¿Hay un fundamentalismo argentino?

Por Alicia Dujovne Ortiz Para LA NACION
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1 de diciembre de 2001  

La foto de Osama ben Laden exhibida en una reciente manifestación sindical permite formularse la pregunta que da su título a esta nota. Una pregunta que supone ponerse de acuerdo sobre qué son el fundamentalismo y la intolerancia, pero también sobre qué es un argentino, lo cual, curiosamente, equivale a darla por contestada: si no sabemos muy bien qué es un argentino, podemos concluir que un ser indefinible no es, en principio, intolerante. Si la intolerancia representa la no aceptación del otro, para practicar ese rechazo hay que empezar por estar muy seguro de quién es uno, o creer estarlo. El alemán que rechaza al inmigrante turco está seguro de no ser turco. ¿De qué está seguro un argentino?

Es cierto que en Buenos Aires tenemos la fastidiosa tendencia a decir "argentino" pensando en "porteño". Pero la "muchedumbre en el alma" del hombre porteño de que hablaba Scalabrini Ortiz no se limita al hombre porteño. Mestizaje mediante, cualquier argentino tiene por parte baja en el alma un par de antepasados, de modo que si no lo habita una multitud, al menos lo habitan dos. Ni descender del barco, con todo lo que eso implica de nostalgia, ni descender de guaraníes con todo lo que eso implica de desgarramiento, le otorga una identidad más sencilla. Lo que le otorga es una identidad más o menos, expresada en el balanceo de la mano con que los italianos acompañan las fundamentales palabras cosi cosi .

Es cierto también que la intolerancia argentina aún no ha sido puesta a prueba con la llegada masiva de nuevos inmigrantes. Los coreanos, los ucranianos o los rumanos no nos han invadido lo suficiente como para generar saturación. No se los ha recibido dando saltitos de alegría pero tampoco ha sido necesario recurrir a un plebiscito para ver si la población decidía o no expulsar a esos extranjeros que tanto le afeaban el país, como se ha hecho en Suiza hace unos años. Ha habido asesinatos de bolivianos (en cierto pueblecito bonaerense, el autor de uno de ellos aún se pasea en libertad), pero no ha habido oleadas de atentados como sí ocurre en Alemania con los incendios a los hogares de refugiados, o en Inglaterra con los ataques a los paquistaníes. Aunque exista un viejo antisemitismo popular latente, por lo demás tibión, éste no ha sido el causante del atentado a la AMIA, llevado a cabo por verdaderos fundamentalistas de temperaturas extremas.

¿Qué pasará si un día nuestro país se convierte en sitio codiciado para los extranjeros? ¿Los brotes de xenofobia que sobrevendrán de modo inevitable podrán equipararse a los de un país de identidad menos incierta, vale decir, más visceralmente proclive al integrismo por temor a la pérdida de sus certidumbres nacionales? En mi modesta opinión, y sin la bola de cristal a mano, la Argentina continuará dando muestras de una regular tolerancia que no provendrá de un trabajo lúcido y consciente de aceptación de la diferencia, sino que, fruto del más o menos, no será mérito propio logrado con esfuerzo pero, al ser relativo, al menos tendrá la ventaja de ser real.

Lo anterior no es una idealización del estilo de Gerchunoff. Mi padre, que nació en las colonias del barón de Hirsch, contaba cómo un gaucho lo había perseguido facón en ristre gritándole judío. El tenía cuatro años. Por algún motivo la historia siempre me pareció espantosa pero circunscripta. En las colonias no hubo batallones de gauchos que reeditaran los pogroms de los cosacos a los que, al menos en la bombacha y las botas, tanto se parecían. Tampoco los brotes de homofobia surgidos hace tres años contra los travestis de Palermo llevaron la sangre al río. Sin duda los parisienses son mucho más tolerantes con los suyos, que se contonean por el Bois de Boulogne con envidiable paz. Aunque en ese sentido los argentinos sean más fundamentalistas que los franceses, el fenómeno dista de adoptar dimensiones sangrientas.

Por supuesto, está nuestro fundamentalismo profundo y duradero, el futbolístico, tan similar al italiano -con la diferencia de que en los estadios de Milán o Turín se enarbolan carteles con elogios a Hitler-, o al inglés, también con otra diferencia: la de que los hooligans son bandas organizadas por la extrema derecha. Nuestros hinchas pueden ser brutos pero no skin heads .

