Hipocresía en nombre del progreso

Por Malena Gainza Para La Nación
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25 de octubre de 2000  

HABIA una vez una línea imaginaria que dividía el planeta Tierra en dos, y desde el principio del mundo, por alguna razón que se nos escapa, el ser humano prefirió vivir al norte de esta línea o ecuador, aunque al sur prevalecían climas benignos y tierras fértiles.

El progreso, aclamado como sinónimo de adelantamiento, de perfeccionamiento, también contribuyó a paliar el previsible déficit alimentario, aportando tecnologías y productos químicos para acrecentar por medios artificiales la producción agropecuaria. Pues si bien la tierra es la fuente natural de alimentos del planeta, en el Hemisferio Norte siglos de cosechas para una concentración de población desmedida lograron desgastar su fertilidad.

La gente del Norte ya no puede producir alimentos en forma natural. Cada año envenena el medio ambiente con mayores dosis de agroquímicos, que aumentan la producción pero también contaminan las napas de agua potable, difundiendo elementos (alergénicos, cancerígenos, teratogénicos) dañinos para la salud humana.

Los laboratorios europeos invierten fortunas para encontrar mejores opciones agroquímicas (así como drogas más efectivas contra el cáncer). Y, como éstas aumentan los costos más allá de cualquier expectativa de ganancia, sus gobiernos subsidian la actividad agropecuaria para no perder los votos de la población agrícola, la cual, a su vez, produce más de lo necesario, ya que tiene asegurada la compra de su producción por el Estado.

También los estadounidenses subsidian a sus productores, pagándoles para que no siembren (con lo que evitan una producción excesiva) y asegurándoles un precio sostén para sus cultivos. Y se anticiparon a los europeos en la biotecnología, en la creación de semillas transgénicas (cuyos efectos sólo podrán evaluarse dentro de quince años), que admiten el uso de herbicidas propios más baratos que los europeos.

Sin embargo, al sur del ecuador aún existen abundantes tierras fértiles donde sería posible producir alimentos en forma natural (sin agroquímicos ni fertilizantes, con rotación de cultivos), dados la bondad de la tierra, el clima benigno y las grandes extensiones disponibles. Pero el productor que intentase producir en forma natural no podría sobrevivir.

Porque a los precios actuales, el rendimiento de los cultivos no cubriría sus costos de siembra y cosecha. Sólo aplicando agroquímicos, aunque en dosis ínfimas respecto a su contraparte europea, es posible lograr rendimientos que den una pequeñísima ganancia.

Subsidios y precios

Las autoridades del Hemisferio Norte entretienen al Sur con discusiones respecto a la eliminación o no de subsidios. Aunque tarde o temprano deberán concretarla, cuando su gente tome conciencia de que está siendo envenenada. Mientras tanto, previsores empresarios del Norte compran tierras en el Hemisferio Sur a precio vil, aprovechando las crisis y la existencia de gobiernos corruptos.

El Hemisferio Norte obliga a los productores del Sur a gastar más, para producir más y ganar menos. En nombre del progreso, obliga a envenenar el medio ambiente para sobrevivir económicamente, condenando al Sur a optar entre usar agroquímicos europeos, contaminantes y de altísimo costo, para sembrar semillas convencionales, o adoptar la tecnología imprevisible pero más económica de las semillas transgénicas estadounidenses.

Con la excusa del riesgo país, sus bancos ofrecen créditos a intereses que su gente llamaría usura. Y con nuestras compras, irónicamente, financiamos a competidores desleales que, con la ganancia asegurada de antemano, venden sus productos a precio vil, robando mercados por los cuales peleamos limpiamente y que necesitamos más que ellos.

Con los subsidios a su producción, distorsionan los precios. Con la incorporación de operaciones virtuales en la Bolsa de Cereales, han desvirtuado el concepto de oferta y demanda, que ya no coincide con la realidad de la cosecha. Han transformado el mercado en "timba", privando al empresario agropecuario de una herramienta fidedigna para definir su gestión.

A menos que aceptemos que el ser humano es el depredador número uno en la cadena biológica y nos resignemos a este destino de la ley del más fuerte, es tan inconcebible que en este mundo globalizado el alimento les sobre a algunos y les falte a otros, como que instituciones supuestamente protectoras del medio ambiente tercien en una disputa entre poderosos laboratorios en lugar de condenar a quienes conspiran contra la ecología y bregar por la producción sana de alimentos que sólo el Hemisferio Sur puede brindar y que el Hemisferio Norte también merece comer.

Nichos, tecnología, creatividad, marketing ..., la Argentina no necesita de tantas palabras, ni subirse al engañoso carro del progreso, para alimentar a la humanidad. Es uno de los pocos países que pueden producir comida sana en forma natural, y tanto Greenpeace como los organismos mundiales que dicen preocuparse por la salud humana y la ecología deberían difundir estos conceptos y promover nuestra forma de cultivar la tierra y criar nuestro ganado a pasto, para que la población mundial se abastezca aquí de alimentos sanos.

¿Quién gana etiquetando algunos alimentos por posibles daños a la salud, cuando los demás tampoco son inocuos? ¿No ganaría la humanidad entera si se erradicaran los cultivos europeos que contaminan la tierra y el agua y envenenan a la gente, así como se pretende erradicar los cultivos de coca en Bolivia y Colombia?

Sería importante, y más ecológico, que Greenpeace manifestara a favor de los alimentos del Hemisferio Sur. Aunque la experiencia nos lleva a pensar que al norte del ecuador preferirán "preservar" sus laboratorios, sus industrias y sus fuentes de trabajo, antes que la salud del planeta Tierra.

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