de la reconstrucción de un campo de ideas en la Argentina. Hoy las ideas son de cálculos de prueba y error, de contabilidad nacional. Y no hablo ya de grandes proyectos de país, porque es muy difícil hoy generar un gran proyecto de país que no sea sobre la idea genérica de progreso, bienestar e igualdad. Pero, por lo menos, debatir algunas ideas centrales de metas, de reconstitución nacional. Eso está faltando.”

Perfil

  • Oscar Landi es licenciado en Filosofía (UBA) y doctor en Ciencias Políticas, egresado de la Universidad Estadual de Sâo Paulo (USP), Brasil.
  • Es investigador principal del Conicet y del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes, un desprendimiento del desaparecido Instituto Di Tella), en el área de Política, Cultura y Medios.
  • Editor y corresponsal en el exterior de la revista Comunicaçao&Política del Centro Brasileiro de Estudios Latino-Americanos, Rio de Janeiro, Brasil, Landi también se desempeñó como docente en la orientación "Teoría Sociológica", en la carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, y como profesor titular en el seminario "Cultura Popular y Cultura Masiva" en la carrera de Ciencias de la Comunicación (UBA)
  • Entre sus numerosos libros y trabajos publicados se encuentran: Crisis y lenguajes políticos , 1981; Mirando las Noticias , 1987; Reconstrucciones de las nuevas formas de la cultura política , 1988; Devórame otra vez. Qué hizo la TV con la gente y qué hizo la gente con la TV , 1992.; Justicia y medios en la cultura política de la postransición , 1993; Outsiders nuevos, caudillos y media politics , 1995; Political Parties under Alfonsín and Menem: The Effects of State Shrinking and the Devaluation of Democratic Politics , 1993; Espacio público, cultura, periodismo, en Argentina en el Tercer Milenio ,1997, y Parlamento, esfera pública y mediatización de la política , 1998.
  • Actualmente está abocado al estudio de las relaciones entre los procesos culturales, la política y los medios de comunicación. Y se encuentra trabajando en la producción de diversos ensayos sobre la industria cultural en la Argentina y sobre el cuerpo en la sociedad contemporánea.
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