Años difíciles

Nuestro más siniestro fundamentalismo mostró obviamente la hilacha durante la dictadura y la sigue mostrando en cada comisaría donde matan a un chico villero. Fenómeno militar y policial tanto más amplio que el del gaucho de marras, pero también circunscripto. Al menos por ahora, en la Argentina no hay patotas de honorables vecinos blancos que avancen armados sobre las villas miseria. No hay Ku Klux Klan. Existió por supuesto un fundamentalismo montonero, también él circunscripto a los hijos de las clases media y alta preocupados por desafiar al papá gorila, pero que no recibió apoyo de lo que antes se llamaba el pueblo y ahora la gente. Retrocediendo en el tiempo, existió un fundamentalismo mazorquero, es claro, surgido de las entrañas de la tierra, de algún modo devenido en peronista. Pero la invitación evitista a "destruir cada ladrillo que no fuera" esto último tendió a quedarse en agua de borrajas, mientras Perón, el menos fundamentalista de los peronistas, evitó el baño de sangre subiéndose a la cañonera. Si bien había divergencias entre el enronquecido fanatismo radial de Evita y la célebre frase de Perón, pronunciada tras la pausa de un guiño, "andando se acomodan los melones", ninguno de los dos prometió nunca el cielo por una acción heroica. Autoritarios y perentorios, lo suyo era un fascismo al sol que prometía objetos de placer, casas, muñecas, bicicletas, lindos dientes postizos, blancos y radiantes vestidos de novia. Un paraíso terrestre, de lujo, de deseo, también de revancha pero no de muerte. La oposición decía que el peronismo compraba al pueblo. Una hubiera preferido a un pueblo lógico, pero dada la "modestia del conjunto", como suele decirse, un pueblo comprado resulta bastante más tranquilizador que un pueblo mártir.

La Argentina acomodaticia, irresponsable, floja, descreída, mansa o directamente cobarde, menos influida por el "Viva la Muerte" de la Falange que por la picaresca española, y poblada por infinitos sosias del napolitano que en la película Pasqualino sette bellezze, de Lina Werthmüller, salva su vida en un campo de concentración (cómo olvidar el desprecio con que la gorda nazi le dice: "gusano mediterráneo, nosotros los alemanes idealistas desapareceremos mientras que ustedes, arrastrándose, sobrevivirán"), ¿dará lugar a un país integrista si sus dificultades económicas van en aumento? No ha faltado el periodista francés que pronosticara el surgimiento de una guerrilla a la colombiana en la Argentina, en caso de aparecer el conductor capaz de encender la chispa de la revuelta entre esos jóvenes excluidos de la sociedad que ya poseen armas para robar, porque son baratas y fáciles de comprar o porque algún comisario se las ofrece de puro cariñoso. Ahora bien, ¿podemos equiparar la explosión social con la intolerancia? ¿Es fundamentalista el que ataca un supermercado para comer?

Ya he hablado en estas páginas de mi íntima relación con el tren de los cartoneros. Lo que me falta por decir es mi profunda admiración por la tremenda fuerza de vida que despliegan esas mujeres, esos hombres y esos niños al rasguñar lo que pueden, cargando entre risas con los restos del ajeno banquete. Toda una Corte de los Milagros, cada vez más numerosa y hasta triunfante, sobrevive como miles de Pasqualinos en un universo concentracionario creado por la exclusión. No tienen otra certeza que sus ganas de no morir. De todo corazón les deseo que se den el gusto. La Argentina, país de antihéroes, país de pocos absolutos. Por suerte. Nuestro defecto es carecer de una mística nacional, y la extraordinaria virtud de nuestro defecto que, mal que bien, cosí cosí , vivimos sin ella. La frecuentación del animoso trencito repleto de miserables de variados pelajes, del rubio paja al negro mota, me ha evocado el patio del conventillo donde del encuentro entre otros miserables llamados Giuseppe, Móishele, Mustafá y Manolo surgieron el oblicuo tango de raíz africana y el irónico teatro nacional. ¿Existen muchos países cuya cultura provenga de un encuentro? No, decididamente al barbudo del turbante exhibido en la manifestación sindical, la gran mayoría de nosotros no se le parece ni en el blanco del ojo.

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