Heroísmo policial

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31 de agosto de 2001  

En los primeros ocho meses del año, 36 policías federales han muerto en cumplimiento de su deber o estando fuera de servicio. A esa lista hay que sumar a los agentes de seguridad de las distintas provincias que fueron asesinados por delincuentes comunes o sufrieron heridas de diferente gravedad por la misma causa.

La sociedad no debe dejar de manifestar su plena solidaridad moral hacia las instituciones policiales que han sufrido esas bajas y, por supuesto, hacia cada una de las víctimas y los miembros de sus familias. No se debe ahorrar el reconocimiento de la comunidad ante el alto ejemplo de heroicidad ofrecido por tantos servidores del orden que ofrendaron sus vidas o sacrificaron su integridad física para proteger a los vecinos de diferentes lugares de la República de las acechanzas provenientes del oscuro submundo del crimen.

La justicia de ese acto de reconocimiento se torna evidente si se tiene en cuenta que, en muchos casos, los agentes asesinados o heridos podían haber evitado su sacrificio. En efecto, en el caso de los policías que se encontraban fuera de servicio resulta obvio que podían haber eludido esa suerte adversa ocultando su condición de servidores públicos. Debe tenerse presente, asimismo, los sueldos a todas luces insuficientes que los guardianes del orden perciben en la mayoría de los casos.

En más de una oportunidad hemos debido ocuparnos de los vicios, excesos y omisiones que enturbian, a veces, el prestigio de las fuerzas policiales. Pero esos aspectos negativos no deben ocultar la comprobación de que en los últimos años las instituciones de seguridad están abocadas a mejorar su desempeño y su relación con la comunidad. Y, sobre todo, en ningún caso deben gravitar para que la sociedad incurra en un silencio cómplice frente a los ataques sufridos por los guardianes del orden u omita rendirles el homenaje a que se han hecho merecedores por su ejemplar vocación de servicio.

Lamentablemente, son escasas las ocasiones en que se rinde a la policía el tributo debido. La población debe reparar ese injusto olvido manifestando su adhesión sin retaceos a las fuerzas de seguridad y, sobre todo, brindándoles su aplauso generoso ante el espíritu de sacrificio que alienta en sus servidores.

Asimismo, es imprescindible que el Estado revea algunos aspectos fundamentales de la actual política de seguridad. La situación crítica que atraviesa el país en materia económica y financiera y las graves limitaciones que afectan al erario no deben ser un obstáculo para que las autoridades nacionales y provinciales concentren sus mejores energías en el esfuerzo por mejorar el servicio de las fuerzas policiales, perfeccionando la instrucción de sus agentes, reforzando su equipamiento y corrigiendo las deficiencias legislativas que, en los últimos 17 años, han debilitado el sistema represivo penal y han contribuido, así, al incremento de la delincuencia.

No es posible que la comunidad permanezca en silencio mientras crecientes focos de criminalidad atentan contra los hombres de uniforme que tienen la misión de protegerla. Es necesario que la población se reconozca, como en un espejo moral, en cada uno de esos anónimos policías asesinados o heridos por el "gatillo fácil" de la delincuencia.

Los policías constituyen la frontera que nos separa de la barbarie homicida. Ellos tienen el deber de proporcionarnos seguridad, pero la sociedad civil debe hacer lo posible, a su vez, para que puedan cumplir esa misión en las mejores condiciones posibles y con el reconocimiento que merecen, en tantos casos, por su voluntad de lucha y su disposición a ofrendar la vida por defender el orden y asegurar el imperio de la ley.

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